en tiempos de candidaturas

lgunos hechos en lo que va de este 2008, me han dado vergüenza ajena. La sentí el 26 de marzo, cuando a fuerza de celebraciones del Frente Amplio, hoy partido de gobierno, no se invitó de primera a ninguna mujer a ser parte de quienes tomaran la palabra. Un estrado sin mujeres no va en el ritmo de ejercer la igualdad de oportunidades, ni tampoco por dentro de lo deseable de un partido político que se autodefine como progresista, humanista, respetuoso de los derechos humanos.

Luego -y, por simplificar, obviamente- la volví a sentir, cuando el intendente Ricardo Ehrlich le entregó las llaves de Montevideo a Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. Y aclaro: vergüenza, decepción y mucha bronca. Este triste personaje de la violencia sexista no fue recibido en Paraguay, por la presión ejercida por grupos de mujeres y colectivos que trabajan en la defensa de los derechos humanos y la señora Selva Estrada, ministra hondureña, presentó renuncia a su cargo, rechazando su presencia en ese país centroamericano.

Por lo tanto, lo que pasó en nuestro país no fue, es ni será un suceso intrascendente; es sí algo inaudito para un gobierno de izquierda y debiera llenar de críticas el despacho del jefe comunal. La dignidad de las mujeres y de la identidad de género femenina se soslayó y es éste un stop que debiera darse en la interna de un sector político con apoyo mayoritario dentro del Frente Amplio. Un momento desde el cual dar respuesta a algunas interrogantes: ¿las preocupaciones del doctor Ricardo Ehrlich, sobre toda cuestión social, incluyen o no la desigualdad de género? ¿incluye o no, esta temática relacionada con los DDHH?; ¿incluyen o no su involucramiento con una discriminación que, por basarse en una mentira -como todas las discriminaciones- está totalmente atada a un injusto sistema político, social, económico y cultural?

 

DOÑA MARIA ESPERA RESPUESTAS

La fatal cáscara de banana que pisan muchos integrantes y dirigentes del Frente Amplio se debe -supongo- a que no han analizado con la suficiente profundidad una discriminación que alcanza a todas las mujeres del país pero, particularmente, a aquéllas de menores recursos económicos: por tener menor acceso a la educación, por ser las más explotadas en sus trabajos, porque las cifras de mayor desempleo les pertenecen, por ser jefas de hogar y únicas responsables de sus hijas e hijos, por no ser atendidas adecuadamente en sus derechos sexuales ni en sus derechos reproductivos, por ser las que abortan con un perejil aconsejadas por la «madama» del barrio, por ser víctimas de la violencia doméstica y a la vez de la violencia social; es decir, por ése ninguneo cotidiano desde el que el Estado y la sociedad complaciente contribuyen de manera significativa a la baja o nula autoestima de las que siguen teniendo hambre. Hambre de muchas cosas.

Doña María está ahí y hay que atreverse a mirarla a los ojos. Doña María no es una sola mujer, hay cientos de miles. Creo que el doctor Ehrlich las hizo a un lado, igual que al reclamo de muchas legisladoras que, como gesto solidario entre pares, no estuvieron presentes en ninguno de los actos que participó el señor Daniel Ortega.

 

VERGÜENZA AJENA

En épocas en que las crisis financieras atrapan a lectoras y lectores desde primera plana de los diarios, semanarios y quincenarios del mundo entero – cuestiones de las que por supuesto Uruguay no es ajeno- ha pasado momentáneamente el interés y la efervescencia que despierta la fórmula presidencial que presentará el Frente Amplio a las elecciones internas y luego a las nacionales del año que viene.

Por lo que se ha visto y oído, otra vez la vergüenza ajena, la decepción y la bronca. Y otra vez a preguntarnos: ¿es que se sigue pensando desde ese concepto conservador y retrógrado que las mujeres que actúan en política partidaria, las que al día de hoy son diputadas, senadoras o ministras, no tienen capacidad de liderazgo por ser mujeres?¿No pueden ellas o una de ellas ser presidenta o vicepresidenta de este país?¿No hay ninguna a la que sus pares varones la consideren desde su capacidad, sus ganas, el perfil, los conocimientos adecuados como para ser postulada, para integrar una fórmula presidencial?¿No hay quien se desprenda del clasicismo, de una sola forma de hacer política? ¡Y así, en vez de ir de frente, vamos de frenta, porque la vida puede ser «diferenta»!!!

Es difícil hacer la vista a un lado en estas cosas. Más que nada por creer que es una pésima estrategia de los varones empoderados del partido de gobierno darse el lujo de prescindir de ellas. A saber, y sólo por citar algunos ejemplos: la diputada Nora Castro; las senadoras Margarita Percovich y Lucía Topolansky; la politóloga Constanza Moreira. Si bien los caminos pueden ser múltiples, hay que seguir avanzando; detenerse es retroceder. A mi entender, hay que «dar manija» para profundizar los cambios como dice la consigna del Espacio 609. Pero no se ha de lograr, sin poner verdades sobre la mesa, estrechar los vínculos con la gente y comprender que sin mujeres no hay derechos humanos.

(*) Activista en derechos humanos.

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