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El racismo persiste en la vida cotidiana de América Latina

Foto: Mario Antonio Pena Zapata.

Foto: Mario Antonio Pena Zapata.

Quienes no han experimentado algún tipo de discriminación durante su vida con frecuencia tienden a desestimar su existencia, y más cuando se trata de la discriminación racial. Es común encontrarnos con afirmaciones de que el racismo no existe, que forma parte del pasado como el sistema que lo engendró -el colonialismo-; quienes se atreven a denunciar algún acto de racismo y defender sus derechos rápidamente son catalogados como resentidos, o en el peor de los casos responsabilizados por las desigualdades sociales que padecen.

Sin embargo, la socióloga venezolana y doctora en ciencias sociales Esther Pineda, afirma en su más reciente investigación titulada “Racismo, estigma y vida cotidiana: Ser afrodescendiente en América Latina y El Caribe”-desarrollada como parte de sus estudios postdoctorales en la Universidad Central de Venezuela- que, la discriminación racial contrario a la concepción generalizada no desapareció con el colonialismo; por el contrario, en la actualidad, forma parte de la vida cotidiana en América Latina y El Caribe, pero ha desarrollado mecanismos más sutiles, casi imperceptibles, pero también más efectivos a través de los cuales manifestarse y mantenerse.

Para la realización de la investigación contó con los testimonios de más de 100 personas afrodescendientes de Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, México, Panamá, Uruguay y Venezuela con edades promedio de 35 años. El 56% de los informantes fueron mujeres, 41% hombres y 3% Transgéneros, con nivel académico de Postgrado 23%, Universitario 49%, Técnico Superior Universitario (TSU) 12%, Secundaria 14%, Primaria 1% y Ninguno 1%. De estas personas consultadas el 99% afirmó saber que es el racismo, 96% considera que existe racismo en su país, el 95% de las personas afrodescendientes afirma haber presenciado o sabido de algún acto de racismo, y el 70% afirma haber sido víctima de racismo en alguna oportunidad.

Nos dice la doctora Esther Pineda que “esta forma de discriminación racial se hace manifiesta en las distintas situaciones, escenarios y procesos interactivos de los cuales participan como el ámbito escolar, preguntas incisivas sobre su origen, la desconfianza en los espacios públicos pero también privados, burlas y descalificación por el color de su piel, herencia étnica y aspecto físico; la puesta bajo sospecha y requisas injustificadas por parte de los órganos de seguridad, la folklorización, trivialización y ridiculización de su cultura, exclusión de la conformación de grupos sociales ya sea para juegos, actividades escolares o extracurriculares, laborales, entre otras. Se expresa en el trato diferenciado por parte de maestros y empleadores, pero también a lo interno del grupo familiar; así como, en las dificultades para el establecimiento de relaciones afectivas ya sean de carácter interracial o endorraciales bajo la promoción y exhortación a mejorar la raza”.

En el ámbito laboral si bien el rechazo de los aspirantes a un determinado puesto de trabajo no se realiza de manera explícita por su pertenencia étnica, esta continúa siendo uno de los criterios privilegiados para la toma de decisiones respecto a la contratación de personal, principalmente en posiciones de ventas y atención al público.

Por su parte en los medios de comunicación “presenciamos un aniquilamiento simbólico de la afrodescendencia, no aparecen, y cuando lo hacen serán en roles, discursos y representaciones cargados de prejuicios y estereotipos que evocan la marginalidad, la pobreza, la miseria, la prostitución, la servidumbre o la criminalidad”. En el caso de las mujeres estas representaciones se caracterizan por la objetualización e hipersexualización por su condición de género y etnicidad. Este hecho según la investigadora y doctora en ciencias sociales Esther Pineda, tiene graves consecuencias en la vida cotidiana pues estos estereotipos han contribuido a la racialización del crimen, pero también, a la criminalización de la racialidad, dando paso a la creación de perfiles raciales por parte de los órganos de seguridad privados y de los Estados, lo cual se traduce en prácticas de  brutalidad policial y el uso desproporcionado de la fuerza letal contra la población afrodescendiente.

Además de ello, la población afrodescendiente posee un acceso limitado o inexistente a los espacios de liderazgo, partidos políticos, cargos de elección popular y de toma de decisiones políticas, este hecho por supuesto, tendrá un impacto negativo en la situación social de las personas afrodescendientes, cuyos intereses y necesidades con frecuencia son obviados y postergados en el diseño de políticas públicas.

De acuerdo a la experta “una de las particularidades del racismo latinoamericano y caribeño es que al no desarrollarse de forma explícita, e instrumentalizarse a través del lenguaje, los chistes, refranes, apodos, la evitación, la duda, la sospecha, la condescendencia, el cuestionamiento, la omisión, la invisibilización, la desatención, la postergación, entre otras prácticas naturalizadas y cotidianizadas; crea las condiciones para que este tipo de discriminación se realice con total impunidad”.

Pese a que en algunos países de la región se han dado avances en el diseño y aprobación de instrumentos jurídicos, el establecimiento de tipos penales o agravantes para sancionar los actos discriminatorios, así como, en la creación de instituciones especializadas orientadas a prevenir, atender y sancionar la discriminación racial; en oportunidades la información respecto a los derechos reconocidos y protegidos por dichas leyes no es divulgada, como tampoco las competencias y servicios prestados en las referidas instancias. Aunado a ello, estas instituciones como consecuencia del racismo institucional aún persiste en América Latina y El Caribe, rápidamente entran en un proceso de burocratización lo cual limita sus posibilidades reales de acción y transformación social.

Ante esta problemática Pineda recomienda a los Estados de la región como mecanismos para prevenir y erradicar la discriminación racial, el diseño de políticas públicas y programas de sensibilización, la construcción de indicadores con perspectiva de etnia y género, así como, el monitoreo, sistematización y regulación de los discursos y representaciones racistas transmitidos y reproducidos en los medios de comunicación.

 

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