HUMORGRAFIAS

Luisa democrática

Nacida en el seno de una familia mendocina conservadora, la vida de Luisa dejó de ser una dulce pradera al sol cuando un hecho fortuito le arrancó la venda de los ojos. Ser apicultora fue para ella una decisión fácil, aunque su familia intentó por todos los medios que no se desviara del camino de la viticultura en el cual descollaron sus antecesoras. Desde la infancia su vocación se manifestaba de manera sutil y simbólica. Para dormirse por las noches, hasta los quince años, nunca contó corderitos sino abejas que entraban, una, dos, tres, obedientes y dóciles, cada una a una celda hexagonal. Su gran pasión era corretear entre los naranjales florecidos que su bisabuelo emigrante había obtenido mediante sobornos a un gobernador vitalicio. Ante una abeja, Luisa sentía que un sentimiento religioso se apoderaba de ella. A los veinte años inició por correspondencia un curso de apicultora que incluía mascarilla, guantes, fascículos con propiedades de la miel, recetas de caramelos de propóleo, etc. Finalizado el mismo, la entrega de su primera colmena en mérito al puntaje obtenido entre ciento cincuenta estudiantes, la hizo sentir una mujer completa. Sus investigaciones acerca de los beneficios de la miel diluida en dosis mínimas de vino garnacha en el régimen de la luna, le valieron una medalla internacional que guardó en una cajita de taracea de forma hexagonal. Todo marchaba maravillosamente bien hasta que una noche un documental en el cable sobre la vida de las abejas le cambió la vida. Recién entonces, y con los ojos fijos en la pantalla comprendió que la dulzura de la miel no era más que la consecuencia de la subordinación de las obreras a la reina, de la reina a los zánganos y de los zánganos a nadie. El brutal sometimiento de las obreras a un sistema abusivo se le reveló, no leyendo fascículos ni observando cada día las colmenas, sino en la pantalla televisiva. Las abejas virtuales fueron más reveladoras que las abejas reales y ya no pudo soportar que los zánganos no fuesen productores sino simplemente reproductores y sólo de la reina. La miel era simplemente el resultado de un abuso monárquico. Hincada frente a la pantalla sintió conmiseración hacia las obreras que volaban, succionaban, cuidaban, libaban y eran obligadas a hacer votos de castidad en un estado de celibato permanente, propio de un sistema entomológico conventual. Por primera vez sintió que la miel tenía un gusto amargo. Al otro día se deshizo de la cajita hexagonal y de las colmenas. Un enjambre de millones de abejas desorientadas sobrevolaron el pueblo cercano, durante tres días y tres noches hasta que las sobrevivientes pudieron orientarse hacia el sur. Con el tiempo, Luisa se dedicó a la comercialización de miel de caña. De su vida sentimental, poco se conoce. Al regreso de un viaje a Marruecos, creó el Comité Internacional en Contra del Celibato Involuntario de las Abejas Obreras, lo que le valió ser declarada Visitante Ilustre por la comisión de Mujeres Obreras de La Haya.

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