Escrito por: ISABEL PEREZ

n diálogo con La República de las Mujeres, la doctora Mabel Bello, médica y fundadora de la organización Aluba, cuenta que cuando llegan las mujeres -y algunos varones que van en aumento- “están encerradas en sí mismas, tienen temor” . Por lo tanto, el tratamiento se orienta a múltiples dimensiones de la persona: “aprender a tener un manejo del destino propio, aumentar la autoestima”, entre ellas.
Pero la metodología apunta principalmente a “las prácticas cotidianas”, pues quienes padecen de patologías alimentarias suelen tener “impulsos hacia la comida”. Se trabaja con ellas para que visualicen el acto de alimentarse como “un acto social, en el que la conversación es importante”, asegura Bello.
Así por ejemplo se tratan los mecanismos más impulsivos como “comer con las manos, a escondidas”, procurando modificar la conducta adictiva, la “actitud de voracidad. Y eso les devuelve la dignidad”. Bello considera que se trata de un proceso “concreto y correctivo”.
El tratamiento también privilegia el intercambio con otras/os. En Aluba discuten sobre sus propias historias y, según resalta la fundadora, “son capaces de tener una aguda inteligencia para entender los problemas de los demás, a pesar de que sean incapaces de entender los propios”, y esto ayuda al proceso individual.
Andrea, 19 años, paciente de Aluba, manifestó a La República de las Mujeres que los procesos a veces pueden llevar mucho tiempo. De hecho, ella empezó con trastornos en la alimentación a los 12 y recién este año comenzó a tratarse. Además, si bien desde abril trabaja para superar su patología por voluntad propia, hasta hace un mes aún mantenía algunas actitudes propias de la adicción: ” todavía tuve algún atracón”.
En esto coincide con la lectura de Bello, quien asegura que “las adicciones no se curan en semanas, hay que calcular meses y años. Pero a los pocos meses de tratamiento, ya se dejan de ver los síntomas” y es allí cuando comienzan a sentirse mejor.
En muchos casos se llega a Aluba con “pocas ganas de vivir, siendo incapaces de amar, con vínculos familiares destruidos y hay que recomponer”. Esto se refleja en el testimonio de Andrea, que se ve en la necesidad de retroceder a su propia infancia para explicar el surgimiento en su vida de esta problemática.
A nivel familiar, y según su propia mirada, sus padres ya antes de que naciera querían divorciarse. De hecho sabe que “uno de los dos quería abortar, pero al final me tuvieron y no duraron más de tres años juntos”. A partir de allí su referencia adulta fueron sus abuelos, ya que luego del divorcio su padre viajaba mucho y su madre no tuvo una presencia fuerte.
De hecho la madre, según relata, luego del divorcio, “como se había casado muy jovencita”, mantuvo conductas adolescentes durante un período: “salía todo el tiempo, no me daba ni bola y con mi madrastra no me llevaba bien tampoco, por eso decidí vivir con mis abuelos”.
“Ya de chica tenía mis rituales”, dice, no sólo con la comida, sino con rutinas como “caminar a lo largo de mi cuarto porque si no no me podía dormir” o “contar hasta treinta antes de hacer pichí”. Si bien no sabe cómo explicarlo, lo adjudica a un mecanismo de autodefensa: “es como ahogarte en el ritual para olvidar los problemas reales, porque focalizás tu preocupación en ello y no en lo que realmente duele”.
Pero Andrea no fue la única perjudicada: también su hermana mayor tuvo ” problemas con las drogas” y a su hermano le diagnosticaron bulimia. Todos salieron dañados, quizás porque “mi madre y mi padre no nos cuidaron mucho”, especula Andrea, que insiste en contar su historia porque la ayuda y asegura que “la confusión de roles” también es característica de estos trastornos.
En lo de sus abuelos, pasó de “tener cero atención a tener todo”, pero igual ya en la escuela se sentía “menos, por fuera”, y, aunque sabe que es parte de la enfermedad ” victimizarse”, ella cree que “lo sentía así”, es decir en inferioridad respecto a sus amigas.
Terminando la escuela, le decían ” súper cerdita” por un dibujo animado y su entrenador de handball le marcaba a menudo que estaba “pasada de peso”. Pero al pasar a liceo pegó el estirón y adelgazó. Ya cuando empezó segundo año comenzó “a dejar de comer, con anorexia”.
