El Checo "Mila"
Por Washington de María
Alto, de casi 1.90 mts. con una mirada metálica, y de poco hablar, llegó a Minas, procedente de Rocha el «Checo Mila». Junto con él venían trasladados dos «narcos» más, uno boliviano y otro uruguayo, porque el Checo había tenido la feliz idea de tratar de pasar dos kilos de «coca» desde Brasil para embarcar en Carrasco y llevarlos a Europa y así despegar económicamente y emprender su propio negocio. No contaba que en esa época había férreos controles policiales en la frontera, y que con sus particularidades físicas, fuera de una excursión y sin hablar nada de español, un checo en un ómnibus de línea Montevideo-Chuy, llamaba poderosamente la atención.
Sus principios fueron difíciles, no faltaron los vivos de siempre que amparados en su desconocimiento del idioma y costumbres, le robaron algo de sus ahorros, lo hicieron «putear» a la guardia diciéndole que así se llamaban o que lo convidaron con un mate frío como bebida tradicional.
Por esos tiempos estaba sin trabajo y me sobraba el tiempo, así que le fui enseñando de a poco el idioma, él pensaba en checo, lo hablaba en inglés y yo le daba la traducción al español. Sus progresos eran realmente buenos, pronto se fue acostumbrando a las mañanas de mate compartiendo LA REPUBLICA, al principio sólo las internacionales y luego ya se interesaba en las nacionales y la política.
Y poco a poco fue entendiendo nuestra idiosincrasia y poco a poco el «Checo» era uno más con su lógico acento, con sus salidas. Con su inocencia pensaba que las cosas siempre debían salir bien porque así debían ser si se hacían bien y pronto comenzó a entender que muchas cosas a veces no salen en los tiempos y la forma que nos dicen, y sobre todo en lo referente a expedientes judiciales, menos aún cuando el pobre Checo dependía de un abogado de oficio.
Dado su origen era obvio que, cuando recuperara su libertad iba a tratar de volver a su país, por eso conseguir las salidas transitorias fue un largo trajinar ya que desconfiaban de que se ausentara, pero Milan Kokes había prometido que sólo quería pasear por Minas, con su mascota, la cotorra «Poly» al hombro. Tres navidades pasamos juntos, y cuando por fin cumplió íntegramente su condena le dieron la libertad y lo autorizaron a irse a su país.
Milan se despidió afectuosamente de mí, me agradeció profundamente todo lo que había hecho en estos años por él, sobre todo que le enseñara a hablar y escribir el español, y se marchó prometiéndome que algún día me volvería a ver.
Personalmente sabía que era imposible, su lejana Pilsen no quedaba ahí nomás, es más, como una ironía de la vida, he ayudado a muchos que han prometido volver y viven aquí nomás a unas cuadras y no han venido a ver si preciso un poco de yerba, y realmente sabía que el pobre Milan era imposible que lo hiciera.
Una calurosa tarde de enero, la guardia me avisó que tenía una visita: me quedé mudo, era el Checo Milan Kokes en persona. Vino a verme, traía un surtido de alimentos típicos y la yerba lógicamente la compró aquí, tomamos largos mates y me contó que trabaja en España como traductor de una empresa checa que está trabajando allí. Siguió viniendo dos visitas más y luego llegó la hora de regresar a España, recuerdo que cuando le pregunté el porqué de su viaje, él me contestó: Es que quería volver para agradecerte y recorrer esta hermosa ciudad, pero como un hombre libre.
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