AMOR CON HUMOR

Vecinos guau

Querida Reina de Corazones:

Le cuento que en mi barrio un vecino impuso la moda de sacar a pasear al perro como una terapia posjubilatoria que, según él, le mueve la cola al colesterol bueno y corre a los ladridos al colesterol malo. Ahora hay ocho señores que pasean sus mascotas. Eso sucede entre las 8 y las 11 de la mañana y entre las 7 y 9 de la noche. Como en esos horarios nunca estoy por razones de trabajo, la semana pasada di parte de enferma y salí a pasear mi pomerania sólo para comprobar los hechos. Fue genial. En dos manzanas a la redonda me crucé con los ocho y los ocho me saludaron casi le diría más que cordialmente; los ocho lograron que sus respectivos perros me movieran la cola y los ocho me preguntaron que comía Romi, mi pomerania. Además los ocho se dieron vuelta para mirarme cuando nos despedimos; por supuesto que me di cuenta porque yo hice como que Romi se quedaba atrás mío y me di vuelta para llamarla. Uno de ellos paseaba con una pomerania muy parecida a la mía. Llegué a mi casa en un estado de suprema alegría, tanto que ese día no almorcé. A la tarde volví a ver qué pasaba con la sesión vespertina, y volví encontrame con los ocho señores. A la semana otra vez di parte de enferma. Antes de llegar a la esquina de mi casa, uno de los señores, el de la pomerania, me invitó a dar una vuelta con nuestras respectivas mascotas. A pesar de todo el cariño con que me hablaba de Mima, yo tuve un arrebato de duda y no acepté. Y ahora viene mi problema: es imposible que me siga enfermando una vez por semana, con lo cual he perdido para siempre esa sensación de paraíso callejero en que se convierte mi barrio cuando yo no estoy. Un paraíso que siento irrecuperable hasta dentro de tres años cuando por fin me jubile. Por otra parte creo haberme enamorado del señor que me invitó a dar una vuelta y al que rechacé; por eso me dio mucho dolor descubrir que no es sincero sino que pide prestada la pomerania a una vecina. Lo descubrí por casualidad, cuando la otra noche en el Super la verdadera dueña de Mima (la llevaba a upa y se apoyaba en un bastón) dijo: «Si no fuera por mi vecino, Mima tampoco caminaría por culpa de mi artrosis». Como ve tuve la mala suerte de enamorarme de alguien tan pragmático que no duda en usar los sentimientos de una pomerania para perseguir sus fines. Mi decepción es enorme, y ahora pienso que los otros siete deben ser por el estilo. Ayúdeme, por favor.

Gladys M.B.

 

Estimada amiga:

Generalizar nunca es bueno. Ni todos los hombres son iguales, ni todos los colesteroles malos se van paseando perros. De todas maneras, no prejuzgue a su vecino. Pedir prestada una pomerania más que de pragmatismo habla de una gran lucidez para salir de la rutina. Piénselo, y si eso no la convence ni le interesa ninguno de los otros siete señores, le sugiero averiguar horarios en otros barrios para no tener que esperar tres años antes de volver a experimentar esa sensación de paraíso. Se supone que la moda de señores paseando perros se va extendiendo en forma impresionate por todos los barrios capitalinos. Anímese y mucha suerte.

La Reina.

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