El rating de la muerte
Víctor Hugo Castillo, de 31 años, estuvo desde antes de las 16 y 30 y hasta las 18 y 43 narrando sus miserias frente a las cámaras del canal de noticias Crónica TV, que además de llegar a toda la Argentina trasciende fronteras y su particular forma de informar puede seguirse en buena parte de América del Sur.
Ayer millones de personas esperaron el desenlace de una historia de vida llena de desgracias, la cual sólo fue interrumpida esporádicamente y por breves segundos a medida que se iban conociendo los premios de la lotería. Entonces había un cambio de cámaras y podía escucharse a los niños cantores decir los números que llevarían alegría a unas pocas personas.
Pero el show continuaba de manera inmediata y de la felicidad de unos se pasaba a la desgracia de Castillo. El hombre llegó al canal y cuando se le preguntó qué precisaba extrajo el revólver calibre 38 y se lo llevó a la boca. Pidió que viniera una cámara para rogarle en directo a su esposa que regresara junto a él, o, caso contrario, «me mato».
«Vivo y en directo. Hall central de Crónica TV. Temperatura 21,2 grados. Se quiere suicidar porque su mujer lo abandonó». Ese era el subtitulado que se vio desde aproximadamente las 16 y 30, cuando se inició la transmisión, hasta las 18 y 43.
Su drama
Antes de que terminara la primera quincena de enero, otro argentino había decidido terminar con su vida frente a las cámaras. En ese caso era un funcionario de una intendencia provincial que después de varias horas finalmente disparó la escopeta que, dirigida a su cabeza, amenazaba su vida.
Ayer Castillo eligió el mismo camino. Contó que su esposa Gladys (una uruguaya oriunda de Minas, Lavalleja) lo había dejado por un tal Benítez: «Hace una semana que me dejó por un remisero. Ella es de 1,60 metros, blanquita y de ojos pardos», dijo entre sollozos mientras una cámara le filmaba cada uno de los detalles de su cara, y una periodista sostenía el micrófono cerca de su boca.
Contó que le pegaba y le pidió perdón y dijo que el estaba dispuesto a perdonarla. Durante la cobertura, familiares y conocidos de Castillo llegaron hasta el canal para tratar de convencerlo de que no era esa una forma adecuada de asumir las cosas. «Todos te podemos apoyar y contener. Pensá en tus hijos», le decía. Los niños, de 10 y 12 años aproximadamente, estaban en la calle, fuera del canal, esperando por su padre.
También había decenas de curiosos y la Policía cortó la calle. Pero ni los intentos de la periodista por convertirse en la «heroína» de la tarde, ni los de sus allegados, pudieron convencerlo. Quería que Gladys regresara. En determinado momento pareció que ella iba a llegar o que le iba a hablar por teléfono, pero esto nunca ocurrió. Seguramente, al igual que millones de personas, estaba mirando por tele el espectáculo que daba el padre de sus hijos, quizá junto a Benítez.
Ella ya había tomado una decisión y Castillo pretendía que por contar sus errores y amenazar con matarse ella dejaría a su amante y correría al canal para decirle que aún lo amaba. Durante todo el tiempo que duró la historia, sus penurias eran recordadas por la periodista que le pedía que hablara sobre ella, y le aseguraba que «estamos trabajando para que usted esté bien y pueda reencontrarse con Gladys».
Epílogo
A pesar de la trascendencia que tuvo el «rating de la muerte», en ningún momento llegó al canal un responsable policial que asumiera el control de la delicada situación, y empleando los conocimientos que tienen algunos funcionarios especializados en este tipo de situaciones, lograr que Castillo depusiera su actitud.
A la derecha del hombre –que estuvo sentado todo el tiempo en una silla con sus anteojos negros puestos y el arma ya gatillada pegada a sus dientes– había un hombre pelado que aparentaba ser policía y demostraba estar esperando el momento justo para sacarle el arma. Pero esto nunca ocurrió. Castillo no tenía lo que quería y a cada rato escuchaba en boca de la periodista y de las personas cercanas a él, que su historia personal no era para tomar una decisión de esa naturaleza.
«Váyanse todos, déjenme que me quiero matar». Ya cuando el drama estaba llegando a su fin, aunque nadie lo sabía, su hermano se le acercó más de lo que otros lo habían hecho. Le aseguró que podía lograr lo que él no estaba haciendo con la actitud extrema: «Vos no hagas ninguna locura, yo voy hablar con ella y la voy a convencer. Esperame, no hagas locuras». Castillo se sintió presionado. Otro hombre también se acercó y le querían hacer tomar un vaso de agua. Estaba nervioso y cansado; pedía que se alejaran. Hacía mucho tiempo que tenía su mano sobre el gatillo pronto para disparar. Cuando el reloj de Crónica marcó las 18 y 43, se sintió un disparo y se vio como el hombre se tomaba el rostro y caía al piso, al tiempo que su sangre comenzaba a expandirse por el hall.
Sobre esa imagen surgió un cartel: «Se mató atrincherado en Crónica TV». Después vinieron los médicos, la camilla, el traslado a la ambulancia, las lágrimas desgarradoras de sus hijos y la pausa comercial, la primera en casi tres horas de transmisión. A las 18 y 53 una de las locutoras centrales del canal pidió comprensión por la mala calidad del producto que se estaba emitiendo tras el hecho, ya que había mucha gente llorando.
«Estamos desbordados», dijo. Después la placa mortuoria cambió por «se disparó atrincherado…». Al cierre de la presente edición el hombre aún seguía con vida con el plomo del calibre 38 alojado en su pómulo izquierdo. No morirá. *
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