Aromática Geraldine
Muchas décadas antes de la revalorización que han adquirido en la moderna gastronomía internacional, en uno de los distritos de Minnesota, promediando la década del 20, Geraldine se consagró al cultivo de hierbas aromáticas. Decepcionada de su marido que la abandonó por seguir a un grupo de cazadores especializados en caza mayor en Alaska, Geraldine sufrió una profunda depresión. Los tres perros labradores de su marido también la abandonaron siguiendo inciertos rastros. Geraldine nunca en su vida había estado tan sola. Una mañana vació todos los cajones del mueble donde su marido guardaba la ropa, las municiones, los perdigones, los manuales de caza mayor y ?tutto cuantti?. Sacó los cajones al sol, al atardecer los volvió a entrar y partió con rumbo desconocido. Tres años después regresa sin que a nadie haya rendido cuentas de su ausencia; ni familiares ni amistades supieron nunca dónde fue ni a qué. Solo se supo que había vuelto con una idea audaz: sembrar hierbas aromáticas, en especial toronjil y coriandro. El origen de las precisadas semillas nunca fue revelado y esa ausencia de datos forma parte de lo que en la región se sigue designando como ?la leyenda de Geraldine?. Al día siguiente de su regreso vuelve a sacar los cajones vacíos con la certeza de que su marido había muerto en un accidente balístico durante una cacería de alces. Su marido nunca llegó a Alaska, pero Geraldine sí llegó adonde se proponía llegar. En menos de un año tenía el más esmerado cultivo de toronjil y coriandro y el posteriormente incorporado eneldo, en cajones de madera distribuidos por toda la casa. La producción era tan grande que mandó construir centenares de cajones todos de igual tamaño. Geraldine comenzó a comercializar las hierbas desecadas al sol y posteriormente envasadas en lienzo de color celeste a los que bordaba una letra G mayúscula de color azul. Pero la gastronomía local estaba a años luz de valorar el emprendimiento de Geraldine. Grandes empresas gastronómicas compraban las bolsitas, no para jerarquizar sus platos sino para adornar las mesas de sus clientes. La existencia de chefs sofisticados y adoradores de la cocina artesanal era por entonces impensable. Y si bien las bolsitas eran inmerecidamente utilizadas como elementos decorativos en restoranes de lujo, entendemos que eso no le resta valor ni trascendencia a su labor, sino que precisamente la convierte en una visionaria incomprendida en su tiempo. Frustrada e ignorada por la gastronomía regional, Geraldine abandona el cultivo de hierbas aromáticas y parte nuevamente con rumbo desconocido. Donó parte de su fortuna a la Asociación Rural de su pueblo y con el resto, según algunos biógrafos, comenzó a editar bajo el seudónimo de Enelda poemarios que tuvieron por entonces cierta trascendencia literaria. Algunos modernos y sensibles chefs de Minnesota proyectan publicar una biografía sobre Geraldine, lo cual nos parece un justo, necesario y merecido reconocimiento.
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