el día que llegó Lucas

n setiembre de 2001, la pareja que generosamente brindó su testimonio a La República de las Mujeres y cuya identidad se convino en preservar, se presentó en el Departamento de Legitimación Adoptiva del Instituto Nacional de Infancia y Adolescencia (INAU), donde les pidieron algunos datos para comenzar un proceso que duraría más de 4 años.

La mamá adoptiva de Lucas, que llegó a su vida con 9 meses de edad, asegura que fue una «espera larga y dura; yo ya tenía 38 años y habíamos perdido las ilusiones».

Pensaron en la adopción porque «tenía un problema: puedo quedar embarazada pero en general pierdo mis embarazos», y tras algunas de esas experiencias, en particular la vez » que ya estaba de 3 meses de embarazo», definieron que «no tiene sentido perder vidas, porque queremos tener vida para dar vida».

Estaban abiertos a que el niño o niña fuera «de 0 a 2 años, no nos importaba el color de piel, ni como fuera», lo cual aumentaba las posibilidades.

«Nosotros preguntamos alguna vez por qué demoraba tanto en aparecer un niño o niña; nos decían que el problema era la cantidad de adopciones que se movían por fuera del marco institucional», cuenta la mamá de Lucas, que actualmente tiene 39 años.

«Nosotros queríamos hacerlo por la vía legal, no queríamos la inseguridad permanente», apunta el papá adoptivo de 40 años, para quien otras vías no son sanas, pues «¿Qué le decís cuando pase el tiempo? ¿Que lo compraste? ¿Y cómo recompones esa cuestión afectivamente? Ellos tienen derecho a tener una identidad conocida. Y por otro lado, si no lo dijeras ellos lo intuyen».

«Ese día como a las 11 de la mañana sonó el teléfono, era del INAU, y me dijeron que teníamos que ir a una entrevista. Yo pensaba que era una entrevista más con la psicóloga o la asistente social. Era lunes y yo fui con el portafolio y la túnica, porque después me iba a dar clases a la escuela. Ese día nos contaron la historia de Lucas, aceptamos ser sus padres y allí mismo nos dijeron: bueno, pueden ir a buscarlo. Quedamos paralizados, no esperábamos que fuera allí», cuenta la mamá de Lucas. Recuerda que le pidió a su marido ir en ómnibus y no en taxi, para poder » procesarlo», pues si bien «habíamos preparado el cuarto, conocer a tu hijo de un día para el otro es muy fuerte».

El nuevo papá se sentó a jugar con Lucas en el Hogar donde hasta ese momento había vivido, mientras el niño lo observaba «con los ojitos bien abiertos, durito». Más tarde lo llevaron a su casa y recibieron visitas de la familia y los amigos, que venían a felicitarlos. Entonces, Lucas sonrió, «quizá porque estaba acostumbrado a estar rodeado de mucha gente», reflexiona la madre. Esa noche, al acostarse, ella y su esposo se preguntaron: «¿seremos capaces?».

Lucas es un niño independiente, sonriente, saludable. Mientras sus padres hablan él dibuja, muestra fotos, señala reconociendo su entorno en cada imagen. Aunque, según cuenta su madre, al principio se «pegaba» mucho a ella, «el vínculo con el padre es muy importante; el problema es que a veces las madres somos un poco egoístas» con respecto a los papás.

Los progenitores de Lucas quieren que el niño conozca de donde viene, quienes son sus padres biológicos, porque no pudieron estar con él, porque consideran «que son parte de su historia», de la identidad que lo construirá como persona. De eso le hablan, aunque aún no saben «cuanto asimila» de lo que le cuentan.

«Nosotros le dejamos el nombre que él tenía, además le vamos a guardar su cédula actual», aunque cuando termine el trámite de legitimación, Lucas llevará los apellidos de sus padres adoptivos.

En los planes está «integrarlo a la escuela pública, porque queremos que enfrente su vida, que sea independiente y no sobreprotegido». En definitiva, asegura su madre, «tendrá traumas, miedos y trabas como todos los niños y niñas, como todos y todas las personas de este mundo».

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