Cuando la pasión de muchos es la tentación de algunos

El Mundial en un carro de chorizos y un intento de asalto

A las 8 y 30 de la mañana del pasado jueves el objetivo del 90 por ciento de los uruguayos era ubicarse delante de un televisor, porque era ganar o morir. Ni ganamos ni morimos. Sólo agonizamos.

Escuelas, liceos, oficinas, ferias, quioscos y bares, fueron centros de reuniones matinales para mirar el partido junto con el mate o el café. Uno de los lugares donde la gente se concentraba, porque los sorprendió en la calle, es un carrito que vende hamburguesas, panchos y chorizos ubicado en Convención casi Mercedes, el cual tenía su televisor a color encendido esperando el pitazo del arbitro mexicano.

La gente que pasaba veía el televisor y ya se quedaba, lo que permitió reunir unas veinte personas que estuvieron a punto de atragantarse ante los frustrados ataques de la celeste sobre el arco de Francia.

El encargado del quiosco, que se quedó solo porque su socio tuvo que ir en busca de mercadería, pensando que por causa del partido la mañana iba a estar muerta, trabajó más que nunca. Vendió de todo; hasta los alfajores. Estaba malhumorado y alegre. En primer lugar, su buen humor cayó cuando vio que el carrito se le llenaba de gente y no podría ver tranquilo el partido. Pero luego se resignó y sintió cierta alegría, porque estaba haciendo una buena recaudación, contra todos los pronósticos.

Cuando el juez dio el pitazo final, todos los clientes se desbandaron desilusionados y maldiciendo por lo bajo y alto, porque el resultado del encuentro nos ponía otra vez en manos de las «matemáticas» y tenemos que depender de los otros equipos de la serie para ver si podemos llegar a pasar a la ronda siguiente.

Los últimos ¿hinchas?

Solamente se quedaron dos muchachos que conversaban sobre el cero a cero. Uno de ellos encaró al vendedor y le dijo a modo de comentario: «Bueno, por lo menos hiciste una gran recaudación… ¿no?».

El trabajador sonrió como admitiendo el lado bueno de la jornada y al volver a mirar a los clientes notó que uno de ellos tenía una navaja, de esas automáticas que, apretando un botón, salta la hoja. Este le dijo en forma cortante: «Dame la guita si no querés que te ensarte…». El trabajador, que había puesto el lomo casi sin poder ver el encuentro, no pudo admitir que le vinieran a llevar la plata y tomó la cuchilla que tenía en el mostrador, tan enorme como la de «Cocodrilo Dundee». Se la puso frente a la nariz del rapiñero y le dijo: «Si me tocás un mango te abro como a un pollo, mirá que yo ya tuve problemas con la cana por abrir al medio a otro que me quiso robar». Ni que decir que el dúo de la navajita salió corriendo, pero luego ambos se quedaron en la esquina desde donde insultaban al trabajador, amenazando con volver con otros amigos para «darle vuelta el quiosco». El «choricero» no se hizo problemas. Tomó el celular y llamó a la patrulla de la Seccional 3ª que vigilaba la zona y cuando los agentes llegaron, los muy tontos todavía estaban insultándolo desde la esquina. Los dos fracasados rapiñeros fueron detenidos de inmediato y tras ser reconocidos por el trabajador, fueron llevados a la Comisaría. Una media hora después, mientras el vendedor estaba comentando la anécdota que había vivido con un par de amigos, en forma accidental llegó al kiosco el cronista Policial de LA REPUBLICA, quien sin necesidad de identificarse como periodista, escuchó todo el relato.

Antes de retirarse, el periodista le preguntó: «En realidad abriste a uno…? «No, sólo fue una mentira para impresionarlos, pero surtió efecto…». *

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