Autorretrato de Nahir
Salí alta, como mi padre, y me desarrollé más rápido que las otras chiquilinas. En sexto de escuela tenía un cuerpo bárbaro para mi edad. A los 13 años empecé a usar ropa ajustada y me pintaba los labios para salir a la vereda y hacer mandados. Los tipos me decían cosas y a mí me gustaba, no te voy a mentir, porque me atraían los hombres grandes, mayores.
Ya más grandecita quedé como fascinada con un soldado rubio que alquiló una casita al lado de la nuestra. Se llamaba Laureano, era soltero y tenía 32 años. Se dio cuenta de que lo miraba y empezó a ir a casa con cualquier pretexto cuando estaba sola. Estaba sola casi todo el día porque hacía años que mi padre nos había abandonado y mi madre salía temprano a hacer limpiezas y volvía de tardecita, así que al Laureano se le hizo el campo orégano y una tarde, cuando me faltaba un mes para cumplir 14, nos acostamos. Ojo que no me obligó. Yo quise. Después de eso empezó a ir seguido a casa cuando no estaba mi madre pero en el barrio empezaron a murmurar, él se asustó porque yo era menor y se mudó. Si sería bobalicona que todas las noches lloraba porque se había ido.
Yo tenía 15 cuando mi madre dejó las limpiezas porque consiguió dos empleos. Uno en una tienda, con sueldo y comisión, y otro de boletera nocturna en un cine viernes, sábados y domingos. Las noches que mi madre tenía cine yo salía por ahí y volvía tarde a casa, a veces después que ella había llegado. Ella se ponía furiosa pero yo seguía en la misma. Así pasó más de un año de puras peleas con mi madre.
En esa época me sobraban novios, todos bien mayores que yo, como Laureano. Con ellos aprendí a hacer pila de cosas en la cama. Uno me dejó embarazada cuando yo tenía 16 y tres meses. Se borró y mi madre pagó el aborto y empezó a hacer trámites para meterme en un internado de monjas. Entonces me fugué. Una mañana que me mandó a comprar pan fui hasta la ruta y paré al primer camión que pasó. El camionero me dijo que iba a Fray Bentos y subí. Tenía linda pinta el camionero. Yo me creía muy viva porque ya había andado con pila de tipos y todo eso, pero todavía era una grandulota medio zonza para muchas cosas y él a pura charla me sacó la edad, que me había fugado, que me gustaban los hombres mayores, todo. Al rato me metió la mano por debajo de la pollera y empezó a tocarme suave entre las piernas. Yo me quedé quieta y de repente él paró, se desabrochó la bragueta y sacó el pene. ‘Dale’, me dijo. Mientras le hacía sexo oral él me manoseaba los senos y gemía. Cuando terminó le dije que tenía hambre, él dijo que también y fuimos a un parador a comer milanesas a caballo con papas fritas y Martín Fierro de postre.
Cuando llegábamos a Fray Bentos le comenté que estaba sin un mango y paró en un boliche que tenía un ancla roja dibujada en la puerta. ‘Aquí tengo una amiga que te puede ayudar’, me dijo. La amiga era la dueña del boliche. Le decían Mónica. ‘Esta chiquilina anda buscando trabajo’, le dijo y ella miró mis senos. Yo tenía los senos grandes, firmes, duros y bien parados, no como ahora que parecen tortas fritas. Mónica me ofreció casa, comida y unos pesos para que sirviera las mesas, y plata aparte si me ocupaba con los clientes. Agarré. Comía en el boliche, con una muchacha, Estela, que también trabajaba allí haciendo lo mismo que yo, y las dos vivíamos en una pensión que Mónica tenía a media cuadra. Yo sacaba buenas propinas y me llevaba clientes a la pensión. Los tipos le pagaban a Mónica y ella después me daba una parte. Conseguí clientes fijos. Uno era el camionero. Con lo que ganaba por hacer de moza, las propinas y los encames hasta podía ahorrar.
Cuando llevaba tres años y pico en Fray Bentos, Mónica le vendió todo a un policía que trajo entrerrianas a trabajar en el boliche y Estela y yo nos quedamos sin laburo. Agarramos caminos diferentes. Estela se fue a San José y yo a Colonia. En Colonia corría mucho la droga, no quise meterme en ese ambiente y me fui a Rivera. En Rivera conocí a una contrabandista brasileña que me llevó a un boliche de la frontera pero a los cuatro meses tuve problemas con la Policía y agarré para Tacuarembó. Llegué de tardecita, pagué dos días adelantados en una pensión, salí a comer y cuando volvía tres tipos me robaron la cartera con toda la plata. Al otro día se me vencía la pensión y no tenía ni un centésimo así que esa misma noche por primera vez en mi vida levanté a un tipo en la calle. El tipo tenía auto y me llevó a un hotelito que era de un primo suyo. Cuando ya habíamos terminado me comentó que al otro día temprano salía para Montevideo y yo le pregunté si me llevaba. Hasta hoy no sé por qué se me ocurrió eso. La verdad es que jamás me había pasado por la cabeza venir venir a Montevideo. Te juro que casi me arrepiento cuando dijo que sí. Pero me animé y vine.
Todavía no había cumplido 22 cuando llegué a Montevideo. Aquí laburé en boliches del puerto, muchas veces en prostíbulos y también hice la calle durante años. Siempre en la misma. Los veranos me iba a Punta del Este a levantar tipos en el casino. Lo que nunca hice fue meterme en la droga. Odio a la gente que vende drogas.
