El terrorista de la Casa Blanca
La decisión de otorgar licencia para matar a los agentes de la CIA, adoptada por el presidente Bush con el apoyo de los congresistas republicanos y demócratas (todos mezclados, como en el verso de Guillén) es un acto del más puro cuño terrorista. A este anuncio siguieron imágenes de 50 camiones cargados de armas yanquis y británicas que forzaron la frontera de Irak para entregarlas a grupos opositores a Saddam Hussein (imágenes que después desaparecieron de las pantallas). Ese día en Londres, bajo los auspicios de Blair y Bush se reunían y se peleaban a dentelladas distintos grupos de la oposición iraquí: cada uno quería ser el primero en probarse las pilchas.
Licencia para matar
El presidente Gerald Ford (que sustituyó al defenestrado Richard Nixon) prohibió estos crímenes. Sus sucesores (Carter, Reagan, Bush padre y Clinton) mantuvieron la prohibición. Bush hijo acaba de otorgar nuevamente la licencia para matar a los agentes de la CIA en cualquier país extranjero. Es la extensión de las prácticas terroristas al mundo entero. El New York Times publicó la lista inicial de los «blancos preciados», pero ello es irrelevante porque la CIA tiene la autoridad para agregar otros nombres a la «lista de la muerte» sin requerir autorización presidencial. Son como los «cabras marcados para morir» de la película brasileña, luchadores por la tierra acribillados por los capangas de los latifundistas. La CIA puede matar a quien se le ocurra dondequiera se encuentre, y sus agentes tienen asegurada la impunidad por anticipado. Por eso Washington reniega del Tribunal Penal Internacional surgido del Tratado de Roma y declara –desafiando abiertamente la ley internacional– que los criminales norteamericanos no comparecerán ante el mismo en ninguna circunstancia. El 007 de James Bond viaja de la pantalla a la realidad.
Por otra parte, esta licencia para matar ya se estaba aplicando. Se puso en práctica en la guerra de Afganistán, con Osama bin Laden encabezando la lista. Otro presunto dirigente de Al Qaeda fue asesinado después en Yemen por un misil lanzado desde un avión Predator sin piloto. A nadie le importó que en el automóvil destrozado otras cinco personas volaran en pedazos. Se las sindicó como terroristas y asunto concluido.
Esta resolución marca una continuidad con el primer discurso de Bush después del 11 de setiembre de 2001, en que reclamó «vivo o muerto» a Bin Laden y a sus seguidores, y dividió al mundo en forma maniquea: los que no se plegaban incondicionalmente a las directivas de EEUU estaban haciendo causa común con el terrorismo.
Bacilos y bacterias
Cumpliendo la resolución 1441 de la ONU, un enjambre de inspectores desarrolla una intensa labor sin encontrar indicios de que Irak esté produciendo armas nucleares, biológicas o químicas. Tony Blair se ha quedado con un palmo de narices, porque presentó con gran despliegue mediático presuntas pruebas del rearme iraquí, que quedaron totalmente desvirtuadas por el trabajo de los inspectores. A la vez, se han presentado resúmenes de las 11.807 páginas del informe elevado por el gobierno de Bagdad a la ONU sobre su actividad armamentista, que aportan varios datos que dejan muy mal parados a sucesivos gobiernos de Washington.
En efecto allí se comprueba que fueron empresas norteamericanas y británicas las que proporcionaron a Irak los equipos, materiales y suministros que le permitieron fabricar las armas químicas que utilizó contra Irán en la guerra de 1980 a 1988, y contra los kurdos de su propio país. Eran otros tiempos, y otras las alianzas de EEUU. Segundo hecho: las administraciones de Reagan y de Bush padre suministraron a Irak el bacilo del ántrax, las bacterias clostridium botulinum (causante del botulismo) y clostridium perfringens (causante de la gangrena) y la brucella melitensis, así como el gas VX, que fue empleado contra los kurdos. Según el documento EEUU abasteció a Irak de materiales de doble finalidad que contribuyeron al desarrollo de sus programas armamentistas químicos, biológicos y de sistemas misilísticos. En este punto se sitúa el informe del anterior jefe de inspecciones de la ONU, Scott Ritter, quien asegura que durante su misión se destruyó prácticamente la totalidad de este armamento.
El tercer hecho es una pregunta: ¿quién sembró el bacilo del ántrax en los Estados Unidos, que causó víctimas mortales y sigue sumido en el más absoluto misterio?
La oficina de las mentiras
El siguiente cable fechado el día 16 en Washington revela el componente mediático de la campaña terrorista. Dice así: «El Departamento de Estado evalúa ordenar a los militares de ese país que realicen en secreto operaciones de propaganda para influenciar a la opinión pública y los líderes de países aliados y neutrales. La intención del Pentágono, revelada por el New York Times, se produce a menos de un año del anuncio del cierre de la oficina de propaganda, que había sido bautizada por la prensa como ‘oficina de las mentiras’. Según dijeron fuentes del Pentágono, las acciones de propaganda incluyen la influencia en medios periodísticos para que escriban artículos favorables a la posición estadounidense, así como fondos para libros y escuelas en países islámicos».
Mucho ojo a la conclusión: «La directiva secreta está destinada especialmente en función de la guerra contra Irak, que podría desatarse en enero o febrero próximos».
La investigación interrumpida
El viernes 13 Henry Kissinger renunció a la presidencia de la Comisión que debía investigar la responsabilidad de los órganos de seguridad en la prevención de los atentados del 11 de setiembre. Sin duda esto es un hierro caliente. Y le sacó el cuerpo nada menos que el doble secretario de Estado y asesor de seguridad nacional, quien en los últimos días había declarado al Washington Post: «Hay que dar por terminado el respeto a las soberanías nacionales. EEUU debe asumir sin complejos la dirección de un imperio mundial».
A 15 meses las interrogantes se acumulan, como veremos en próxima nota. *
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