El ministro de Defensa defiende al jefe del Ejército
Para el ministro, la alocución de Brinzoni en el campo santo se atuvo a los reglamentos y en su opinión Galtieri no tuvo «ninguno, absolutamente ningún mérito» a lo largo de su carrera profesional.
Pero el periodista Horacio Verbitsky demostró en Página 12 en un análisis de los reglamentos militares que Brinzoni no tenía siquiera que ir a despedir a quien fuera jefe de la fuerza, lo que no sería un detalle en condiciones normales: ocurre que el difunto estaba procesado por violaciones a los derechos humanos y por esa razón permanecía detenido en su domicilio.
Un comité de generales de prestigio propuso que Galtieri fuera fusilado por su impericia en la conducción militar de la guerra por las islas Malvinas con el Reino Unido en 1982, aunque otros sectores también fustigaron la decisión política de ir al conflicto que dejó casi 700 argentinos muertos para salvar a la ya desprestigiada dictadura militar que irrumpió el 24 de marzo de 1976.
El periodista Andrew Graham Yoll el domingo protestó en el diario La Nación porque se brindaron «honores militares plenos a un comandante de la picana y general de la humillación».
Organizaciones de derechos humanos y personalidades han pedido a Eduardo Duhalde que releve al jefe del Ejército, pero su discurso, considerado por los críticos como laudatorio del dictador, no generó controversia alguna en el gobierno.
Algo más que un discurso
Jaunarena insistió en que Brinzoni, cuando definió a Galtieri durante sus exequias como un «soldado disciplinado» y dijo que su gestión quedaría «en la historia», lo único que hizo fue «encuadrarse dentro de lo reglamentario cuando fallece un teniente general».
El ministro, que es un importante dirigente de la Unión Cívica Radical, no está de acuerdo con las denuncias de las organizaciones defensoras de derechos humanos que consideraron que el gobierno avaló en cierta forma a Galtieri al admitir que Brinzoni mantuviese ese discurso en el sepelio sin aplicarle ninguna sanción.
«Lo único que manifestó es que la historia va a decidir sobre méritos o deméritos de Galtieri como general en su momento.
Quiero decir que el hecho de que una persona esté en la historia, no implica ningún juicio de valor, porque en la historia están San Martín, (el marqués de) Sobremonte, virrey del Río de la Plata, Hitler, Mussolini», ejemplificó.
Para algunos analistas, la cuestión es más compleja. Brinzoni viene pugnando por una mayor presencia militar en los acontecimientos del país y ha hecho presión incluso sobre la Suprema Corte de Justicia para que no sean declaradas inconstitucionales las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Desde esta perspectiva, sus dichos fueron provocadores.
No es cosa sólo del destino: esas dos leyes que permitieron zafar de los tribunales a casi un millar de oficiales por violación a los derechos humanos en los años del terror, fueron impulsadas por Jaunarena cuando ocupaba igual ministerio en los años de Raúl Alfonsín, tras los levantamientos de los «carapintadas» para evitar esos juzgamientos.
Pero además, el jefe del Ejército exhibió equívocas actitudes, como recomendarle al periodista de origen judío Héctor Timmerman que leyera «El mercader de Venecia» (obra de fuerte tufillo antisemita de William Shakespeare), cuando lo criticó por permitir que en la nómina de letrados del Ejército estuviera al apoderado de un partido nazi.
El receso parlamentario ha evitado que Jaunarena sea interpelado como se proponen hacerlos legisladores de diversas bancadas.
Pero en rigor de verdad, salvo las organizaciones humanitarias y partidos de izquierda, en otros sectores el discurso de Brinzoni, reivindicativo de un dictador, no produjo mayores comentarios.*
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