El célebre discurso

«Hace un siglo de esto, un gran estadounidense que hoy nos cubre con su sombra simbólica firmaba nuestra acta de emancipación. Esta proclama histórica hizo brillar, como un gran faro, la luz de la esperanza a los ojos de millones de esclavos negros, marcados a fuego por una ardiente injusticia».

 

«Pero pasaron cien años y el negro no es aún libre. Cien años pasaron y la vida del negro sigue estando tristemente mutilada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación.»

 

«No habrá más reposo ni tranquilidad en Estados Unidos mientras el negro no obtenga sus derechos de ciudadanía.»

 

«No intentemos aplacar nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio.»

 

«Os lo digo aquí y ahora, mis amigos: a pesar de que hoy y mañana enfrentaremos dificultades, tengo un sueño.»

 

«Sueño que un día, sobre las colinas rojas de Georgia, los hijos de antiguos esclavos y los hijos de antiguos propietarios de esclavos podrán sentarse juntos a la mesa de la fraternidad.»

 

«Sueño que mis cuatro pequeños hijos vivirán un día en un país, donde no se los juzgará por el color de su piel, sino por la naturaleza de su carácter. ¡Tengo un sueño hoy!»

 

«Cuando actuemos de modo que pueda sonar la campana de la libertad, cuando la dejemos repicar en cada aldea y cada caserío, en cada estado y en cada ciudad, podremos adelantar la llegada del día en el que todos los niños hijos de Dios, los negros y blancos, los judíos y los no creyentes, los católicos y los protestantes podrán darse la mano y entonar las palabras del viejo «spiritual» negro: Libres al fin. Libres al fin. ¡Gracias, Dios todopoderoso, somos libres al fin!» *

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