El testimonio de esta joven, que recién este año se siente “un poco mejor”, puede servir de testimonio a otras y otros que estén pasando por una situación similar: “una vez que das el primer paso, ya no hay vuelta atrás, ya estás metido y ahí, terapia contigo, porque solo no se sale”. No obstante, los “años de terapia”, no fueron suficientes para ella.
Empezó haciendo ejercicio: ” trancada de noche en el cuarto, sin haber comido nada en todo el día, hacía abdominales”, pero luego eso fue convirtiéndose poco a poco en obsesión: “cuando estudiaba no quería estar sentada, porque pensaba que no estaba quemando calorías, entonces caminaba por el pasillo mientras leía”.
Los abuelos se empezaron a preocupar cuando ya tenía bajo peso, “treinta y pocos kilos”. Aunque Andrea se mareaba, se desmayaba, su abuela no visualizaba el problema porque “es una persona mayor y nunca había visto esto, no sabía de la gravedad, mi abuela me daba la comida y yo la tiraba en mi cuarto”.
Para peor, hace 7 años y en un pueblo del interior, difícilmente se sabía de este tipo de patologías.
Frente al bajo peso resolvieron darle estimulantes del apetito sin decirle, pasando a engordar “sin saber porqué estaba engordando”, y allí fue que empezó con la otra cara de los trastornos alimenticios: la bulimia.
“Empecé a vomitar la comida, a tomar laxantes y ahí empezó la peor etapa de mi vida”, asegura la chica que asume que se trata de un trastorno ” mucho más agresivo contra ella misma, porque cuando tenía anorexia no comía y nada más”, pero con la bulimia el vómito se hace cotidiano y ya luego de un tiempo “ni siquiera te forzás”.
Mabel Bello enmarca la cuestión en la cultura: “A la mujer se le exige belleza, en esta sociedad los cuerpos se exhiben todo el tiempo y con el predominio de la imagen esto se ha hecho mucho más fuerte”, argumenta para contextualizar un trastorno que, si bien empezó siendo típicamente femenino, comienza a extenderse a los varones.
Antes, dice Bello, las mujeres aparecían cubiertas y cada hombre “soñaba con ese cuerpo, y la idealizaba. Hoy están todas exhibiéndose, con cuerpos obtenidos en base a operaciones o tal vez de forma natural, pero esos son los menos”, y sin embargo causan una referencia para las chicas que las siguen como modelo, “y empiezan las obsesiones con el cuerpo”.
Mientras Andrea confiesa que con la bulimia, ” haces lo peor que te puedas imaginar, yo misma tuve varios intentos de autoeliminación”, Bello se lamenta porque, en muchos casos, las mujeres “pierden su vida en son de la nada, cosa que es muy triste pero es producto de nuestra cultura”.
Los tratamientos psiquiátricos que llegaron después de sus intentos de autoeliminación, no sirvieron tampoco para mucho en el caso de Andrea, porque ” después de eso ellos (sus familiares) creyeron que yo ya estaba curada”. Allí optó por esconderse para vomitar, por lo que pasaron casi dos años en los que sus abuelos “no se dieron cuenta”.
Recién en 2008, cuando decidió venir a estudiar a Montevideo, se le ocurrió recurrir a Aluba, y actualmente, más allá de sentirse mejor, reconoce que aún queda mucho camino por andar. Hasta hace un mes, aún tenía algún síntoma pese a que cada vez se di
latan más en el tiempo.
Bello afirma que “la conciencia social despertó la necesidad de que los legisladores pensaran una ley de talles” para nuestro país que, aunque aún se encuentre en discusión, puede decirse que “hay avances, se habla más en las escuelas. Pero la sociedad enferma mucho más rápido que lo que los políticos y nosotros los médicos somos capaces de curar”.
El problema, es que “las mujeres siempre han sacrificado su cuerpo a la belleza, por el ideal de gustar, de ser querida, de ser apreciada y pagaron enormes costos”. Además, la sociedad actual “impide incluso que las mamás se preocupen por algo tan esencial como es el crecimiento de sus hijas y en cambio se preocupan mucho más por la imagen que ellas dan”. Para Bello, eso lleva a que, a veces sin quererlo, apoyen el comienzo de una anorexia o bulimia.
Aluba recibe más de 70 consultas por mes, lo cual conforma una cifra anual de casi 900 personas, mujeres y varones de todas las edades. Bello considera que “la bulimia y la anorexia, el tabaquismo, el alcoholismo, son el estigma que cargan las nuevas generaciones”.
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