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Relato y homenaje a la lucha contra el cancer de mama

El siguiente relato "A mano alzada" se presentó en el concurso de la Fundación Lolita Rubiales y fue elegido e impreso por la editorial Rumbos en el libro "Cuento del taller 2013".

escudo-mujer-pecho-diosaEra demasiado joven cuando la silente traidora me mordió en el pecho y lo dejó asimétrico, huérfano. Inesperado golpe bajo. Eclipse en mi mañana. Conocí sin querer —uno nunca quiere— las sombras en mi constelación. Mastiqué furias y fantasmas. Estaban dentro y debía enfrentarles. Luego vino la pulseada feroz. Con velocidad acerada, el bisturí cortó su paso. Terrible victoria que se llevó parte de lo que fui. Lloré de rabia preguntándome por qué a mí, hasta que fui adueñándome del ausente, del tajo en diagonal, de sus repliegues. Me parecía que el seno aún estaba. Lo sentía erizarse, erguirse listo a dar batalla; repicar dentro, en el centro del deseo, como si estuviera vivo.

En esas tardes de duelo —confinada por voluntad propia al destierro, cuando la fiera aflojaba sus garras— levantaba la mirada a la ventana soñándome nueva otra vez y allí estaba él, del otro lado del jardín, en su altillo de cristal, pintando.

De pie, alto y luminoso, era una visión mágica cuyo ritual comencé a anhelar: su espalda frente al atril; el movimiento del brazo al colocar la hoja; la morosidad que anticipa el goce; el paso atrás; por último, la acometida de la decisión tomada. Siempre un paño al alcance de la mano y, a su lado, la magnífica caja de pasteles, arcoíris de sólida luz. Dibujaba a mano alzada, arrojando líneas, inventando espacios que luego esfumaba sigiloso. La mano iba y venía con delicadeza suma, apenas rozando los colores, extasiándose, hasta que se posaba en uno que parecía estar llamándole. Eso me gustaba imaginar, mientras asistía a la pequeña obra de ver un hechizo hacerse realidad. Algo se escondía dentro del papel; algo que debía ser descubierto. Y él parecía dar todo de sí, perderse hasta encontrarlo. Pero cuando no lo lograba, se volvía de espaldas a la hoja y su cara era una de las caras de la melancolía. Yo reconocía ese gris único y el azul enojo que le seguía. Lo sentía cercano.

Fue cuando se me ocurrió. No me animé a pedírselo hasta la alegre mañana en que supe que él estaba enterado. Entonces tuve la osadía y la fuerza para hacerlo.

—¿Me pintarías el pecho?

Él, con un gesto de comprensión y ternura, aceptó.

Llegué temblando. La caja reposaba sobre una mesa. A la luz tenue del atardecer que bañaba el estudio, un aura de vaguedad y misterio la rodeaba.

Arrimó unos potes de aceite y unos retazos de lienzo blanco; se volvió hacia mí y con extrema delicadeza me fue quitando la blusa que apenas crepitó. Desde la operación no me había desnudado delante de nadie. De pronto el atelier era un eco trémulo que palpitaba al ritmo de mis latidos. Examinó la herida. Su mirada estaba hecha de dedos sabios que acariciaban.

Preguntó si estaba lista. Asentí. Entonces abrió la caja suavemente, haciendo girar su pasador de bronce, como si me ofreciera algo sagrado. Destapó los aceites. Un olor sutil y denso se dispersó en el aire. Eligió un color y comenzó a pintar. A pintarme.

La mano, en el camino del pequeño cilindro humedecido, me dibujaba más allá de la piel, teñía las vísceras, coloreaba los miedos, invocaba las fortalezas, homenajeaba el coraje. Me inventaba. Entregada a su trazo, sentí que algo ancestral parecido al orgullo iba poniéndose en pie de guerra.

Cuando dio por terminada la tarea, me condujo en un silencio de seda hasta el espejo. Bajé los párpados instintivamente demorando la mirada. «Quedarme así, detenida en mi misma, libélula en el aire suspenso», respiré y abrí los ojos. Mi pecho era un escudo de diosa. Su protección potente, apasionada, resplandecía. Y en la luna del cristal, mi imagen era la de una mujer bella, viva. La pintura había logrado el milagro.

Me coloqué la blusa y le agradecí.

Él me regaló la caja de pasteles.

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