Mujer y reclusa doble discriminación
La mayoría de las mujeres que ha delinquido tiene una historia de injusticia de género detrás: violencia intrafamiliar, violaciones sistemáticas por parte de familiares directos, abandono de sus parejas que las convierte en principales responsables de la manutención de la familia.
En el contexto de feminización de la pobreza y con el agravante de la irresponsabilidad paterna (cuando no viven con sus hijos, el 60% de los progenitores no cumple con sus obligaciones alimentarias para con ellos), sin estudios, sin oportunidades de trabajo, solas con niñas y niños a cargo, muchas terminan por sucumbir a terreno tan fértil para acabar viviendo entre rejas.
La sociedad no perdona fácilmente a una mujer que delinque. Tratándose de hombres, el paso por la prisión puede contribuir a aumentar su prestigio de hombre recio; para la mujer significa ser colocada en un mayor grado de maldad, contrario a la imagen del bien, de la docilidad y de la sumisión, características atribuidas al sexo femenino a lo largo de la historia. La reclusa desafía el estereotipo de esposa y madre abnegada.
Sólo excepcionalmente las mujeres dejan de atender a sus compañeros presos. Pero, en general, si las reclusas son ellas viven su condena en soledad: el porcentaje de las que son visitadas por sus compañeros y/o familia (incluidas hijas e hijos) es bajísimo. La angustia por el desarraigo del hogar se incrementa con la culpa de haber «fallado» como madre.
A muchas madres se les permite vivir con sus hijas e hijos pequeños en prisión. Por un lado, esto les da tranquilidad: sienten que no los abandonan, que pueden seguir protegiéndolos. Pero por otro lado, si el sistema no cuenta con espacios donde niñas y niños puedan socializar con otras personas, por mucho amor maternal que reciban finalmente terminan presos con sus madres.
ESTIGMA, CULPA Y SOLEDAD
Muchas mujeres privadas de libertad son coautoras del delito cometido y sus compañeros también están recluidos. Aún así, mantienen una preocupación constante por ellos y a menudo la poca ayuda que reciben de sus familiares termina en la cárcel de varones. Pensar en los demás antes que en sí misma, y particularmente en esposo, hijas e hijos, es un rol cultivado desde la más tierna infancia.
Mientras profesionales de la medicina se esfuerzan por involucrar a la población en la prevención de la salud, en las cárceles de mujeres Papanicolau y mamografía pueden ser palabras desconocidas. La salud mental es otro problema serio, sobre todo si se considera el ocio obligado por falta de oferta de actividades. Muchas de las reclusas necesitan de apoyatura sicológica y no sólo de fármacos recetados esporádicamente. Sus vivencias en libertad y aquello que las llevó a delinquir son temas para analizar con especialistas, que las orienten en el conocimiento de sí mismas y de sus posibilidades para buscar nuevas oportunidades.
En Cabildo y en algunos departamentos del interior del país se cuenta con lugares para visitas conyugales, pero muchas veces el problema es la falta de un espacio físico dentro del centro de reclusión. Sin embargo, no existe ni una sola cárcel de hombres que no lo tenga. Esto revela la concepción de la sexualidad como una necesidad masculina, mientras que para la mujer sólo se vincula a su identidad de madre.
En general, cuando hay una oferta de capacitación para las reclusas está vinculada a los roles tradicionales de género: corte y confección, peluquería, bordado, etc. Está bien si ellas lo eligen, pero hacen falta alternativas: oficios y actividades que resulten más rentables y puedan generar en libertad mayores oportunidades de trabajo.
La educación formal debería ser un elemento que detenga la degradación que sufren las personas que ingresan al sistema carcelario, ayudándolas a su superación. Muchas de las reclusas no han tenido acceso a la educación formal, no sólo por razones de supervivencia: también por haber sido madres a temprana edad, por haberse visto obligadas a trabajar desde muy jóvenes.
URGENCIA HUMANITARIA
Haciendo mías las recomendaciones de expertas internacionales, considero que es hora de romper con la invisibilidad del tema. Una forma es fomentar, iniciar y profundizar investigaciones con enfoque de género sobre la forma de ejecución de las penas de las mujeres privadas de libertad. Especialmente hay que estudiar los homicidios «liberadores», que son los que se producen cuando la mujer sufrió violencia familiar sistemática, hizo denuncias que no generaron efectos de protección y finalmente resolvió cambiar un infierno por otro. También hay que investigar la vinculación creciente de las mujeres en los delitos relacionados con droga, particularmente pasta base, casos en los que se está penalizando al sector de población que experimenta más profundamente la pobreza y el desempleo.
Emulando las experiencias de la cárcel de Cabildo, en los centros de reclusión del interior del país habría que comenzar por la arquitectura de los locales, mejorar los servicios médicos gestionando ante el Ministerio de Salud Pública que el acceso a un especialista no demore para las reclusas el doble que para cualquier otro ciudadano.
Crear condiciones para la visita íntima, respetando la dignidad de la mujer y la familia y la privacidad del encuentro, así como trabajar conjuntamente con el Ministerio de Educación y Cultura para hacer llegar la educación formal a los centros de reclusión del interior del país, son otras de las necesidades básicas.
Sabemos de la urgencia humanitaria de nuestras cárceles, y aunque doscientas mujeres recluidas en el interior del país parezcan pocas, están allí cada día. Devolverles la confianza en sí mismas y dotarlas de herramientas para su reahabilitación son parte de esa urgencia humanitaria.
(*) Diputada actuante de Canelones, Partido Socialista, Frente Amplio.
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