Laicidad y diversidad en la educación sexual

Todavía hay países donde ser homosexual es castigado con pena de muerte. En el nuestro no es sancionable, pero el riesgo de sufrir violencia por ello es real. «Uruguay está convencido de ser un país tolerante. Sin embargo, hay bolsones de intolerancia patoteriles», reconoció el diputado colorado Washington Abdala, durante la mesa redonda convocada por el Grupo Lgttb (Diversidad Sexual) y la Unidad de Educación en Derechos Humanos de Amnistía Internacional-Sección Uruguay, y el Centro de Investigación y Estudios Interdisciplinarios (CIEI).

«La diversidad sexual no está suficientemente discutida en la sociedad, y todavía genera antagonismos en sectores decrecientes. Cuanto más se discute, más se avanza», opina el diputado encuentrista Roque Arregui.

Para el vicepresidente del Codicén, profesor José Pedro Barrán, asistimos a uno de los cambios históricos más importantes: la aceptación de la diversidad sexual, y ese cambio se dio en un tiempo relativamente breve.

No obstante, en 2000 el libro «Escucha, aprende, vive», aprobado por el Codicén para alumnos de tercer año de liceo y donde se presentaba a la homosexualidad como otra forma de ejercicio de la sexualidad, fue víctima de una embestida intolerante y no se distribuyó más.

En 1995, también fue la homofobia la que determinó la cancelación de un programa de educación sexual en marcha.

En ambos casos, se violó la laicidad de la enseñanza pública, denuncia el psicólogo y sexólogo Andrés Flores Colombino, presidente en ejercicio de la Sociedad Uruguaya de Sexología (SUS), porque no se permitió a los alumnos tener acceso a la información completa.

 

UN MENU COMPLETO DE INFORMACION

Para Barrán, que se autodefine como «un obseso de la laicidad en el Codicén», esta es sobre todo «respeto a la conciencia del educando, que él se forme sus convicciones y no se las imponga el docente». Presupuesto indispensable es brindar un menú completo de información, evitando las valoraciones, punto en el que coincidieron en general los ponentes del 28 de junio.

Algo más que un matiz introdujo el senador blanco Gustavo Penadés, al lamentar que la Administración Nacional de Educación Primaria (Anep) haya dejado sin efecto el programa de educación para los valores. Pese a que aclaró que no defiende valores codificados, sino elementos para que los jóvenes alcancen una autonomía moral propia, desarrollando el sentido crítico.

Las consideraciones que anteceden están enmarcadas en el tema convocante, y por lo tanto todas se relacionan con la educación sexual, esa asignatura pendiente que nadie desconoce y todos proclaman imprescindible y urgente.

Abdala no tiene dudas de que en la formación sexual de los jóvenes «el Estado tiene algo que decir», y que la homosexualidad debe estar presente en esa educación pública.

«La laicidad se viola cuando se fomenta la ignorancia, y una forma es impedir la educación sexual que contemple todas las opciones», advierte Arregui. Penadés reclama que la educación sexual sea transversal al sistema educativo, amplia en información científica objetiva, confiable, sin preconceptos ni sectarismos, pero con «fuerte carácter ecuménico para incluir diversas valoraciones subjetivas», y con «realce de la afectividad y espiritualidad».

 

PODER E HIPOCRESIA

Barrán concibe una educación sexual que muestre la diversidad en materia científica y en opioniones de la sociedad, pero es terminante tanto en que el Estado no debe fomentar valoraciones como en que «no debe encargarse de la moral privada, típico de Estados totalitarios». «La moral privada es cosa de cada uno», mientras que es atribución del Estado definir y defender la moral pública, insiste.

Para Beatriz Abero, presidenta de las Asambleas Técnico Docentes de Formación docente, es preferible hablar de educación para la sexualidad, porque «todavía hay confusión entre sexualidad y genitalidad», y vincularla a la construción de la subjetividad, del mundo interno, de los afectos, advirtiendo que primero hay que educar a los docentes, para que pierdan el miedo a la sexualidad en el aula.

Abero llama la atención sobre una constatación reiterada: «hay en la sociedad deseos de que esta formación se ponga en marcha», pero «fracasa cada vez que se intenta». A su juicio, esto remite a intolerancia, pero también a un nefasto juego de poder e hipocresía. A partir de su experiencia como docente de secundaria, también señala que la diversidad sexual está en la sociedad y así llega a las escuela: «los chicos manejan esto mejor que los adultos».

Flores Colombino, coincidiendo con los psicólogos Rubén Campero y Bruno Ferreira, integrantes del Centro de Estudios de Género y Diversidad Sexual, privilegia la metodología de talleres vivenciales, donde el conocimiento se construye con el educando. Espera que el Codicén integrado por Barrán sea el que instrumente por fin la educación sexual en escuelas y liceos, y demanda apoyo parlamentario, de docentes y alumnos. En su voz, llega una primicia: la sexualidad clínica se incluirá como materia obligatoria en el posgrado de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Udelar.

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