El Diablo
Por Washington De María
El Diablo Inzaurralde era el llavero de la Cárcel; el Diablo era el dueño de las llaves que nos encierran a todos, yo lo sabía, todos lo sabíamos, pero él no, por lo menos no te lo hacía sentir así. Quizás porque no usaba uniforme, y te hablaba de igual a igual, no lo notabas, pero el Diablo no por ello dejaba de hacer las cosas como se debía.
Así lo veía yo, pero sería iluso pensar que todos lo podían ver así.
Estamos hablando, sin mayores cortapisas, del carcelero, y mi objetividad podía ser relativa, ya que él me traía regularmente algunos yuyos para el mate, yo le prestaba LA REPUBLICA, es más, recuerdo que los yuyos me los mandaba la madre de él, por eso, y porque sabía que desinteresadamente colaboraba en una Escuela Pública, a la cual no concurría ningún familiar de él, mi objetividad sería relativa.
Un día el Diablo viejo, su padre, enfermó; una cruel enfermedad que le demandaba muchos donantes de sangre.
Poco a poco los fue consiguiendo, eran compañeros de trabajo, vecinos, amigos, en fin. A los pocos meses ya no se podían repetir los donantes, y la sangre se seguía necesitando.
Por esos días ya no estaba viniendo ya que andaba en esos menesteres, por eso lo mandé llamar y corrimos los trámites legales para que me autorizaran y le ofrecí mi sangre.
Allí estábamos sentados en el sanatorio, el preso y su carcelero, y todos pensarían que era una utopía, pero no, eran simplemente dos hombres que se respetaban mutuamente. Y algún sarcástico mal intencionado podría insinuar que mi pasado como policía me estaba condenando.
Sin embargo fueron apareciendo más donantes, tímidamente primero dos, luego tres y así una cantidad fueron donando su sangre, la sangre de los «bandidos» para el padre del llavero.
Las conclusiones que las saque cada uno, o que las explique Freud, yo creo que no todo está perdido y que el Diablo sabe más por Diablo que por viejo. *
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