Sólo dos médicos atienden a 200 pacientes diarios

Los enfermos se multiplican en el hospital de Um Qasr

«Hace tres días que no recibimos un litro de agua. ¿Cuándo se ha visto un hospital sin agua? Los estadounidenses y los británicos me lo habían prometido», repite desesperado una y otra vez el doctor Mohammed Al Mansoury, director del centro, mientras atiende a una anciana doblada de dolor que sufre un cólico renal.

En los primeros días de la ofensiva, cinco personas murieron y 30 fueron atendidas con heridas de diversa gravedad en este centro médico de 120 camas. «Al menos dos de las personas que fallecieron esperaron todavía en vida durante más de seis horas una ambulancia, pero los soldados no las dejaban circular», recuerda amargamente el responsable médico.

En aquel momento, cinco doctores atendían las emergencias en el hospital. Uno de ellos tuvo que marcharse por un problema familiar y los otros dos están trabajando actualmente en Basora, escenario de enfrentamientos entre resistencia y tropas iraquíes desde hace varios días.

Semanas antes de la ofensiva, el hospital de Um Qasr tenía pediatra, ginecólogo y sala de operaciones. Hoy en día, el «doctor Mohammed» como lo llaman insistentemente sus pacientes, hace malabarismos para atender a todos los enfermos que llegan al hospital. A las puertas del centro, aguardan tres ambulancias, una de ellas con todos los neumáticos pinchados. «Además de las enfermedades de siempre ha habido más problemas cardíacos debido al miedo y los nervios, y sobre todo diarreas y tifus en personas que bebieron agua sucia o estancada», explica el doctor Al Mansury.

A pesar de tener almacenadas medicinas para «dos o tres meses», el doctor observa preocupado la progresiva llegada a la ciudad de decenas de iraquíes, muchos de ellos enfermos, procedentes de Safwan, Al Zubair o Basora, localidades situadas varios kilómetros al norte, donde hay menos seguridad y la ayuda humanitaria tardará más en llegar.

Para «terminar de agravar la situación», el verano ha hecho su súbita aparición, lo cual hará más necesaria que nunca el agua potable en esta paupérrima y desértica región.

«La ciudad está más o menos segura pero la gente empieza a dudar de los estadounidenses y los británicos. Hace dos semanas que empezó la guerra y todo sigue igual o peor. Ni siquiera tenemos agua, que es lo mínimo que se puede pedir», lamentó. *

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