violencia doméstica: silencio no, ¡un grito!

ndrés Alsina es un periodista uruguayo que supo ejercer su oficio también en Suecia y Argentina, actualmente profesor de la Universidad ORT. En la presentación de su libro «Silencio, violencia doméstica. Un caso», lo acompañaron Pilar González, en representación del Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (Unifem) en Uruguay; Anabel Cruz, directora del Instituto Desarrollo y Comunicación, y Ana Solari, escritora y docente de la ORT.

González y Cruz coincidieron en destacar la autoría masculina del libro. «Es necesario involucrar a los varones para conseguir sociedades más justas», afirmó la primera. «Los hombres hablan muy poco del tema», señaló la segunda, enfatizando lo que para ella constituye el mensaje central de la obra: la violencia doméstica es un problema de construcción democrática.

Solari se centró en el contenido del libro, iluminando algunos puntos con su lectura. Para ella, en la obra no sólo aparece el victimario representado en toda su crueldad en los relatos de la mujer y los hijos, sino además otro victimario: «el Poder Judicial».

La escritora llamó la atención sobre la calidad narrativa del autor: «uno al ir metiéndose, se va sintiendo cada vez peor», lo que habla de que Alsina logra transmitir y el o la lectora vivenciar el mismo proceso por el que él pasó al ir acercándose a la historia de Matilde: la sensación de claustrofobia que vive la protagonista.

Por otro lado, Solari entiende que el autor debió realizar «un trabajo de género consigo mismo» para la realización de un reportaje tan comprometido, y subraya el momento en que Alsina compara a la mujer víctima de violencia doméstica con la imagen corporal de quien ha sido torturado, pues refleja «esa misma pérdida de dignidad».

El autor tiene claro que la violencia doméstica es una violación de los derechos humanos: por eso «saca el tema del ámbito de las organizaciones de la sociedad civil y las mujeres», poniéndolo en el lugar de los problemas de toda la sociedad, a juicio de Solari.

 

DESESPERACION POR CONTAR

El autor interpreta que «un libro de estos se hace por desesperación», cuando hay una verdad que decir y no se encuentra el modo pues parece silenciarse en todas partes. Por ello eligió un género periodístico que lo liberara de algunas ataduras formales, que le permitiera meterse en la subjetividad de la víctima.

El relacionamiento con Matilde le llevó más de quince meses, aunque para ese acercamiento fueron necesarios dos años previos de trabajo en el tema para «sentirme un interlocutor legítimo», asegura, confesando también que la principio se manejaba respecto de la violencia doméstica con «cierta ingenuidad, creía que se trataba de un suceso y no de un proceso».

Sin que Alsina mismo lo supiera, este caso paradigmático de violencia doméstica, por su prolongación en el tiempo, implicó también a los hijos porque Matilde » me mostró una vez una lista con 139 formas de violencia que el agresor había ejercido sobre ella», es también un caso paradigmático en lo judicial.

Según se relata en el libro, «a principios de 2002 las tres víctimas empezaron un vía crucis judicial en varias causas en las que su sino es perder. Les sirvió para padecer injusticia, agresión, pauperización y abuso de poder», lo que lleva al autor a pedir que vayamos «a la tolerancia cero en este asunto».

 

CREER PARA VER

Bajo el título «Obstáculos y desafíos de la legislación sobre violencia doméstica en el Uruguay», la mesa de debate estuvo compuesta por la senadora Margarita Percovich, la jueza en lo Penal Lina Fernández, la abogada integrante del Instituto Mujer y Sociedad Lilián Curbelo, Ana Lima, ex jueza y coautora de la Ley de Violencia Doméstica y Carmen Beramendi, directora del Instituto Nacional de las Mujeres.

Partiendo del testimonio de Manuel, hijo de Matilde que habiendo sido abusado por el abuelo paterno -de lo que estaba en conocimiento tanto su padre como la Justicia- debe soportar que se tomen medidas contrarias a su voluntad, como es el cumplimiento de las visitas con el padre, al que manifiesta no querer ver, la moderadora Paula Mosca, encargada de comunicación de la Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica y Sexual, llamó a pensar en la credibilidad de las víctimas, sobre todo de niñas y niños.

Parecería que hay que invertir la frase «ver para creer» por una que permita confiar en los más chicos y vaya contra la ideología de la indiferencia del mundo adulto: habrá entonces que «creer para ver» y revisar nuestros propios paradigmas, dijo Mosca, para quien este es el nuevo desafío pues el tema ya está en la opinión pública.

