Néstor Kirchner busca aprovechar el consenso popular por su designación
La abdicación de Carlos Menem para no concurrir al balotaje del domingo impidió concretar lo anticipado por las encuestas: iban para el patagónico un número de sufragios mayor al que tuvo Juan Domingo Perón en 1973, cuando regresó del exilio convertido en un mito.
Ya se conoce que esos números inéditos para la política normal no es el resultado del carisma de Kirchner ni de la atracción por sus propuestas electorales, que no dejan de ser interesantes, sino por la disposición social de impedir el regreso de Menem.
Pero no hay que quitarle méritos al presidente electo quien el lunes dará a conocer su gabinete, que no será sólo peronista, es decir del espacio interno que lo respaldo bajo la batuta presidencial de Eduardo Duhalde. Supo construir modestamente un notable contraste con su contrincante.
Se dice que Kirchner, de raíces suizas, teutónicas, croatas y chilenas, es el primer presidente surgido de la Patagonia, esa extensión riquísima y despoblada, al que han puesto el ojo las multinacionales por sus riquezas ictícolas, en petróleo y minerales, y a largo plazo, el agua dulce.
Pero en 1962, como derivación de la crisis institucional provocada por las FFAA que encarcelaron al mandatario legal, Arturo Frondizi, lo sucedió el titular provisional del Senado Nacional, el senador José María Guido que representaba a la entonces casi flamante provincia de Río Negro, debajo del Colorado, la frontera geográfica entre la pampa con el extenso territorio sureño.
Guido fue un títere de las FFAA y a Kirchner, Menem sobre todo, lo quiso descalificar por supuesta marioneta de Duhalde. Chicanas de campaña, pero basada en el hecho objetivo que sin el peronismo bonaerense, hubiera sido ilusorio que el futuro mandatario llegara en esta oportunidad a la victoria.
Kirchner no tiene carisma ni condiciones de caudillo. Su suerte esta atada a la posibilidad de articular un gran consenso político, tanto en el Parlamento como fuera de él, y un gabinete pluralista, que promete, aunque no al estilo de las coaliciones.
Hay razones de orden práctico, en lo inmediato. No puede negociar un gobierno pan peronista, porque eso sería hacerlo con Carlos Menem que le dejó una bomba de tiempo, o con el tercer justicialista en discordia, Adolfo Rodríguez Saá, destartalado después del primer turno porque gran parte de sus seguidores habían anticipado, ante su silencio, el apoyo al sureño. Ahora dice que Menem actuó bien al no avalar «el fraude»; sangra por la herida.
Cómo armar consenso
Kirchner sabe que con Elisa Carrió es difícil negociar, porque ella prefiere ver los temas y apoyar lo que está de acuerdo y combatir lo que entienda negativo, basándose en reconocer la legalidad del nuevo presidente y desde esa postura alejada de los «pactos cupulares», acudir para darle legitimidad al patagónico. No quiere sobre todos, al menos ahora, colocar a los suyos en funciones de gobierno.
«Somos oposición», repite Ricardo López Murphy desde la centro derecha y propone cosa parecida con la intención de prestar más atención a desplegar su propia fuerza política, aunque acatando la decisión de la ley.
No se esperan de Kirchner propuestas altisonantes o épicas. «Los presidentes épicos nos han dejado un país en injusta bancarrota. Prefiero ser un presidente que trabaja y decide todos los días», responde. Entonces, para gobernar deberá optar entre caer en brazos del enorme aparato duhaldista de la provincia de Buenos Aires o enhebrar nuevos consensos, tanto internos, dentro del peronismo, como externos, con las fuerzas políticas no peronistas. Y como se vio, no será sencillo.
El columnista de La Nación, Joaquín Morales Solá, describe así la situación: «Una cosa hubiera sido un Kirchner triunfante en el balotaje por un amplio margen y otra cosa será el Kirchner debilitado, que Menem le dejó a la Argentina como su última herencia política. En principio, el único beneficiario de la fuga menemista es Duhalde, que cumplió el sueño completo de derrotar a Menem y de contar, al mismo tiempo, con un presidente dependiente de él».
Pero la política es más compleja. Hace poco le preguntaron a Kirchner qué haría ante un duhaldismo eventualmente duro e intransigente, o ante un Parlamento con esas características. «Primero trataré de hacerme entender y comprender, pero no dudaré, en última instancia, en hablarle a la opinión pública y contarle mis problemas», respondió.
Si es así, no habría que descartar la idea que ronda en el espacio del sureño: la consulta popular para destrabar los eventuales problemas.
A quien menos interesa una debacle de Kirchner que Menem augura con su dimisión es a Duhalde porque un fracaso lo arrastra. ¿Qué trabaría su supuesto deseo de ser electo en el 2007? Es ciencia-ficción.
De todas maneras cuando Kirchner enfatiza que: «No he llegado hasta acá para pactar con el pasado», le habla a Menem, pero mirando a Duhalde y al modo de operar de los grandes grupos económicos.
Estos han recibido con escaso entusiasmo la resolución de la crisis. Apostaron en gran parte por López Murphy, y como mal menor, por el riojano. Su huida los deja pegado al estigma de la desestabilización sobre todo proveniente del sector financiero concentrado.
De estos jardines se difunde la idea del Presidente débil, una manera de atarlo a que no se salga del libreto que lo puso en algún momento en la cima de los intereses favorecidos. *
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