Los primeros cien días
El próximo jueves, el gobierno Lula cumple sus primeros cien días de gestión y se especula que el Presidente puede realizar su primer mensaje por cadena de radio y televisión. De confirmarse, grande será la expectativa de los brasileños por ver y oír a su actual primer mandatario dirigirse directamente a ellos.
Cien días es, como todos los plazos, un poco arbitrario; pero ha sido considerado clásicamente como el período temporal, que tiene un gobierno que se inicia, de «estado de gracia» con sus gobernados. Esto no quiere decir que la gente no vaya abriendo un juicio de una gestión apenas ella se inicia, pero a quien comienza a gobernar, hay que darle un tiempo para que muestre sus planes y comience a plasmarlos en su acción. Cien días no es mucho, pero sirve para hacerse una idea de un gobierno.
Los brasileños ya tienen una idea del gobierno Lula y las encuestas muestran que es ampliamente favorable, por lo menos un 75% de la población aprueba lo hecho hasta ahora. Esto no quiere decir que concuerde con todas sus medidas, sino más bien que tienen una imagen positiva de lo que se ha empezado a hacer y de lo que se propone para el futuro.
En esta valoración auspiciosa que la ciudadanía del Brasil tiene de su actual gobierno, mucho pesa la figura de Luiz Inácio Lula da Silva. El Presidente tiene índices de popularidad aún superiores al de su administración. En estos cien días de gobierno, ha ido ganándose la confianza de su gente, incluso la de quienes no lo votaron.
El peligro Lula, aquel fantasma que se agitó en las elecciones de 1989, y que se fundaba en el temor de lo que podría hacer desde la presidencia de Brasil ese hombre con barba, que fue un ardiente dirigente sindical y fundara una colectividad política con el nombre de Partido de los Trabajadores, ya se disipó entre los brasileños, y también en los mercados internacionales. Ya nadie tiene miedo de lo que él pueda hacer desde el poder, ni siquiera la actriz Regina Duarte, quien expresó su temor en los días previos a la elección en que Lula resultó triunfador.
Los negros pronósticos no se han cumplido en la realidad. Por el contrario, quien fuera visto como un ogro, ahora es el niño dorado de los círculos financieros mundiales. Los altos dirigentes de los organismos multilaterales elogian su desempeño, con palabras impensables unos años atrás. Los capitales internacionales fluyen hacia el Brasil, cuando antes se había pensado en una fuga masiva de ellos. El riesgo país, en estos cien días, ha bajado de más de dos mil puntos a menos de mil y, aún en un escenario de guerra en Irak, el dólar sigue descendiendo en su cotización local y las exportaciones brasileñas siguen aumentando.
Esto no quiere decir que Brasil ya haya superado todos sus problemas. Todavía quedan grandes desafíos para enfrentar en lo que resta de mandato. Pero el comienzo ha sido auspicioso, mejor de lo que pensaba el más optimista de los petistas. ¿Quién se imaginaba que se podían conseguir tantas cosas en sólo cien días?
Y el mérito no está únicamente en lo realizado, tal vez lo más importante es lo que este gobierno ya ha mostrado que nunca hará. No se dejará llevar por el canto de sirenas de la demagogia. Esto ya está claro. El ministro Antonio Palocci ha dado señales muy claras de ser un hombre prudente y un celoso administrador de las finanzas públicas, el tipo de hombre que se necesita para un cargo así.
Esto no quiere decir que Brasil no tenga problemas por delante en su porvenir económico. La inflación sigue siendo una nube negra en su horizonte y el peso de su deuda es una carga pesada para una economía que se quiere expandir. Más bien, una economía que necesita imperiosamente de la expansión, del crecimiento. No hay que olvidar que este país tiene una tasa de crecimiento poblacional muy grande y, todos los años, cientos de miles de brasileños necesitan de nuevos puestos de trabajo.
Con un aumento del PBI inferior al 3% anual, esta demanda laboral no es satisfecha y aumenta el número de desempleados. Este es el reto principal que tendrá que enfrentar Lula y su gobierno. Un gobierno del Partido de los Trabajadores, con un Presidente que fue un dirigente gremial que defendió con uñas y dientes los salarios de los operarios, no puede generar más gente sin trabajo. Sería un sinsentido. Más en un país con los problemas sociales que tiene Brasil.
En lo social, en que le lleguen a la gente más humilde los beneficios de esta mejoría macroeconómica que se está logrando, reposa la gran materia pendiente que tiene este gobierno. El programa Fome Zero, la vedette de las iniciativas en este campo, casi no se ha movido en estos cien días. Sus responsables, que quizás sean demasiados y muy desperdigados por varias reparticiones gubernamentales, no han mostrado ni de cerca la dinámica y los logros de Palocci y su equipo de economistas. Aquí, todo está por verse.
En cien días, todo el mundo lo sabe, no se puede terminar con carencias que se arrastran desde hace siglos. Los brasileños también lo saben. Pero, en ellos, sigue viva la esperanza de que las cosas empiecen a cambiar. Para eso eligieron a este Presidente tan particular, que también nació y creció en la pobreza. Para que comience a mitigar estos males que tantos brasileños sufren y que tanto duelen.
Por eso, el jueves, si el Presidente habla, todo Brasil estará pendiente de lo que diga. La carta de crédito la tiene abierta, sólo le queda empezar a llenarla de contenido. *
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