La ley del incesto

por Cecilia Barreto

En el Salón Dorado de la Intendencia Municipal de Montevideo se dieron cita especialistas de varias disciplinas para hablar sobre el tema. Se analizó la génesis de un fenómeno considerado –más allá de la prohibición en la que se sustenta– como una forma de abuso de poder y una violación a los derechos humanos.

A lo largo del seminario que duró dos días, se habló de las construcciones sociales en relación al incesto y se debatieron estrategias sobre el enfoque terapéutico y los diseños de intervención. También desde el punto de vista legal se dieron recomendaciones tendientes a optimizar la instancia judicial y evitar la revictimización de la niña o el niño incestuados.

LO PROHIBIDO

Del latín “incestum”, incesto significa acceso carnal entre personas consanguíneas a quienes la ley prohíbe contraer matrimonio entre sí.

Su definición también está relacionada con la idea de impuro y mancillado. Sobre esta noción y sobre todo prohibición se construye la organización social y familiar que predomina en nuestra sociedad occidental; y la sola posibilidad de violarla, provoca rechazo o repudio.

La doctora Gianella Peroni explicó el incesto desde una óptica de género según la cual “la estructura familiar patriarcal, la atribución de roles y funciones condiciona la opresión y sumisión de mujeres y niños y la forma que toman esas relaciones”. La experta subrayó la importancia de definirlo rigurosamente para evitar su invisibilización y comprender la carga de violencia que encierra, que va más allá de lo explícito. “El incesto es definido como relaciones sexuales entre parientes. Pero ¿qué tipo de relaciones” –se pregunta la psiquiatra de niños y adolescentes–. “¿La penetración, el acto sexual? ¿Y los manoseos, las caricias?, ¿cómo calificamos el hecho de mirar videos pornográficos junto a un niño y masturbarse frente a él?”, preguntó Peroni.

CIFRAS OSCURAS

En nuestro país no hay un registro exacto de los casos de incesto denunciados; esto impide saber la verdadera dimensión del fenómeno y su impacto. Algunos de los datos parciales que se manejan provienen de la puerta de emergencia del Hospital Pereira Rossell (año 1993) y confirman que uno de cada diez niños ingresa por maltrato físico a dicho nosocomio y que ocho de ellos lo hacen por abuso sexual.

Por otra parte, de los 300 casos de abuso intrafamiliar que trató El Faro (centro de atención a mujeres jóvenes víctimas de violencia) en estos tres años de existencia, la mayoría de ellos fueron perpetrados por padrastros y con menos frecuencia por los padres. En general, la situación de abuso comienza entre los 5 y 7 años y se detiene poco antes de la consulta (12 o 13 años) cuando la adolescente comienza el liceo y toma contacto con otras realidades. “Desde el relato surge que hasta el momento la vivencia consciente de la situación abusiva (no hablamos de situaciones de violación o embarazos) se da desde un registro de seducción, de cariño, donde no hay ninguna actitud que la adolescente recuerde hostil”, afirma la psicóloga Adriana Molas de El Faro.

EL SECRETO

El incesto no es privativo de ninguna clase social; si bien se supone que la pobreza y el hacinamiento lo favorecen, se produce en familias de cualquier nivel sociocultural.

Cuando el niño o la niña reconoce las conductas incestuosas como tal se originan sentimientos ambivalentes no sólo respecto al abusador sino a todos los integrantes del núcleo familiar cuya responsabilidad es protegerlos/las y bajo cuyo techo ocurren esas “infamias”.

“El abuso sexual intrafamiliar es una de las formas que adquiere el abuso de poder en el seno de un ámbito específico y definido: la familia” opina Molas. “El obstáculo se genera en el momento en que nos ubicamos fuera de la problemática y miramos al interior de la familia abusadora, la patologizamos, la juzgamos, condenamos, segregamos”, asegura la experta.

La doctora Peroni se refirió al secreto como un factor clave para que el abuso se perpetúe y para garantizar la impunidad del abusador. Cuando se rompe el silencio y el caso se detecta ya sea en la familia o en el sistema de enseñanza o salud, se pone en marcha todo un andamiaje institucional que procura romper con la situación de abuso como primer paso y luego reestructurar los vínculos familiares.

LAS SECUELAS

El peso de la dicotomía “víctima-victimario” va de la mano de una valoración (buena-malo) que condiciona su tratamiento y elaboración. Por esa razón se recomienda a los operadores terapéuticos utilizar un lenguaje adecuado y se debate esta concepción que impide incorporar el abuso a quien lo padece: “Si no se puede apropiar de su historia, si no puede recordarla o pasarla por el corazón, está condenado a repetirla”, sostiene Molas.

Respecto a las consecuencias, la psicóloga de El Faro afirma que “el abuso genera daños muchas veces irreparables” y que la evolución de quien lo padece dependerá de cómo procese esa situación de abuso. “El dolor, el miedo, la confusión, la vergüenza, el rencor, la ambivalencia se empieza a sentir cuando descubre que eso que vive no es normal”, explica Molas.

Peroni por su parte aseguró que una situación de abuso duradera aunque aparentemente más inofensiva (caricias, manoseos) puede resultar más grave que una violación aislada.

Al final de su intervención, la psiquiatra se refirió a las estrategias terapéuticas predominantes y recomendó a técnicos y profesionales que trabajan en la materia, controlar las emociones para evitar reproducir situaciones de maltrato, trabajar con las creencias y las emociones y generar la empatía para garantizar el éxito.

MARCO JURIDICO

Uno de los riesgos que se corre en los casos de violencia intrafamiliar es el de revictimizar a quien la padece. Los doctores Eduardo Pesce, de Uruguay y Silvio Lamberti, de Argentina, abundaron en temas doctrinarios y sobre la base de su experiencia recomendaron la denuncia civil de los casos de incesto. Para el doctor Pesce, si bien es un delito (“una acción que va ante una prohibición”) no siempre merece pena. “Si un hecho que se mantiene en privado se castiga y difunde como consecuencia del castigo, la pena causaría un daño adicional a la sociedad y a la familia”, aclara el abogado. En conclusión, “el incesto no se pena si no se verifica el escándalo público”. Por otra parte, Pesce afirmó que “la doctrina más recibida en derecho penal nos impone no la tutela de valores éticos sino la tutela de derechos y de bienes jurídicos”. En este caso se intenta custodiar un valor ético cuya consideración ha variado a lo largo de la historia ya que tanto en Egipto como en Perú el incesto no era “una actividad reprobada”.

Para Pesce, la denuncia de incesto “debe hacerse por otras vías y no por el derecho penal”.

El doctor Lamberti coincidió ampliamente con este concepto debido a que en este ámbito (penal) ante una denuncia de delito sexual hay que probar la ocurrencia del hecho y “los delitos que ocurren dentro del hogar son de una prueba prácticamente diabólica”.

La ventaja de denunciar en sede civil surge de que aquí “se pueden tomar por lo menos medidas proteccionales y aparte brindar a la víctima todo tipo de recursos para poder superar la problemática”. Durante el proceso se dan pericias revictimizantes ya que no hay evidencia física y los testigos son la víctima y el victimario quien puede aducir en su defensa que la denuncia se sustenta “en la fantasía o fabulación del niño o la niña y en la i
nculpación de allegados”.

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