mujeres que abortan
ntre votos, vetos y artilugios político-legislativos están las mujeres que, no pudiendo siempre evitar quedar embarazadas sin desearlo, se ven compelidas a abortar.
De lo que les pasa a ellas se habla poco y menos aún bien. Los más tenaces opositores a la despenalización del aborto flamean las apocalípticas consecuencias de lo que llaman síndrome traumático pos aborto, una construcción científica cargada de ideología que no integra los anales más serios de trastornos mentales. Pero poco se ha investigado en campo sobre las subjetividades implicadas.
Con conciencia de ello, desde la Cátedra Libre de Derechos Sexuales y Reproductivos de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República, se emprendió un estudio que recientemente fue publicado en forma de libro por la editorial Trilce, bajo el título «Entre el alivio y el dolor. Mujeres, aborto voluntario y subjetividad».
Redactado por las psicólogas Elina Carril Berro y Alejandra López Gómez, coordinadora de la cátedra referida, está basado en los hallazgos del estudio «Aspectos psicológicos del aborto voluntario en contextos de ilegalidad y penalización en Uruguay». En él hablan mujeres que fueron protagonistas directas de un embarazo no deseado y tuvieron que salir a buscar, en la realidad de la ilegalidad y el circuito clandestino, una solución a su problema.
Entre octubre de 2005 y noviembre de 2006, fueron entrevistadas 25, cuyas edades van de 19 a 67 años. Tienen diversos niveles educativos y socioeconómicos. Con o sin pareja, con o sin hijos, todas se practicaron uno o más abortos durante los últimos 15 años.
A partir de sus testimonios, las autoras pueden deconstruir el falaz síndrome traumático post aborto, para demostrar que si bien la experiencia no fue atravesada ligeramente -como no lo es ninguna otra que sea críticamente vital- ninguna de las mujeres quedó mentalmente trastornada y mucho menos devino oligofrénica o sociópata. Algunas sufrieron más, otras menos. Ninguna olvidó lo vivido, y de ello lo que más recuerdan es el miedo y el deseo imperioso de terminar el proceso cuanto antes. Recuerdos que no se borran, aunque la decisión no haya sido dilemática, son los vinculados a la ansiosa búsqueda de un lugar más o menos seguro para que se les practicara la intervención y al tortuoso camino para llegar a él, confiando en un celular, en extraños, en un traslado compartimentado. Tampoco olvidan algún gesto de solidaridad o de indiferencia que registraron en las clínicas clandestinas.
Se trata de mujeres que desafiaron doblemente el mandato social: no desear ser madres y pasar por encima de la ley penal, quedando vulnerables tanto a la sanción moral como a la jurídica. No obstante, no todas sintieron culpa; tan seguras estaban de que era el único camino que podían transitar dadas las circunstancias en que se produjeron los hechos.
La sensación de alivio cuando todo terminó es común a todas, lo que da cuenta de la tensión vivida mientras tanto.
En la presentación del libro, Elina Carril recordó que la violencia simbólica que acompaña al proceso de interrumpir voluntariamente el embarazo, en países como el nuestro, donde está penalizado, comienza antes de la intervención. Desde que la o el ginecólogo felicita automáticamente a la mujer cuando verifica que tiene una gestación en curso, dando por sentado que se trata de una buena noticia -donde el aborto está legalizado, lo primero que se le pregunta es qué es lo que desea hacer- hasta que al practicársele una ecografía se la obliga literalmente a mirar la pantalla.
Carril llama a no confundir dilemas éticos ante una decisión de semejante envergadura, con algunos de los efectos directamente vinculados a la clandestinidad de la práctica. Estos últimos son los que afectan realmente a las mujeres, más allá de que resulten físicamente bien libradas.
Como lo enfatizaron el ginecobstetra Washinton Lauría y el psiquiatra Daniel Hill, quienes participaron en la presentación del libro, el análisis y las conclusiones del mismo constituyen una herramienta útil para la comprensión y la divulgación de un tema de gran complejidad, al tiempo que un aporte para el diseño de políticas públicas en salud reproductiva.
Porque, «cuando se trata de la condición humana, éstas no pueden soslayar las dimensiones subjetivas implicadas en la sexualidad y la reproducción. Esas que recuerdan que los seres humanos no somos perfectos ni estamos inmunizados contra los olvidos, los descuidos y los errores», como expresara la coautora Alejandra Gómez.
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