Anduve por Argentina y Chile, en el mismo trillo. En Argentina estuve tres años trabajando con un tipo que tenía boliche de copas en Quilmes. Yo era la Mónica del boliche. Regenteaba a las muchachas y todo eso. Una tarde andaba paseando por Florida y qué te cuento que me encontré con la Estela. Nos abrazamos y lloramos a moco tendido. Fuimos a una confitería y hablamos como mil horas. Me dijo que andaba más o menos y le ofrecí laburo en el boliche pero me dijo que no, que ya había dejado eso. Tenía marido y dos varones y trabajaba en una fábrica. El marido era un uruguayo que había conocido allá, se llamaba Ernesto y hacía fletes en una camionetita de segunda mano que estaban pagando en cuotas. Un domingo fui a almorzar en su casa y lo que vi me tocó. La casita era modesta pero lindísima y se veía que vivían con lo justo pero felices a su manera, con la tranquilidad que yo nunca había tenido. Te juro que se me llenaron los ojos de lágrimas. La Estela se dio cuenta y me dio un beso y dijo bajito: ‘Probá. Todavía tenés tiempo’. Ernesto escuchó lo de ‘tenés tiempo’, creyó que quería irme y me dijo: ‘No se preocupe, Nahir. Quédese un rato más que yo la acerco en la camioneta. Coma otro platito de ravioles’. Las dos largamos la risa y él nos miró como si estuviéramos locas.
Cuando volví de Argentina empecé a escribirle a la Estela. Ella que había ido al liceo me contestaba con unas cartas tan preciosas que todavía las tengo. Carta va, carta viene, pasaron como cuatro años. Un día me mandó a decir que se venían porque extrañaban horrible. Se vinieron y alquilaron una casita con un fondo grande que tiene limoneros enormes. Les gusta tanto que de allí no los mueve nadie. Ernesto consiguió laburo en una barraca y la Estela se largó a hacer limpiezas pero dejó porque se enfermó de la columna. Yo los visitaba seguido y a veces me quedaba a dormir. Un domingo llego como a las 10 de la mañana y me sale a recibir Martín, el hijo mayor de la Estela, sucio de cal hasta el pelo. ‘Vení, vení’, me dijo y me llevó hasta la esquina. Ahí estaban la Estela, el Ernesto y cuatro o cinco mujeres del barrio blanqueando una casita de bloques que tenía una sola pieza y techo de chapas. ‘Es un merendero’, me explicó la Estela y cuando quise acordar yo también estaba con una brocha en la mano, pinta que te pinta,
con ropa vieja que me prestaron, cal hasta los ojos y los championes a la miseria. La loca de la Estela había dado bruta manija para que hicieran el merendero y estaba que reventaba de orgullo. ‘Lo hicimos en diez días’, me dijo. Fui a la inauguración y se me partió el alma cuando vi a la gurisada haciendo cola para entrar. Después empecé a ir de vez en cuando a ayudar porque la Estela me daba filo y enseguida hice amistad con las mujeres que mantenían el merendero a puro pulmón. Yo las veía a ellas y a la Estela laburar como bestias para conseguir leche, pan, bizcochos, azúcar, cocoa y esas cosas y cuando volvía a la pensión y a los boliches me sentía inútil, vacía, remal.
Pero la cabra al monte tira y seguí en la misma. Boliches, copas, amuebladas, todo eso, como siempre. Hasta empecé a ir menos al merendero. Un día voy y encuentro a un albañil, el Pepe, que recién se había mudado al barrio y vivía cerquita de lo de Estela. Estaba descargando material porque iba a hacer un horno de barro. Me miró como para comerme y yo me hice la gila porque levantar a un tipo ahí era una cagada, ¿no? Justo cayó el Ernesto, que lo iba a ayudar, nos presentó, empezó a llover y nos pusimos a tomar mate. Se dio todo para que el Pepe y yo nos conociéramos, ¿viste? Bueno, nos vimos varias veces, hicimos amistad y empezamos a salir. A salir bien, entendéme, sin plata de por medio, porque nos gustábamos, nos sentíamos felices cuando estábamos juntos, nos respetábamos.
Durante todo ese tiempo, que fueron como ocho meses, él jamás me dijo nada sobre lo que yo hacía. Pero yo quería definir la situación, ¿viste? Era cosa de ganar o de perder y me jugué. Una tarde le conté todo sobre mí y él se quedó un rato callado, me miró muy serio y me dijo: ‘¿Sabés una cosa? Lo único que me importa es saber cuándo te vas a venir a vivir conmigo’. Sentí un montón de cosas que no sé cómo explicártelas. Como que se abría otro camino en mi vida, ¿no? ‘Esta noche’, le dije de una y dicho y hecho. Esa misma noche me vine a vivir con él. Ahora fijate lo que pasó. Primero, el Pepe se viene solito a este barrio donde también está la Estela y consigue una casita a pocas cuadras de la de ella. Después, él y yo nos conocemos en el merendero que se hizo gracias a la Estela. Y al final, yo me vengo a vivir con él y entonces la Estela y yo, que durante mucho tiempo ni nos vimos, ahora estamos bien cerca una de la otra. Como que la vida nos volvió a juntar. La vida tiene estas cosas, ¿no?
Con el Pepe tuve a la Samanta, que ya está por cumplir 13. Es igual al padre, nada más que mujer. Hace un tiempo fui a Salto a buscar a mi madre pero ya había muerto de un tumor en el cerebro. De mi padre nunca supe más nada. La Estela se operó de la columna y está como rifle. Las dos trabajamos y el Pepe y el Ernesto también. Agrandamos el merendero y los sábados y domingos damos comida de olla a un montón de gente. Si la Mónica nos viera a la Estela y a mí atendiendo las mesas del merendero no lo podría creer.
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