Globalización: grandes esperanzas y grandes amenazas

El proceso de globalización nos infunde las más grandes esperanzas pero también encierra las más grandes amenazas.

Amenaza en primer lugar al Estado nación, ya que su territorio ha dejado de constituir el único ámbito de referencia desde que numerosos asuntos de importancia se resuelven más allá de sus fronteras. Trátese de la circulación de mercaderías y de capitales, de la difusión de informaciones, de la protección del ambiente, del control demográfico, del combate contra las pandemias, de la represión de los crímenes transnacionales o de la lucha contra el terrorismo, todo se juega ahora en el «territorio-mundo».

Este fenómeno ineluctable puede acarrear a mediano plazo la crisis de la representación política y el decaimiento de la conciencia de ciudadanía en las democracias, sea porque los individuos se sientan más consumidores que ciudadanos, sea porque no se sientan representados y se consideren excluidos.

Otra amenaza apunta a los individuos en busca de su identidad, depredada por la colonización y la estandarización cultural. Estos individuos, que ya no se sienten ciudadanos de su pueblo y aún no se sienten ciudadanos del mundo, pueden ceder a la tentación de refugiarse en comunidades agresivamente replegadas sobre sí mismas para testimoniar su existencia y reafirmar sus diferencias.

La tercera amenaza concierne a los países en desarrollo. Jamás las desigualdades entre los países ricos y los pobres (y también en el interior de los países desarrollados) han sido tan alarmantes; lo peor es que continuarán agravándose.

Sobre este telón de fondo de un mundo globalizado que luego del fin de la Guerra Fría no fue capaz de hallar un nuevo equilibrio, se descargaron los atentados del 11 de septiembre. Estos eventos dramáticos nos introdujeron abruptamente en una nueva fase de las relaciones internacionales al revelar procesos que habían estado largo tiempo en gestación. Quedó en evidencia que la violencia había dejado de ser privativa de los Estados y que podía ser asestada por otros actores, que escapan al control de los Estados. Además, al mundo desarrollado se le reveló brutalmente que la violencia ya no se limita a ciertas zonas «bárbaras» y que desde ahora todos, incluida la superpotencia, somos iguales ante el peligro.

Asimismo, se hizo saber al mundo que el incontrastable poderío militar estadounidense está acompañado por la voluntad de utilizarlo, así sea en violación del derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas.

Todos estos factores deberían instarnos a controlar, regular y «civilizar» rápidamente las grandes mudanzas en curso y a democratizar la globalización antes que la globalización desnaturalice a la democracia.

¿Cuáles podrían ser los grandes ejes de una democratización de la globalización y de las relaciones internacionales?

Primeramente, es necesaria una mejor difusión de la democracia en el sistema de las Naciones Unidas, lo que a su vez requiere una reforma de la ONU. El Consejo de Seguridad de la ONU, que monopoliza la facultad de emplear la fuerza militar y de imponer sanciones, no es en realidad un órgano democrático pues fue concebido inmediatamente después de la II Guerra Mundial en función del equilibrio de poderes de aquella época. Es eurocéntrico y no tiene en cuenta la emergencia de nuevas grandes potencias. Por otra parte, la Asamblea General, el órgano más democrático del sistema puesto que adopta sus decisiones por mayoría de votos, es el que dispone de menos poderes.

Además, es necesario proseguir el proceso de descentralización y regionalización que desde hace algunos años propicia la ONU, ya que las organizaciones regionales –como la Unión Europea, la Comunidad Británica de Naciones, la Liga de Estados árabes o la Organización de la Unidad Africana– pueden contrarrestar la globalización.

Pero esta voluntad de democratización puede ser parcialmente desvirtuada si, al mismo tiempo que el poder sale de la esfera de los Estados, los nuevos espacios de poder no son regidos por principios democráticos.

Sólo una nueva concepción de la solidaridad permitirá disipar esos riesgos. Pero la solidaridad no se impone por decreto: sólo puede surgir de un compromiso colectivo que comprenda no sólo la adhesión de los Estados sino asimismo de los actores no gubernamentales de la sociedad internacional.

En último análisis, nada será posible sin la decidida voluntad de la gran mayoría de los Estados de empeñarse en los asuntos mundiales. Hoy en día, sólo un pequeño número de Estados asumen plenamente sus roles en el escenario internacional.

Por último, se debe reforzar y organizar la participación de los actores no estatales que, contrariamente a muchos gobiernos, demuestran una clara vocación internacionalista. Las organizaciones no gubernamentales, así como los municipios, los parlamentos, las universidades, las agrupaciones religiosas, los sindicatos, los medios de comunicación y también las empresas deben desempeñarse como actores de la democratización de la política internacional.

En efecto, la empresa multinacional se ha convertido en un factor de poder fundamental a escala planetaria y en consecuencia debe participar más estrechamente en la esfera de decisiones. Pero al mismo tiempo debe aceptar la inclusión en sus estrategias de las perspectivas del interés general y del bienestar colectivo. Pues así como debemos desechar la planificación general por parte del Estado, tampoco podemos dejar que la ley de la ganancia determine el porvenir económico del mundo y de las futuras generaciones. *

(*) Boutros Boutros–Ghali, Secretario General de las Naciones Unidas en el período 1992–1996.

Exclusivo de IPS.

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