romántica Soledad

acida y criada en un pequeño pueblo norteño, la vida de Soledad nunca fue un lecho de rosas. Recién entrada en la adolescencia quiso salir de apuro pero no pudo. Una desagradable halitosis, apenas pasada la pubertad, la alejó de sus pretendientes que extasiados por su belleza sólo podían apreciarla a cierta distancia. El aislamiento y un sentido romántico de la existencia hicieron de ella una heroína de amores imposibles. En su cuaderno íntimo dejó constancia de varios amores expresados únicamente con caídas de ojos, suspiros intencionados y escotes pronunciados. Los intentos de acercamiento de sus posibles amantes siempre se frustraban a escasos pasos de su boca. El más conocido y tenaz de sus enamorados fue sin duda un compositor y cantante de boleros que le dedicó sentidas letras de indudable contenido erótico. En bailes amenizados por una orquesta melódica tropical deleitaba a las acarameladas parejas de la pista con melosos estribillos, que hablaban de su amor eterno «a la distante mujer de mis sueños». En alguna de sus letras, imposibilitado de un acercamiento carnal, el amante se alejaba para siempre en una barca de amargura, naufragaba en un remolino de ardientes deseos o moría por un beso que se esfumaba con las crueles luces del alba. Desde la barra y mientras tomaba tequila con naranja, Soledad escuchaba sumida en una soledad profunda. Ni el tequila ni una variante del mojito cubano con pétalos de alelí, especialmente preparado para ella por el barman, solidario testigo de su drama, lograron nunca que superara la halitosis. Harta de consultar a renombrados especialistas, finalmente y sin demasiado entusiasmo, decide casarse por poder con un costarricense, doctor en leyes y especialista en juicios públicos y orales, con quien mantuvo durante años una correspondencia secreta. Ese matrimonio no pudo concretarse nunca porque Soledad descubrió que el doctor de marras no era otro que el cartero. Oculto en el anonimato, el cartero se había especializado en jurisprudencia y leyes internacionales. Con estampillas y mata sellos falsos, había enviado apasionadas cartas de amor que conquistaron el corazón de su amada. Sintiéndose burlada y violentada en sus derechos humanos, Soledad lo acusa de usurpación de identidad ajena y gana un juicio que le reporta cierta tranquilidad económica. Más sola que nunca volvió al consuelo del tequila con naranja preparado siempre con dedicación sublime por el barman. Nadie supo nunca, ni ella misma, si fue el tequila o si fue la naranja pero lo cierto es que una mañana, se despertó con una halitosis mucho más benigna y condescendiente. Enterado, el compositor fue hasta su casa con toda la orquesta tropical a darle una serenata, pero ya era tarde. Soledad se había enamorado profundamente del barman. La serenata quedó inconclusa cuando ambos se asomaron románticamente al balcón con sendas copas de tequila con naranja. Despechado, el compositor se dedicó en el futuro a entonar cantos gregorianos en los velorios.

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