cines porno o la fiesta de los minotauros
omo parte de su trabajo académico para la carrera de Sociología que cursan en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, las estudiantes Sofía Baldizán, Fernanda Ferrari y Lucía Pérez presentaron en el primer Seminario Académico de la Diversidad Sexual en Uruguay una investigación cualitativa sobre cines porno de Montevideo, para cuya realización utilizaron como herramientas fundamentales la observación en el interior de los locales y las entrevistas a informantes calificados, consumidores y referentes en lo relativo a la normativa que rige a estos establecimientos.
Las dimensiones analíticas aplicadas fueron la interacción, marcada por el relacionamiento entre partes (contacto físico, verbal, sexual) y las normas (jurídicas y sociales) explícitas e implícitas para el auditorio, el lugar del porno en la vida cotidiana (asiduidad, sentido del consumo, autorrepresión), mecanismos de captación del auditorio y censura.
Si bien no hay concenso acerca de qué es la pornografía, un acercamiento a su definición pasa por la intención del autor de incentivar sexualmente al consumidor, además de poseer el producto rasgos narrativos como la «deshumanización de los personajes», su aparición como «objetos», la exposición de imágenes de sexo explícito, entre otras que enuncian las investigadoras.
Estas aseguran que al comenzar la investigación no tenían «ni idea» de lo que pasaba dentro de los nueve cines porno instalados en Montevideo. Luego del análisis de los resultados, consideran que lo que allí sucede «desnuda a la sociedad uruguaya», fundamentalmente porque se encuentran en calles muy céntricas de la ciudad (paralelas a la Avda. 18 de Julio), pero instalados de tal forma que son poco visibles.
No sólo la ubicación es lo que llama la atención, sino el «tipo de consumidores» que asisten, en general según los boleteros, «padres de familia que se hacen un tiempito para darse una vuelta en un corte del horario de oficina», lo que resultaría probado porque el día pico y horario pico es el lunes al mediodía.
En tanto mujeres, el ingreso de las investigadoras a las funciones implicó cuestionamientos. No es habitual la presencia de público femenino en esos lugares, y en algunos «creyeron que íbamos a ejercer la prostitución». Lo que sucede es que «se va a allí a ejercer prácticas sexuales más que a ver una película, aunque también hay quienes lo hacen», precisan.
SIN CENSURA
El cine porno se constituye en un espacio de ejercicio de «prácticas de sexualidad no tradicionales, alejadas del modelo hegemónico», fundamentalmente pautadas por el contacto homosexual entre hombres, «más allá de que después de salir del lugar tengan prácticas heterosexuales tradicionales, sean padres de familia».
A juicio de las investigadoras, la actividad al interior de estos locales puede definirse como una «respuesta catártica al orden de valores legitimados» ya que, fuera de la vía pública, se realizan prácticas diversas que se vivencian como » escape», y a su vez con la protección para los participantes del juicio social gracias al anonimato de la oscuridad de la sala.
«La película en estos sitios pasa a ser un elemento decorativo». En realidad, como quien concurre ya conoce los códigos establecidos de funcionamiento interno, se dirige a una u otra zona de la sala, según cuál sea la práctica que desee realizar: en la primera fila se sientan en general quienes concurren a masturbarse con la película, en el medio permanecen los que «están indefinidos» y en el fondo quienes quieren tener un contacto físico directo con otro.
De algún modo «lo que sucede en el cine porno puede verse como una contra cara de la fachada social que todos vemos o decimos», pues justamente lo que allí se da es pura acción y no hay intercambio verbal, lo que puede interpretarse como un modo de «nunca reconocer lo que se hace».
LO PRIMITIVO Y LO CIVILIZADO
Se trata de la vieja dicotomía entre lo primitivo y lo civilizado, apuntan las estudiantes, pues las películas y el entorno del cine porno hacen aflorar todo lo que se oculta a nivel público por ser asociado a la «animalidad», desde una mirada del sexo «como algo sucio» pautada culturalmente que asocia la sexualidad al romanticismo, el amor, etc.
Estos establecimientos «brindan un marco normativo más laxo, en donde quienes concurren (según el estudio, los varones) son protagonistas de la construcción de las normas», pues ni la Intendencia Municipal de Montevideo (IMM) ni los boleteros «se meten en el interior» y sólo quienes concurren asiduamente manejan el marco normativo «interno».
Allí «se generan estrategias de comunicación diferente: las miradas, tocar una pierna» son algunos de los medios para lograr establecer un vínculo con el otro, en una «búsqueda de descomprimir responsabilidades», hipótesis que es posible trazar a partir de los perfiles que los boleteros describen de consumidores, en una especie de «sociología espontánea».
Las referencias pasan por sobrenombres alusivos como «el blando», » el flojito», «el bisexual», «el raro». Los boleteros están convencidos de que fuera de los recintos, son hombres heterosexuales «con su mujer, su hijo, su perro y su auto», que «se escapan» de la oficina.
PARADOJAS
Los horarios de funcionamiento de los cines porno son esclarecedores respecto del tipo de espectadores: van de las 7 de la mañana a las 19 horas, lo que muestra que el consumo no es en la madrugada sino más bien en pleno día. A ello se suma el dato de que los asistentes tienen cuponera y pueden ingresar y salir cuando quieran, lo que lleva a los boleteros a suponer que se trata de una actividad «tapada», «misteriosa».
Los discursos en cuanto a la normativa están » encontrados»: el representante de la IMM entrevistado no coincide con el de los boleteros. Mientras el primero remarca la importancia de la infraestructura, los segundos reclaman una «reglamentación de lo cotidiano». Pero justamente es lo «ambivalente en la legalidad, lo que hace atractivos a los cines porno».
Además, si bien las regulaciones legales expresan que no se puede mantener relaciones sexuales en espacios públicos, y los cines porno no deberían permitirlo, lo paradójico de estos sitios es que policías y bomberos entran gratis (uniformados) y, por el comentario de los boleteros, es precisamente allí a donde van buscarlos «si falta alguno que debería andar en la calle«.
Según las investigadoras, «parece haber una intencionalidad de no regular» estos espacios, que estarían «cumpliendo una función importante» de descompresión de las prohibiciones morales y sociales respecto de qué tipo de prácticas sexuales son adecuadas, «civilizadas» y cuales no.
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