Mercedes Rowinsky conquistó Canadá
Por qué se fue de Uruguay?
–Salimos del país el 23 de enero de 1976. Eramos maestros con dos pequeños varoncitos y el temor por la seguridad de ellos fue lo que nos llevó a hacerlo. A las dos semanas, los militares rodearon la casa donde vivíamos y el dueño, que vivía al fondo, tuvo que firmar una declaración de que nos habíamos ido.
–Hábleme de los primeros tiempos de inserción en Canadá.
–Los primeros meses fueron brutales. Salimos del país por primera vez y llegamos a Toronto en medio de uno de los inviernos más fríos. Recuerdo que la temperatura llegó a 40 grados bajo cero en algunos días. Fue un golpe cultural, emocional y de identidad, desgarrador. A pesar de tener familia allí, nos sentíamos completamente extraños. La tristeza de estos tiempos es difícil de explicar porque, si bien estábamos seguros, quedaba en el interior ese dolor inexplicable de la ausencia de lo nuestro. Nuestra gente, nuestras cosas, nuestra patria, nuestra lengua, todo eso que forma parte de quién es uno.
–¿Cómo reformuló su proyecto de vida?
–El proyecto de vida quedó allí flotando, porque en realidad la idea era que regresábamos en dos años y de ahí surgía la esperanza y la única forma de poder sobrevivir. Entonces planeábamos cuánto dinero necesitaríamos para volver después de que cayera la dictadura, sumas y restas en servilletas de restaurantes. Las ausencias dolían mucho, demasiado. Todo es ausencia en el exilio y los vacíos son imposibles de compensar. Las presencias nuevas no cumplen su cometido al comienzo.
TRES DECADAS DE LUCHA
–Sin duda, un largo camino de crecimiento desde esos tiempos a la distinción que ha recibido…
–Absolutamente. Cuando miro hacia atrás, me parece imposible haberlo transitado. Treinta y dos años de lucha, de buscar mi lugar, mi espacio. Muchos sacrificios, pero también muchas oportunidades. Nada se logra fácilmente en el exterior. Este premio, al ser a nivel nacional en Canadá, es un galardón muy preciado. Lo extraordinario del mismo es que la nominación surge de colegas y de estudiantes, y al jurado lo componen académicos de todo el país.
–En cuanto al rol docente -que es parte sustancial de este reconocimiento- ¿cuál ha sido su mayor satisfacción?
–Aparte de mi relación con los estudiantes, que de por sí la considero uno de los mejores aspectos de mi carrera, creo que mi curso de cine latinoamericano y español es el favorito y el que me ha dado más satisfacciones. En ese curso de doce semanas, los estudiantes están expuestos a doce películas -una por semana- cuidadosamente seleccionadas. Hemos visto «Pixote» de Héctor Babenco; «La historia oficial» de Luis Puenzo; «El laberinto del fauno» de Guillermo del Toro; «Memorias del subdesarrollo» de Tomás Gutiérrez Alea, y «El espíritu de la colmena» de Víctor Erice, entre otras. Como puede ver, los temas son variados y complejos, los estudiantes hacen un análisis semanal de algún aspecto de la película y luego trabajan con un colega en la clase para mejorar el trabajo. Además, tenemos horas de discusión donde los temas presentados son analizados y debatidos en conjunto. El curso es muy intenso y el trabajo representa mucho más del que hacen para otros cursos del mismo valor, pero los estudiantes no se quejan. Trabajan, se compenetran con los temas y comienzan a descubrir sensibilidades, problemáticas y situaciones a las que no habían sido expuestos con anterioridad. Solamente se ofrece una vez cada dos años y los chicos esperan con ansiedad poder asistir.
Cada año el grupo se convierte en lo que ellos llaman «La familia SP335″. Es muy significativo que le den al grupo el nombre de «familia». Creo que es una de las pocas veces donde encuentran este sentido de comunidad y seguridad. Los temas discutidos son profundos y muchas veces aluden a su propia experiencia de vida que no han compartido públicamente.
–Y usted, integrada y «extranjera», ¿encuentra rutas interiores que entrelazan con esta experiencia?
–Claro que sí. En este ejercicio, el de compartir miradas del mundo, no interactúo sólo como coordinadora: formo parte de esta «familia», –con la diversidad que asiste a las familias en general–. Ellos construyendo identidades y yo, aún hoy, mirando la mía, aprendiéndonos también, desde la perspectiva educacional que logra la maravilla de integración de culturas, echando mano de códigos y de un lenguaje no sólo técnico sino vivencial común, que hace que este tiempo del curso sea único y motivo de que me llegue tanto.
EL REFUGIO DE LA ESCRITURA
–«El pulso del mundo» (*) fue lo último de su amplia producción intelectual que hemos visto en castellano en Uruguay. ¿Cómo ha sido esta otra veta de creatividad?
–La investigación ha sido otra de mis recompensas personales. El hecho de especializarme en la obra de Cristina Peri Rossi, una de las mejores escritoras del siglo XX y XXI ha sido para mí no sólo un honor sino también un gran hallazgo. «El pulso del mundo» fue el resultado de cuatro años de investigación, muchos viajes a España compilando el material que de otra manera no hubiera sido conocido. Que haya sido tan bien recibido en Uruguay fue estupendo. Salió una segunda edición en México, lo que demuestra también, por supuesto, la alta calidad del trabajo de Cristina Peri Rossi.
–La palabra escrita a menudo es un oficio nómada. ¿Por qué escribe?
–La escritura es mi refugio. Cristina la llama «mi casa». Creo que al vivir lejos, la escritura es una forma de recuperar la lengua que se nos quita, se nos olvidan las palabras al no decirlas. Es una experiencia muy reconfortante el saber que a pesar de que no se puede hablar en castellano la mayor parte del tiempo, siempre queda este otro espacio: la escritura. En él me siento yo misma. Mis hijos, ya hombres, siempre me dicen que yo soy más «mamá» cuando hablo en castellano, lo que en realidad me resulta emocionante. Lo que quieren decir es que soy más yo en mi lengua y es muy cierto.
(*) «El pulso del mundo. Artículos periodísticos, 1978-2002″. Ed. Trilce, Montevideo, 2003.
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