Sufragistas de ayer, de hoy y de siempre

Habían transcurrido pocas décadas desde la Declaratoria de la Independencia. Las mujeres no se contentaban con ser las madres de la nueva república y muy pronto se involucraron en la lucha contra la esclavitud que derivaría en una nueva guerra, esta vez entre el norte y el sur. Las hermanas Sarah y Angelina Grimké, nacidas en una distinguida familia del sur esclavista, en 1836 iniciaron una gira de tres años por el país brindando conferencias que fueron decisivas para alentar la causa abolicionista. Fueron las primeras en conquistar el derecho a hablar en público, las primeras en organizar campañas de firmas y, por supuesto, las primeras en recibir críticas por haber rebasado los límites de actuación esperables para las mujeres de su época. No les resultó difícil darse cuenta de qué poco podían hacer por los esclavos si ellas mismas no eran capaces de librarse de su propia situación de subordinación y falta de derechos.

En 1840, una delegación de hombres y mujeres abolicionistas estadounidenses viajan a la Convención Mundial en contra de la esclavitud. Lucrecia Mott, ministra cuáquera y la joven Elizabeth Cady Stanton no pudieron participar porque no se admitían delegadas femeninas. Indignadas, decidieron que se organizarían para exigir sus derechos como mujeres. Así se convocó -en el mismo año en que Marx y Engels publicaban el Manifiesto Comunista en Europa- en una capilla metodista de la pequeña localidad de Séneca Falls a la primera convención por los derechos de las mujeres. Allí se reclamaron derechos muy sentidos para las casadas: ser propietarias, la custodia de sus hijos, firmar contratos, ser dueñas de sus salarios como trabajadoras, etc. Curiosamente, la demanda por el sufragio femenino no fue respaldada por unanimidad; aún parecía una osadía en 1848, pero igual se la incluyó en la Declaración final. En pocos años, los mitines pidiendo el voto se multiplicaron.

Hubo otras mujeres como Sojourner Truth y Amelia Bloomer. La primera (1797-1883) nació esclava; fue liberada en 1827 por las leyes del estado de Nueva York. Desde ese momento, y a pesar de permanecer analfabeta durante toda su vida, se convirtió en una apasionada activista abolicionista y defensora del derecho al voto de la mujer ya que ella, con su experiencia, demostraba que había sido capaz de realizar los mismos trabajos y de enfrentarse a las mismas situaciones que cualquier hombre. Amelia Bloomer (1818-1894) era la editora del periódico ?The Lily?, cuyo lema rezaba ?Dedicado a los Intereses de la Mujer?. Con publicaciones como ésas, las mujeres hacían oír su voz y sus reivindicaciones, aunque Blomer fuera ridiculizada por su original forma de vestirse.

 

SUEÑOS DE CIUDADANIA

Terminó la guerra de secesión pero las mujeres no lograron sus derechos y el movimiento se dividió. Stanton y Susan B. Anthony fundaron la Asociación Nacional por el Sufragio Femenino (NWSA) en 1869 y Lucy Stone y Henry Blackwell crearon la Asociación Norteamericana por el Sufragio Femenino (AWSA). Mientras Stone pensaba que apoyando la enmienda que daba el voto a los negros desde el Partido Republicano se lograría luego el voto femenino (cosa que no sucedió), Stanton creía que no se podía desaprovechar la oportunidad histórica para conseguirlo en ese momento. Aunque el voto federal, con la consecuente enmienda constitucional era el objetivo, algunos estados fueron ganados por la causa sufragista mediante el mecanismo de consultas populares: Wyoming (1869), Utah (1870), Colorado (1893), Idaho (1896), Washington (1910), California (1911), Oregón, Arizona y Kansas (1912) y Nevada y Montana (1914). En 1917 fue elegida en Montana la primera congresista de los Estados Unidos: Jeanette Rankin.

A principios del siglo XX, nuevos liderazgos de la mano de Alice Paul y Lucy Burns o Carry Chapman Catt, que habían conocido la experiencia de las sufragistas inglesas, ayudaron a limar las viejas diferencias. En 1913 se crea la Unión del Congreso y el Partido Nacional Femenino para darle un nuevo empuje a la causa.

El presidente W. Wilson seguramente no se esperaba el piquete de mujeres, que, liderado por Pauls, rodeó la Casa Blanca el 10 de enero de 1917. Este silencioso hostigamiento duró más de seis meses y, junto con otras acciones emprendidas por las sufragistas en los estados de la unión, fue decisivo. En medio de la guerra, las mujeres mantenían la esperanza de convertirse pronto en ciudadanas, aunque sus acciones también les valieron la acusación de ser poco patriotas.

Finalmente, en 1919, Wilson anunció su apoyo al sufragio femenino. En agosto de 1920 se aprueba la Enmienda XIX de la Constitución:»El derecho de los ciudadanos de Estados Unidos al voto no será negado ni limitado por los Estados Unidos o por cualquier estado por razón del sexo».

La democracia más poderosa del planeta tuvo un movimiento sufragista pionero en cuanto a organización para reclamar sus derechos; sin embargo, estamos hablando del mismo país que aprobó los derechos civiles para su población negra recién en 1965 (un siglo después de la guerra que ganaron los abolicionistas) y que ostenta muy bajos índices de participación ciudadana en los comicios.

