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La muerte anunciada del papa Francisco

El papa Francisco saluda a la gente mientras arriba a la Plaza de San Pedro / Foto: AFP

Los periódicos italianos andan muy garibaldinos estos días. Este papa Francisco no ceja en su recalcitrante empeño de vestirle transparencias a la Banca Vaticana. O sea, que el papa quiere que sepamos qué cuentan las cuentas del Banco de Dios. Y eso parece que incomoda un tanto a la más alta curia. Lo que propone Francisco es una auditoría, hacer públicas las tripas financieras del Banco Vaticano, no financiar a dictaduras asesinas, dejar de blanquear el dinero de la mafia, abandonar su estatus de paraíso fiscal y otras menudencias escasamente significativas, pero engorrosas para los profesionales de la salvación de almas. El primer papa que intentó lavar el Banco Vaticano –Juan Pablo I– apareció fiambrito en su cama a los 33 días de ser elegido. Y el segundo, Ratzinger, dimitió. Y es que los designios del señor son incluso más inescrutables cuando hay dinero de por medio. Así que cuidadito, Francisco, con excitar con transparencias financieras a tu dominguero e iracundo jefe.

El asesinato de papas fue cosa de mucho arraigo popular en otros tiempos, pero la costumbre se había perdido últimamente, como tantas otras tradiciones bellas. En el año 606, hace nada, una turbamulta hambrienta ya se cargó al primero, un tal Sabiniano. Era tan odiado que su cortejo nupcial con la Parca tuvo que desplazarse del Vaticano al cementerio a escondidas.

Hubo también pontífices asesinados por ser gais, como Juan VIII. Andaban las calendas por el año 900 o así. El tema de la identidad sexual de buena parte de los miembros de la iglesia, según tengo entendido, todavía está en debate. Y no por el asunto del sexo de los ángeles, que era cosa de científicos hablando en clave de temas prohibidos de investigar. Ay, Bizancio.

Pero a mí el asesinato de papa que más me distrae es el de Alejandro VI, el padre de César y de Lucrecia Borgia. Algunos historiadores dicen que murió por error al intentar envenenar la comida de otro. Se comió el plato equivocado, y así nos desamparó, en 1503, de la tutela moral de uno de los más altos doctores del Necronomicón de nuestra casta iglesia católica.

Ahora este papa Francisco se muestra decidido, también, a morir asesinado. Lo cual ya va pareciendo costumbre pontifical insana. Eso de airear las cuentas de la Banca Vaticana, según dicen los periódicos locales de allí, no está sentando bien entre la alta curia. Que, según relata L´Estampa, acusan a Bergoglio de “sovietización” de la Basílica de San Pedro y alrededores. No me extraña que Pablo Iglesias haya declarado que no le importaría tener una entrevista con este papa. Si es que yo creo, también, que a este Vaticano lo financia Venezuela.

Lo único que me preocupa hondamente de este asunto, a parte de la certeza de que van a asesinar a un papa, es que la iglesia vaya por delante, en ideas e iniciativas, del sistema financiero. La iglesia siempre ha sido muy lenta. Que se lo pregunten a Galilei, condenado a cadena perpetua en 1633 por hacerse unas risas con el geoocentrismo de Ptolomeo. Cierto es que a finales del siglo XX el papa Juan Pablo II reconoció “ciertos errores” en este delicado asunto. Considero oportuno recordarlo, porque el sistema financiero no ha reconocido ninguno. Y ya digo que nuestros amados mercados, a la hora de reconocer, me parecen más lentos que la iglesia con Galilei. Que ya es decir.

Que la iglesia sea más veloz que el sistema financiero en este tema de la transparencia de la banca se atisba preocupante. Sobre todo para la iglesia. Y para este pobre papa. En el paraíso fiscal del Vaticano están en juego 7.000 millones de euros legales y todo el dinero negro que sigue levitando en santidad por sus cámaras ocultas y por sus sociedades off-shore. Coppola debería ir buscando financiación para rodar El Padrino IV. Va a tener la posibilidad de plantar, al inicio de los créditos, esa frase tan odiada entre la cinefilia: basada en hechos reales. Y, esta vez, con razón. Pobre papa.

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