OPINION

La culpa no es del chancho

En primer lugar debo decir que parte de la culpa es mía, porque no seguí insistiendo con algunas cosas. Porque me faltó repetir más, sensibilizar mejor. Porque durante el primer mes que se implementaron las medidas, le dimos con todo, en todos los medios en que pudimos. Pero después bajamos las revoluciones. Surgieron otras noticias. Vinieron otros temas y poco a poco nos fuimos acostumbrando a que lo anormal era normal. Por eso me siento culpable, en alguna porción; que esto haya pasado. Que no alcanzó con hablar cien veces; que no ayudó publicar ríos de tinta. Que no era sólo un tema de frenar la arrogancia de algunos empresarios brasileños que con la fuerza del dinero quisieron presionar a nuestros medios. Que no bastó con advertir que lo que se hacía no era suficiente.

En segundo lugar me parece que es muy fácil y simplista decir que la culpa es de todos. Ese «todos» suena tan vacío como genérico. Es casi cobarde. Busca, apenas, sacarse las responsabilidades propias. Hablar de la «cultura artiguense» cuando existen por lo menos varios «modos» de ser artiguense. Están los que no les importa nada; los que les importa demasiado todo; los que le importa un poco de algo; los que buscan protagonismos o tajadas; los que están para laburar y los que luchan por sobrevivir y ni tiempo tienen de pensar en mucho más.

Entonces surge una hipótesis loca: Un virus inteligente salió de Joia, eludió todas las barreras, esquivó todas las vacas y chanchos que encontró por el camino, cruzó la frontera en bote, en avión o caminando y se fue a parar a Colonia Rivera donde se conoció este primer caso de aftosa. ¿En verdad fue el primero? Nada en Quaraí. Nada en Alegrete. Nada en Rivera, ni Aceguá, ni Río Branco; ni Chuy. Tenía que venir a Artigas. Como los tornados, las sequías, las inundaciones, la crisis del real, la crisis del arroz o la crisis de la crisis. Sincera y humildemente y con la torpeza de quien apenas ha tratado de informarse, me parece que hay algunos gatos encerrados. Porque si es verdad que el chancho se infectó comiendo algún alimento (ya sea ración; en un basurero o al costado del camino), la pregunta del millón es cómo llegó el virus a ese alimento. ¿Desde dónde? No sé si alguien podrá explicarlo. Si fue en la ración… ¿tuvimos tanta mala suerte que el virus venía en esa bolsa? Si fue de cualquier otra procedencia; era tan ingrato ese virus que vino solito desde algún lugar, supuestamente más lejano que de otros tantos lugares. Disculpen, pero a veces no entiendo nada. Al margen de culpas y disculpas que poco ayudan pero igual importan, lo que queda claro es que en ese tema está todo muy oscuro; por lo menos todavía. Lo cierto es que marchamos. Y varios brasileños (y parece que algún uruguayo también) festejaron con petardos el tema.

Estimados amigos: esto no es ironía. Es calentura e impotencia. Calentura porque nos cansamos de advertir cosas que nadie hizo caso, repetida e insistentemente. Desde las picadas libres hasta la falta de productos químicos para el rodiluvio durante casi una semana. Impotencia al ver a vecinos, amigos, compatriotas; sencillamente deshechos porque el trabajo de una vida se les va en un rato. Calentura porque otra vez somos noticia por una tragedia, como si el maleficio interminable que llevamos encima quisiera decirnos algo más.

El jueves; mirando junto a mi señora un reportaje del colega Moreira (de Canal 3) a la familia Volpi-Aveducto; sinceramente no me pude aguantar y mis ojos se inundaron. No sólo por el dolor que me provocó ver reflejado en esa familia que está tirando los 600 litros de leche diarios que produce. Si no por sentirme insignificante y pequeño y reconocer que, si bien en mi humilde rol, hice lo posible para ayudar; no fue suficiente. No fue suficiente; ¡carajo! Y ahora; ni siquiera es consuelo, castigar a las pobres teclas de mi computadora que no tienen nada que ver. Y por eso; como mísero ciudadano de este amado pueblo (amado ayer, amado hoy y amado siempre: en las buenas, en las malas y en las peores), tengo el derecho a decir que me dan asco algunas hipocresías oficiales de allá arriba (tan arriba que no bajan de miedo a contaminarse) que buscan esquivarle el bulto al asunto y culpan al chancho cuando hicieron muy poco, por evitar que cualquiera «le contaminara el lomo».

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