 

LAS INGLESAS: ACTIVISTAS LEGENDARIAS

Casi al mismo tempo que las estadounidenses se convocaban en Seneca Falls, en Sheffield sus hermanas mayores inglesas realizaron el primer acto público para reclamar derechos políticos.

Decididas a seguir procedimientos democráticos, buscaron el apoyo de los parlamentarios. Fue el inicio de un largo camino. Consiguieron tener como aliado al filósofo liberal John Stuart Mill, autor del libro ?La sujeción de la mujer? y casado con la feminista Harriet Hardy Taylor.

En 1866, Stuart Mill presentó a la Cámara de los Comunes la primera petición oficial del Comité por el Sufragio Femenino. En 1867 Jacob Brig, otro de los miembros de la Cámara baja inglesa que apoyaba la causa, profetizó: ?Si los mítines carecen de efecto, si la expresión precisa y casi universal de la opinión no tiene influencia ni en la Administración ni en el Parlamento, inevitablemente las mujeres buscarán otros sistemas para asegurarse estos derechos que les son constantemente rehusados?.

Efectivamente, las sufragistas inglesas siguieron casi cuarenta años bregando por el voto. En los comienzos del siglo XX el movimiento se dividió en dos: un ala moderada -la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino, liderada por Millicent Fawcett- y otra más radical -las «suffragettes», cuya líder fue Emmeline Pankhurst que en 1903 funda la Unión Política y Social de las Mujeres.

Cansadas de no tener resultados, se decidieron por la acción directa, interrumpiendo los discursos de los ministros y presentándose en todas las reuniones del Partido Liberal para plantear sus demandas. La policía las expulsaba de los actos y les imponía multas que no pagaban, tras lo cual iban a la cárcel donde eran consideradas presas comunes y no políticas como ellas planteaban. Para atraer la atención pública sobre su situación recurrieron a la huelga de hambre, aunque fueron obligadas a alimentarse por la fuerza. En julio de 1903, Lady Pankhurst fue condenada a tres años de trabajos forzados, pero las sufragistas lograron que se evadiera. Se había convertido en una figura casi legendaria, pero eso no la libró de volver a ser encarcelada en cuanto regresó a Inglaterra.

Mientras tanto, las sufragistas iniciaron una serie de ?actos terroristas? (así eran catalogados por la policía) contra diversos edificios públicos, sin cometer ningún atentado personal. La única víctima mortal fue la militante Emily Davidson, que en junio de 1913, en el hipódromo de Epson, se arrojó a las patas del caballo del rey. Su funeral fue un grandioso acto feminista. Entre las numerosas carrozas que seguían al féretro iba una vacía con las cortinas bajas: era la que hubiera correspondido a Lady Pankhurst, que no pudo asistir por estar nuevamente arrestada.

Pero fue preciso llegar al
estallido de la Primera Guerra Mundial. El rey Jorge V amnistió a todas las sufragistas y encargó a Lady Pankhurst el reclutamiento y la organización de las mujeres para sustituir a los varones que debían alistarse e ir a la guerra: un buen ejemplo del pragmatismo inglés.

Por fin, el 28 de mayo de 1917 fue aprobada la ley de sufragio femenino, por 364 votos a favor y 22 en contra, después de cincuenta años de lucha y 2.584 peticiones presentadas al Parlamento. Aunque no fue hasta 1928 que lograron el voto para todas las mujeres, y no sólo las mayores de 30 años como fue consagrado en un principio.

 

VAMOS TODAVIA

Como curiosidades de las democracias occidentales, Suiza recién le dio el voto a las mujeres en 1971. En 1968, Ginebra, la ciudad más grande de ese país, tenía una alcaldesa que no podía ejercer el derecho al voto y en la década del 80 un cantón votó en contra de la participación política de las mujeres. Actualmente Doris Leuthard es la consejera federal del país que ya estuvo gobernado por otra mujer y, en términos de representación política femenina, rankea mucho mejor que las ?viejas repúblicas sufragistas?.

Países como Francia o Italia consagraron el voto femenino inmediatamente de finalizada la Segunda Guerra Mundial. La República española fue receptiva al planteo, pero la dictadura de Franco puso fin a este como a tantos otros derechos.

En América Latina las cosas no fueron más sencillas que para sus antecesoras. Las sufragistas uruguayas enfrentaron las mismas resistencias y prejuicios por décadas. Al igual que las estadounidenses, fueron mujeres de clase media, cultas, educadas, que primero derribaron las puertas de la universidad para después exigir los derechos políticos y civiles. La doctora Paulina Luisi emprendió esa lucha desde los albores del siglo XX al igual que la maestra María Abella, entre otras y otros. Pero, pese a que trabajaron intensamente para lograrlo con la reforma constitucional de 1917, el voto femenino no salió hasta 1932 y los derechos civiles debieron esperar hasta 1946.

Los últimos logros han sido para Afganistán en 2003 y Kuwait en 2005. En el siglo XXI hay países que no reconocen el sufragio femenino como Arabia Saudí, Bután (donde rige un solo voto por cada familia y sólo a nivel local), Brunei Darussalam, Omán y Líbano, donde las mujeres requieren de una prueba educativa para poder votar (el voto es obligatorio para los hombres, para las mujeres es opcional). Recordemos, además, que existen varios países en el mundo que no viven bajo regímenes democráticos, y por lo tanto el derecho a votar no tiene ningún sentido.

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