La "nueva izquierda" argentina
Con reminiscencias de los años 60 y una composición heterogénea que abarcó desde grupos anarquistas a representantes de la Iglesia Católica, el embrión de una posible «nueva izquierda» argentina tuvo esta semana su bautismo de fuego en el masivo acto contra la globalización, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y «sus aliados internos».
En el acto, que el pasado miércoles reunió a unas 50 mil personas ante la Casa de Gobierno y constituyó la mayor manifestación opositora al presidente Fernando De la Rúa, participaron 14 diputados oficialistas desilusionados por el giro conservador tomado por el gobierno, grupos de extrema izquierda y escasos partidarios de los guerrilleros peronistas «Montoneros» que, al estilo de los años 60 y 70, quemaron banderas norteamericanas y muñecos del Tío Sam.
Pero el hecho inédito fue la participación activa de un representante de la Iglesia, el secretario de la Comisión Pastoral Guillermo García Caliendo quien exhortó a «decir basta a las políticas económicas que instauraron el capitalismo salvaje en Latinoamérica y la Argentina».
En un indicio de las contradicciones que acompañaron a la manifestación, el Episcopado descalificó a García Caliendo a quien acusó de «abuso de autoridad» por haber hablado a la multitud, ya que había sido designado como mero «observador».
Fuentes oficiales minimizaron hoy las posibilidades de una acción futura de la «espontánea» y «contradictoria» coalición opositora, pero no dejaron de expresar preocupación por el surgimiento del combativo jefe del sindicato de camioneros, Hugo Moyano, como «líder natural» de una eventual «nueva izquierda», al «estilo Seattle», a la que podrían integrarse los millones de desocupados y subocupados que no tienen representación sindical y viven en condiciones críticas de pobreza.
En un incendiario discurso que voceros oficiales calificaron de «irresponsable» y «golpista», Moyano llamó a un paro general para el próximo 9 de junio e instó a organizar una «desobediencia fiscal» para que los impuestos «no sigan destinándose a pagar la deuda externa».
Moyano, un evangelista de 56 años que en su juventud militó en la derecha del peronismo y es admirador del desaparecido jefe de los camioneros norteamericanos Jimmy Hoffa, lidera un grupo de sindicatos «combativos» que formaron una Confederación General del Trabajo (CGT) disidente.
Dentro de un panorama general de debilitamiento del otrora poderoso sindicalismo, Moyano conserva algún prestigio frente a la CGT oficial integrada por sindicalistas a los que la prensa califica como «los gordos» en alusión a su enriquecimiento personal.
Los sindicatos peronistas hicieron la vida imposible al ex presidente Raúl Alfonsín (1983-1989) contra quien realizaron 13 huelgas generales, pero no parecen estar ahora en condiciones de repetir la experiencia, no sólo por el desprestigio social que le marcan las encuestas, sino por la pérdida de representatividad que sufrieron con las severas reformas económicas realizadas por el ex presidente Carlos Menem (1989-1999).
Actualmente existen en la Argentina unos 9 millones de trabajadores legalizados de los cuales apenas un 30 por ciento está afiliado a los sindicatos. A la baja afiliación se suma la existencia de otros cuatro millones de desempleados y subocupados y otros cuatro millones de trabajadores informales que no tienen representación sindical.
Fuentes sindicales dijeron que Moyano no oculta su ambición de convertirse en «representante» de esos sectores marginales cuyas protestas anárquicas y violentas (bloqueo de rutas, saqueo de edificios municipales) en el interior del país, representaron los mayores dolores de cabeza para el presidente De la Rúa en sus cinco meses de gestión. Fuentes del Partido Justicialista (el principal de oposición) estimaron que, más allá de las declaraciones formales de apoyo a las banderas «anti-FMI», el peronismo político no se comprometería en «una aventura» de protestas al estilo Seattle. El peronismo que controla el Senado y 14 de las 23 provincias, viene manteniendo una actitud de suma cautela, cuando no de franco apoyo al gobierno del presidente Fernando De la Rúa.
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