Caracterizando a la violencia doméstica como «un tipo de encare del ejercicio del poder, una ideología de las relaciones de poder», la senadora Percovich encuentra una de las posibles razones de que «los acuerdos con el Poder Judicial muchas veces volvían para atrás». Si bien tenemos marcos legales, «la academia no estudia el tema y por lo tanto su visión profesional es de desconfianza», lo que se refleja luego en peritajes, sentencia e intervenciones de diversos agentes. «El tabú de lo privado nos complica nada más y nada menos que la Justicia», afirmó la legisladora.

 

DILEMAS JUDICIALES

Para la jueza Lina Fernández, la violencia doméstica tiene mucho en común con lo penal, pues la intervención «se sitúa en la relación desigual de poder»: entonces es necesario preguntarse «¿qué tipo de intervención podemos esperar de un juez?».

En su visión, la información «ya viene mediada por los agentes que actúan antes en el Juzgado», y la posición del juez es conflictiva pues «no podemos estar del lado único de las víctimas, aunque debemos tutelar por ellas». Se trata de una tensión compleja, explica la magistrada.

El camino de separación de la violencia doméstica del ámbito penal, a través de la creación de los juzgados especializaos, «si bien sirve para especializar, ha tenido la desventaja de segmentarizar la información en las sedes. Yo mismo quedo presa de esa red», aseguró Fernández, convencida de que «una doble intervención a veces se traduce en una menor intervención».

La jueza cree que debería implementarse una modalidad similar a la española, donde «convergen jueces de distintas especialidades con un mismo caudal de pruebas», para los casos de violencia doméstica en los que el juez debería contar con «una amplia gana de acciones posibles, moderadas según una hipótesis».

 

LAS MUJERES SE MUEREN

La abogada defensora de violencia doméstica Lilián Curbelo, considera que el Código de la Niñez y la Adolescencia tiene «un bache y hay una gran resistencia de los jueces a aplicar medidas que no están pautadas cuando podrían hacerlo».

A su vez, resalta que las medidas cautelares que puede determinar un juez o jueza «son temporales y el agresor está esperando el día que terminan» y muestra preocupación porque «el incumplimiento es de todos los días y la mujer se cansa de denunciar».

Por otra parte, advierte que «el derecho del niño a expresarse implica también el derecho a ser tenido en cuenta», ya que en la historia que registra Alsina se podría decir que formalmente Manuel es escuchado, pero a pesar de su pedido de no estar con su padre, se establece que lo haga.

A Ana Lima, es jueza en lo Penal, no le interesa averiguar las razones por las cuales aumentan las denuncias de violencia doméstica: ese dato es inquietante por sí mismo y le hace decir: «¡No se queden tranquilos/as, porque las mujeres se mueren, se mue-ren!».

Respecto del énfasis puesto en que sea varón quien escribe sobre violencia doméstica, reflexiona: «Yo no sé si es tan importante, de hecho hay muchas mujere
s que o entienden el problema».
Y en otro orden, desestima la «tensión de derechos» destacada por la jueza Fernández, ya que «la Ley de Violencia Doméstica se hizo para las víctimas».

El año pasado, recuerda Lima, quien representara a Uruguay en un encuentro sobre violencia doméstica en Ginebra, dijo: «Estamos evaluando poner más juzgados especializados», cuando no hay nada que evaluar, porque «más que silencio, esto es un grito».

 

A DECONSTRUIR

Carmen Beramendi se detuvo en » el sistema de creencias del que es portavoz Matilde» y en las «formas de impunidad que se han construido desde lo público», ambas cosas reflejadas en el libro de Alsina. Entre las primeras, que son parte de nuestra cultura y colaboran a la violencia doméstica, llama la atención sobre la idea de que «todo lo que hacía era objeto de destrucción», ya que la pérdida de dignidad provocada por la violencia llevaba a Matilde a pensar que «todas sus creencias estaban en cuestión y dudar de su cordura».

También aparece la idea de «cerco de amor», tan común entre las mujeres y tan perjudicial para la construcción de relaciones igualitarias. «Si me cela me quiere», inscripto además en el ideal de «familia como lugar de protección, de resguardo», a tal punto que se llega a poner «por encima de la propia integridad de sus miembros», completan el cuadro al uso. Estos ideales, dice Beramendi, no le son propios a las personas ni a las mujeres, sino que son construidos desde las instituciones como la escuela, el ámbito de la salud, entre otras, y forman parte de una ideología que da sostén a la violencia y la justifica.

(*) Extractos del testimonio de Matilde para «Silencio, violencia doméstica. Un caso», de Andrés Alsina.

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