Después de la captura de Saddam Hussein

La captura de Saddam Hussein se produjo ocho meses después del fin de la invasión y de la ocupación militar del territorio iraquí, en un lugar cercano a su ciudad natal que las tropas estadounidenses ya habían rastrillado diez veces. Ahora se plantean varias interrogantes: ¿qué organismo lo juzgará y cuándo?, ¿se acelerará el retiro de las fuerzas de ocupación?, ¿tendrá mayor participación la ONU en el proceso de recuperación de la soberanía por los iraquíes y en la creación de su propio gobierno?

 

¿Quién juzgará al ex aliado de EEUU?

Si aventamos la hojarasca, el deliberado confusionismo sembrado por los medios de difusión, las declaraciones triunfalistas de los que ahora procuran lavar sus culpas (incluidos Blair y Aznar), lo único claro es que Saddam permanece prisionero de las tropas yankis en un lugar no revelado, está siendo interrogado por los servicios de inteligencia yankis y carece de las garantías legales emanadas de la Convención de Ginebra. Se halla en las mismas condiciones que los 660 presos de la base yanki de Guantánamo (de paso sea dicho, Blair le reclamó a Bush que los presos de origen británico fueran juzgados en su país o tuvieran asistencia legal, y obtuvo una rotunda negativa). El 10 de diciembre el Consejo de Gobierno Provisional iraquí creó un Tribunal especial para crímenes de guerra. El presidente del Consejo, Abdel Aziz al Hakim, declaró (en Madrid, donde se entrevistó con Aznar) que Saddam sería juzgado en Irak y adelantó que podría corresponderle la pena de muerte. Dicho gobierno provisional es una emanación directa de las tropas de ocupación, fue digitado por el virrey Paul Bremer, que es la única autoridad real en Irak hoy, conjuntamente con el comandante de las tropas yankis, Ricardo Sánchez. Pero ni siquiera en esas condiciones Bush quiere saber nada sobre un juicio por parte de los iraquíes. Trascendió que el juicio público, si lo hubiera, se iniciaría en el mejor de los casos en junio 2004 y su veredicto sería dado a conocer después de las elecciones de noviembre de ese año, para no perjudicar de ninguna manera las posibilidades de reelección del presidente.

Mientras tanto, los servicios de inteligencia practicarán sus hábiles interrogatorios para extraerle al ex gobernante iraquí, en condiciones notoriamente degradadas y humillado a los ojos del mundo, confesiones que justifiquen ex posfacto la invasión y los crímenes de los agresores. En particular sobre armas de destrucción masiva, que no han aparecido por ninguna parte ni aparecerán, a menos que las coloquen ellos mismos. No sería el primer caso.

 

Rumsfeld y Saddam, un solo corazón

La otra posibilidad que está totalmente descartada es que EEUU remita el caso a la Corte Penal Internacional ya en funciones en La Haya. El gobierno estadounidense ha boicoteado este organismo y no lo reconoce, porque quiere asegurar la impunidad absoluta para los crímenes que cometan sus tropas en cualquier país.

Lo que Washington quiere evitar a toda costa es un juicio público en el cual Saddam podría sacar a luz muchos hechos sumamente embarazosos para Estados Unidos, según se admite incluso en círculos próximos a la Casa Blanca. Ello se vincula al hecho de que EEUU armó, prestó sus servicios de inteligencia y financió a Saddam en la guerra de 8 años contra el Irán del ayatolá Jomeini, que era un enemigo de fuste de la potencia imperial y retenía a varios prisioneros norteamericanos en su embajada en Teherán, después de haber demostrado la intervención de la CIA en los asuntos internos del país. La guerra fue iniciada por Saddam en setiembre de 1980 para frenar la influencia de Jomeini en la región del Golfo. Con armas químicas proporcionadas por EEUU, Saddam masacró a los kurdos en el norte (y a los chiítas en el sur).

Noticieros independientes (no por cierto la CNN) exhumaron estos días imágenes que muestran a Rumsfeld, el actual secretario de la Defensa, a partir un confite con Saddam en el centro de Bagdad, en el fragor de la guerra con Irán. También se recuerda que Osama bin Laden y su red Al Qaeda son de pies a cabeza una hechura de EEUU, destinada en su origen a enfrentar a las tropas soviéticas en Afganistán. Cría cuervos…

 

Los muertos y los vivos

De las infinitas declaraciones de estos días rescato las del padre de un soldado estadounidense (de origen latino, para variar) muerto en Irak. Dijo con un acento que llegaba al alma que la captura de Saddam no devolvería la vida a su hijo, ni a los cientos de muchachos caídos en Irak, y que debía acelerarse el regreso de los efectivos a su hogar. Ese sentimiento se extiende tanto en EEUU como en Irak. Ha desaparecido uno de los principales pretextos para mantener la ocupación. También el secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, señaló que llegó el momento de elevar la participación de la ONU en el proceso de retorno de la soberanía a los iraquíes.

Porque la captura de Saddam no borra ni justifica las matanzas de miles de civiles, los periodistas masacrados a mansalva, los efectos de las bombas de fragmentación y el uranio empobrecido, los centenares de allanamientos, detenciones y torturas. También es absurdo reducir los actos de resistencia a los partidarios del régimen anterior.

 

La carne podrida

Por ahora vamos viendo que esos actos de resistencia, dirigidos en particular contra los centros militares de EEUU, no se detienen, ni tampoco la exigencia generalizada de retiro de las tropas. También seguirán sus chanchullos las grandes empresas que tragan a dos carrillos con los negociados de la reconstrucción. Quedó probada la sobrefacturación por 61 mil millones de dólares de la petrolera Halliburton del vicepresidente Cheney y su filial KBR (véase nuestra nota del día 14), y se agrega que además proporcionaba raciones de carne podrida a los soldados. *

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