La Policía está en deuda con la sociedad de Colonia
Tenía 18 años y por más que hubiera hecho algo equivocado, como sugirió el ex jefe de Policía de Colonia, Hugo Pintos Funes, nadie, en su sano juicio, puede justificar un crimen de esa naturaleza. Si así fuera, deberíamos calzarnos un revólver en la cintura y salir a matar delincuentes.
Por suerte, en Uruguay no existe la pena de muerte y tenemos un Poder Judicial que, pese a sus carencias, actúa con dedicación y capacidad. En Colonia hay un juez que está solo, observando que la Policía y la delincuencia se juntan por sus extremos.
Nos referimos a este asesinato, porque se ha convertido en un caso clave, donde se ha expuesto con claridad una cadena de errores por impericia, negligencia y mala fe, a cargo de funcionarios policiales que en aquella época debieron haber realizado una correcta investigación.
Andrés Trigo fue asesinado de dos tiros en la cabeza cerca de las cinco de la mañana de ese día, luego que el joven cumpliera su trabajo en un baile realizado en el club de Real de San Carlos, jurisdicción de la Seccional 7ª.
Luego del baile, Andrés llevó a dos amigos en su camioneta que también utilizaba durante la semana para repartir garrafas de supergás. Pasó por su casa y de allí salió rumbo a su muerte. Dos vehículos lo estaban esperando. Lo siguieron y lo interceptaron para finalmente matarlo de un tiro en la sien derecha y otro en la nuca. Fue una cobarde ejecución.
Pero el joven asesinado quedó agonizando algunas horas antes de morir sin que nadie llegara en su auxilio. Es más, se sabe que a las ocho de la mañana se recibió una llamada telefónica en la Jefatura que informó del hecho. Pero, misteriosamente, la Policía llegó a la escena del hecho pasado el mediodía, después que lo encontraran su padre y su tío.
La cúpula policial
El comando de la Jefatura de Policía de Colonia en agosto de 1998 estaba conformado de la siguiente manera: jefe de Policía, Hugo Pintos Funes; subjefe, inspector Solari; coordinador, inspector Vilas; director de Investigaciones, Carminatti, quien era secundado por Bon, Tulón y los comisarios Isaza (Seccional 1ª) y Faliú.
En un primer momento se dijo que Andrés se había suicidado y ello facilitó la destrucción total de la escena del hecho y la cadena de evidencias que siempre queda en la zona de un crimen.
En un acto de irresponsabilidad total que puede llegar hasta el encubrimiento, fue lavada la camioneta donde estaba Andrés Trigo y se hicieron desaparecer el arma, cápsulas y proyectiles, pues resulta evidente que si se trataba de un suicidio, el arma tendría que estar junto al cuerpo del suicida.
Las ropas de la víctima desaparecieron quemadas en el propio cementerio, impidiendo a peritos de la Policía Técnica la localización de huellas que surgen de la «ley de intercambio». Así denominan los expertos la ubicación de huellas de víctimas y victimarios en ropas y efectos localizados en la escena del crimen. Es muy probable que en las ropas de Andrés se hubieran podido localizar indicios o huellas propias del asesino, que llevadas a los laboratorios de Policía Técnica podrían haberse convertido en evidencias.
Pero nada de eso fue posible, merced a la meticulosa persistencia de los jerarca policiales de aquel entonces en hacer desaparecer las huellas.
El actual jefe de Policía de Colonia, Ricardo Bernal, que nada tuvo que ver con aquellos hechos, sigue contando con el apoyo de la población de Colonia e incluso la total confianza del juez letrado, Gerardo Siri. Sin embargo, su trabajo resulta lento y apunta a otras posibilidades, sin reparar en las dudosas actuaciones de su actual director de Investigaciones, comisario Miguel Isaza.
Ahora, el jefe dice que está en contacto con la Policía argentina con miras a traer detenido a Mario Hernández, un personaje que fue policía y propietario de un boliche nocturno en Colonia, quien fue en su momento fuerte sospechoso de haber sido la mano ejecutora o cómplice directo del crimen de Andrés.
Lo insólito de todo este sainete policial es que Hernández fue detenido y llevado a la Justicia luego de que el comisario Romero de Homicidios de Montevideo, le grabara una conversación con los hermanos Pereira, donde se menciona claramente haber ofrecido dinero por la muerte de Andrés, incluyendo a policías de la confianza de Isaza.
Pese a todo esto, el ex jefe Pintos Funes lo autorizó a salir del país y desde entonces está radicado en Buenos Aires, donde ahora se lo está buscando. Incluso, luego de su salida del país, Hernández volvió en dos oportunidades a pasear con su familia por los paisajes coloniales y a nadie se le ocurrió detenerlo.
El móvil pasional
Lugo de fracasar esta intentona, la Policía de Colonia apuntó sus baterías hacia un agente, pretendiendo solucionar el crimen bajo un móvil pasional.
En efecto, la ex novia de Andrés, Karina Carro, frecuentaba la casa del policía Miñón, y por esto se concluyó que eran amantes. El propio Miñón relató a LA REPUBLICA que Karina era amiga de su esposa y por ese motivo concurría asiduamente a su domicilio.
Miñón fue detenido y llevado ante el juez Siri, junto con una funcionaria policial con quien mantuvo una relación sentimental. Este agente fue sacado esposado de un banco donde estaba haciendo el servicio 222 y cuando lo llevaron al Juzgado, a una cuadra de la Jefatura, se convocó a toda la prensa de Colonia.
Se pudo fotografiar y filmar tranquilamente al imputado, que todavía no estaba procesado por la Justicia, debido a que se hizo una escena preparada de antemano simulando la pérdida de la llave del coche policial.
El linchamiento popular no prosperó y el juez tuvo que soltar a Miñón por falta de pruebas. Posteriormente, otros imputados fueron llevados ante el magistrado sin las pruebas incriminatorias y todos recuperaron la libertad. Se dio el caso de que el comisario Isaza llevaba a los detenidos en persona hasta el juzgado, separado de la Jefatura de Policía por la plaza principal de la capital coloniense.
Este hecho rompe todas las reglas de procedimiento policial ya que un jerarca que debería estar investigado y sumariado por notorias irregularidades no puede seguir conduciendo las investigaciones de un caso en el cual podría tener implicancias. Por lo menos, el jefe de Policía, Ricardo Bernal, debió encargar los procedimientos a otro comisario, en lugar de salir a defenderlo públicamente sin haber probado si las denuncias eran correctas o erróneas.
La ex novia
Karina Carro es otra punta del tema que jamás se explotó a fondo. Fue la novia de la víctima y acudía a su casa. Sabía todo y tenía muchos amigos en el grupo «Las Campanitas», al cual acude el antiguo jefe de Policía Pintos Funes.
Un personaje muy conocido de Colonia, que tiene un alto cargo en el puerto, estuvo vinculado a Karina y aparentemente le regaló un auto Fiat Uno que pagó con ocho mil dólares.
Según informes policiales que no llegaron al despacho de Isaza, la joven tenía que reintegrar el importe del auto vendiendo drogas a lo que se habría opuesto Andrés Trigo.
Tal vez este pudo haber sido el móvil del crimen, puesto que Trigo conocía a los jefes de la «narcomafia» coloniense y su postura podría haberlo llevado a la muerte.
En Colonia hay muchas personas, entre policías y delincuentes, que conocen partes de la siniestra trama. Habría que juntarlos a todos para armar el «puzzle». Mientras tanto, al pueblo de Colonia se le sigue debiendo justicia y verdad. *
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