
Se sentó en el sillón con bastante timidez, a pesar de que se encontraba en su propia casa. Jugaba con las manos o se sujetaba con ambas la rodilla derecha mientras meditaba, cosa que hacÃa siempre antes de hablar. No hablaba mucho. “Me cuesta creerlo”, se decÃa apenas con alguna sonrisa. No tenÃa rencores. No tenÃa temores. No tenÃa angustia. ParecÃa que nada en realidad le habÃa ocurrido. Estaba nuevamente en casa y se daba por satisfecho. HabÃa pasado ocho meses en prisión por algo que no habÃa cometido, pero ahora habÃa regresado.
Ocho meses de prisión por haber estado en el lugar equivocado en el momento equivocado. El insólito caso de Daniel González Olaza parece sacado de un cuento o de una pelÃcula. Estuvo preso por solamente subir a un ómnibus para regresar a su casa, después de haber pasado toda la jornada en lo de su novia. ?Por qué? Porque en el preciso instante en el que él ascendÃa al coche, una patrulla policial entraba en escena persiguiendo a un delincuente. De pronto, cuando Daniel no lo esperaba ni lo buscaba, comenzó la pelÃcula: disparos, balas, gritos.
Pronto cayó él en la encrucijada. Un destino funesto interceptó a Daniel sorpresivamente, a las doce de la noche, en Santa LucÃa y Garzón.
El caso de Daniel ya habÃa sido publicado por LA REPUBLICA en su edición del 28 de setiembre del ano pasado, mientras él cotinuaba en prisión. El joven, de 24 anos y sin antecedentes penales, habÃa sido detenido por la PolicÃa luego de que dos delincuentes asaltaran la estación de servicio ubicada en la proa de Santa LucÃa y San QuintÃn. Uno de los delincuentes era un agente en actividad perteneciente a la Seccional 10a, de iniciales CAVC y el otro era una mujer de nombre Laura. En realidad quien cometió efectivamente el asalto fue el policÃa, quien, una vez consumado, salió corriendo por Santa LucÃa.
Una camioneta de la Seccional 19a llegó justo al lugar –puesto que minutos antes una persona de la estación de servicio habÃa visto a los dos sospechosos merodeando la zona y habÃa dado aviso a la PolicÃa– y salió tras los pasos del delincuente.
En ese justo instante, Daniel subÃa a un 494. Nunca lo hacÃa. Se tomaba siempre el 409 en Carlos MarÃa de Pena y Garzón. Pero aquella noche se demoró unos minutos y lo perdió, por lo que decidió dirigirse a la parada del 494, a cuatro cuadras. El destino habÃa querido que Daniel cayera en esa trampa.
La PolicÃa se tiroteó con el delincuente y lo arrestó. Pero también Daniel fue detenido.
Es que los policÃas lo habÃan visto corriendo, cuando en realidad lo que Daniel estaba haciendo era intentar alcanzar el ómnibus, quizás el último en esa noche. El muchacho fue arrestado, llevado a la comisarÃa, interrogado, “reconocido” por un pistero de la estación, llevado al juez (Jorge Imas, 5o Turno) y procesado. HabÃa comenzado su pesadilla.
Se sentó en el sillón de su propia casa con timidez y, llevando el mismo vaquero que usaba aquella noche en que fue arrestado injustamente, dijo: “Bueno, ya fue”. Tras ocho meses de angustias fue dejado en libertad. “Primero me hice la cabeza de que iba a estar muchos meses, un ano”, comentó al iniciar la conversación con LA REPUBLICA.
Después de tanto tiempo le quedan muchos malos recuerdos, pero destacó los primeros dÃas de su detención cuando estaba en la comisarÃa. “No me olvido más, porque estaba lloviendo y hacÃa frÃo. Me metieron en un calabozo. Mis padres no sabÃan nada de mÔ, contó.
Ahora no puede creer que esté nuevamente en casa, y le cuesta un poco adaptarse. “A esta hora estaba en el patio dando vueltas de un lado a otro”, dijo, y agregó: “Me siento raro. Incluso en la calle cuando veo mucha gente me siento incómodo. No me gusta estar donde hay mucha gente”.
Mientras estuvo en el Comcar, tuvo que presenciar el comercio interno de droga y constantes peleas, pero afortunadamente no se vio inmuscuido en ninguna. El primer mes y medio fue el más difÃcil, pues se encontraba en el Módulo 3. Tras una intervención del ministro del Interior, Guillermo Stirling, a pedido de los padres, fue trasladado al Módulo 13. “Dentro de lo malo, el Módulo 13 es el más tranquilo de todos”, explicó el padre del muchacho, Ricardo González.
El, acompanado de su abogado, Alfredo Bocage, habÃa hecho todo para que Daniel saliera en libertad. “TenÃamos prontas las pruebas testimoniales para noviembre –explicó el padre–, pero recién se pudieron presentar en febrero, porque primero uno de los involucrados no pudo asistir a declarar y luego por la feria judicial. Recién en febrero, entonces, el expediente pasó a la fiscal (Ana MÃguez). La fiscal lo estudió y finalmente dijo que no lo acusaba, pero demoró la salida porque tuvo que hacer los procedimientos para acusar a la otra persona involucrada, el verdadero delincuente”.
Fue el sábado 25 de marzo, a las 4.45 –Daniel lo recuerda claro–, cuando estaba tomando mate en el patio de la cárcel, que le avisaron que iba a quedar en libertad. Finalmente saldrÃa.
El lunes 3 de este mes volvió a su casa. Un pasacalle le daba la bienvenida y sus vecinos y amigos lo recibÃan. Todos lo habÃan apoyado muchÃsimo. No hubo dÃa en que alguien no lo visitara en prisión.
La nota publicada por LA REPUBLICA también ayudó, según contó el propio Daniel, a que su caso se conociera. Eso favoreció los trámites.
?Por qué fue procesado? Su padre explicó que nunca hubo acusación por parte de la fiscal, sino que el procesamiento se debió a las acusaciones de los responsables de la estación de servicio asaltada. “Recién cuando se reunieron las pruebas testimoniales y la fiscal vio el expediente no se dio lugar a la acusación”, dijo Ricardo González.
Es por ello que desisten de hacer una demanda.
El dÃa que fue visitado por LA REPUBLICA volvió a la parada en donde habÃa comenzado toda la historia. No habÃa estado allà desde aquella noche. Se paró sobre un poste y meditó unos segundos. Dijo algunas palabras recordando lo sucedido, se despidió y se dirigió a la casa de su novia con el habitual entusiasmo. Detrás quedó la fatÃdica esquina de Santa LucÃa y Garzón.
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