Cien días después del final de la guerra

El presidente Bush sigue empantanado en Irak

Al anunciar el 1º de mayo el fin de los combates mayores en Irak, Bush dio comienzo a la segunda parte de la intervención británico-estadounidense: la de la reconstrucción y democratización del país.

El lugar elegido para el anuncio, un portaaviones que se encontraba frente a las costas de California (suroeste), en el que descendió vestido de piloto de un avión de combate, le confería una imagen triunfal al mandatario.

Desde entonces, más de medio centenar de soldados estadounidenses murieron y muchos otros fueron heridos en operaciones de guerrilla, mientras que el plan de reconstrucción de Irak registra notables contratiempos.

El primer administrador, Jay Garner, fue rápidamente reemplazado por Paul Bremer y la instalación de un gobierno provisorio iraquí, que en principio debería llamar a elecciones, enfrenta numerosas dificultades.

La administración Bush está además acusada de haber exagerado las informaciones de inteligencia sobre la existencia de armas de destrucción masiva iraquíes, con el objetivo de presionar al Congreso y a la opinión pública a apoyar la guerra. No se ha encontrado ninguna de esas armas.

En ese contexto el presidente trata de situar la invasión a Irak en el marco de la guerra contra el terrorismo. «La emergencia de un Irak libre y pacífico es esencial para la estabilidad de Medio Oriente y un Medio Oriente estable es esencial para la seguridad del pueblo estadounidense», reiteró en una conferencia de prensa el 30 de julio, días antes de partir en vacaciones de cuatro semanas a su hacienda de Crawford (centro-sur).

Los responsables de la administración aducen que el presidente jamás ocultó que la posguerra en Irak no sería un período fácil. Comparan las críticas actuales con las recibidas luego de algunos días de combate en abril cuando se afirmaba que los militares estadounidenses estaban poco preparados para enfrentar la resistencia de las fuerzas de Saddam Hussein.

Otra espina en el pie de Bush es que el derrocado líder iraquí continúa en fuga, cuatro meses después de la caída de Bagdad. La muerte de sus dos hijos el 22 de julio, en un enfrentamiento con soldados estadounidenses, es el principal logro de la administración, que no perdió la oportunidad de explotarlo al máximo, publicando las fotos de sus cadáveres ensangrentados.

Bush continúa sin embargo gozando del alto apoyo a la guerra que profesa gran parte de la opinión pública estadounidense. Con la notable excepción del gobernador de Vermont, Howard Dean, que se había opuesto a ella, los otros precandidatos demócratas de peso a la elección presidencial de noviembre de 2004, apoyaron la resolución del Congreso que la autorizó.

El presidente no necesita tampoco a salir a la palestra para defender a los miembros de su administración y responsabilizarse por las decisiones tomadas. El 30 de julio declaró que asumía «la responsabilidad personal» de todas sus declaraciones, inclusive por la incluida en su discurso sobre el Estado de la Nación en enero de 2003, en que afirmó que Irak había tratado de obtener uranio en Africa, acusación que luego se reveló falsa.

Con ello intentó proteger a su consejera de Seguridad nacional Condoleezza Rice, acusada de haber dejado pasar esa información en el discurso presidencial, el más importante pronunciado anualmente ante el Congreso. *

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