Sentencia: lo mataron para salvar el prestigio de la banda del Maxi
«Los becarios». El contador José Pedro Damiani denominaba así a parte del grueso de la barra brava de Peñarol, cuando arreciaban las críticas contra la institución por los hechos de violencia. Según se desprende del juicio, los becarios eran personas «a sueldo» de la institución.
«Hay hinchas que viven de ser hinchas, mantienen a su familia con esto, es su forma de vida, viven de esto, ellos tienen relación con la dirigencia del Club, perciben plata. Esto no es ser becario», declaró un testigo ante el juez Penal de 21º Turno, Julio Olivera Negrin, en la investigación del homicidio del hincha de Cerro, Héctor Da Cunha.
La cita textual surge de la sentencia por la cual se condenó a tres «barras» de Peñarol, como autores de un delito de homicidio en muchedumbre, a penas de más de 17 años de penitenciaria. Además, en otro expediente fue condenado otro hincha, identificado como RRXA, alias «el Tarta». Los ahora condenados fueron MDVG, alias «el Maxi», que era el líder de esa facción de la barrabrava, JJMM, alías «el Nasti» y EDDCL, alías «el Mena».
De acuerdo a lo que se expone en la sentencia, la «barra» de Peñarol estaba dividida, al menos tres facciones que se disputaban el poder. Allí, «coexisten varias ‘bandas’ con sus respectivos líderes y entre ellas pueden darse situaciones de rivalidad», dice el magistrado.
«La rivalidad es porque si hay una persona que asciende más en la hinchada va a tener más beneficios. Está en juego la parte económica por esto se explica la rivalidad entre los líderes. El que entra nuevo puede estar sacándole beneficios a otra persona que ya estaba dentro de la hinchada. Es un riesgo. Además hay encuentros con los jugadores, van a Los Aromos, piden plata para toda la organización, son un grupo de cuatro o cinco personas y sacan un provecho a ésta actividad», expresó uno de los testigos.
«Al Palacio Peñarol iban a buscar entradas tres o cuatro muchachos, el Manco, el Adolfo, el Maxi y el Tuerto … los roces empezaron cuando las entradas comenzaron a faltar, sabíamos que estaban pero no llegaban a la gente que vamos siempre», surge en foja 565 del expediente.
Para ser jefe de una banda se requiere «tener gente, atraer gente. El jefe tiene que defender a los integrantes de su banda y darles entradas». «El Maxi» era el líder de uno de esos grupos, «tal vez el de más reciente creación», cuyo punto de encuentro era en 8 de Octubre y Cipriano Miró.
MDVG, alias «el Maxi», era uno de los «becarios» y parte de su banda fue la responsable del brutal homicidio de Héctor Da Cunha.
Maxi «era una persona que estaba subiendo en la jerarquía de la hinchada, tenía su grupo propio de gente de la zona. Cuando digo subir de jerarquía es que se transformó en uno de los jefes de la hinchada, él se encargaba de la organización, tiene contactos con los dirigentes, son los que organizan el accionar la hinchada. Era una persona muy fanática, su vida giraba en torno a Peñarol exclusivamente, no recuerdo haberlo visto en hechos de violencia», dice un testigo.
La tarde del 11 de marzo de 2006, «el Maxi» no pudo concurrir, como siempre, liderando a su grupo al Estadio Centenario. El día anterior fue detenido en el Departamento de Hurtos y Rapiñas, «recuperando su libertad el mismo día del partido a la hora 16.50″. Al salir se fue directo para el Estadio.
Al llegar al Centenario se encontró con la noticia. La banda, su banda, había sido emboscada a balazos por hinchas de Cerro. «Ibamos rumbo al estadio. En eso llegan dos camiones de la hinchada de Cerro. Cuando nos ven a nosotros con camisetas y los colores de Peñarol, se sienten disparos desde los camiones y piedras que nos tiraban hacia nosotros», relató «el Tarta». Al estar ausente «el Maxi», fue él quien se hizo cargo de la banda. Fue al Palacio Peñarol a buscar las entradas, las repartió entre los integrantes del grupo y lideró la llegada al Estadio. Pero ante la balacera «corrió».
«Llegamos al Ombú (de Ricaldoni) y comentamos allí, y algunos de la banda del Adolfo nos dicen ‘corrieron con los de Cerro’ y yo me quemé. Los del Adolfo, sin saber cuántos eran los de Cerro, cuantos éramos nosotros, nos trataron como que salimos disparando. Yo me la tomé, por suerte zafamos. Hicimos las cosas bien, si no, nos comían, ellos querían la bandera y nosotros la salvamos», expuso «el Tarta».
«Susto, euforia, bronca, recriminaciones, agitación, nervios, amagues de llantos por la impotencia de lo sucedido, fue lo que precedió la entrada de la ‘banda de Maxi’ al Estadio», constató el magistrado.
La banda del «Maxi» había sido desprestigiada. «Justificadamente o no a los ojos de los hinchas», habían corrido, casi pierden las banderas «para colmo de males integrantes de otras ‘bandas’ del mismo Peñarol se mofaban de ellos. El líder debía por tanto asumir su rol», dice el juez.
«Como jefe de la banda, como ‘capo’, como ‘pesado’ debía tomar inmediatamente las riendas de la cuestión y así lo hizo aplicando ‘los códigos de las hinchadas’ con decisiones claves», expuso el magistrado. El «Maxi» ordenó a su grupo salir a pelear con la hinchada de Cerro que los habían agredido, salir a pelear solos sin la asistencia de otras ‘bandas’ y hacerlo, lógicamente, sin las banderas para no exponerlas a más riesgo del que ya habían corrido», explicó Olivera Negrin.
«Se buscaba lógicamente un doble efecto, por un lado ‘vengar’ la agresión anterior y por otro reinvindicar la imagen de su ‘banda’ y por ende la suya propia, ante sus pares», reflexiona el magistrado.
«Faltando algunos minutos para terminar el partido, un grupo de la hinchada de Peñarol, en lo medular ‘la banda de Maxi’ levanta su bandera y se retira del Estadio», dice el juez. El grupo fue a dejar las banderas y retornó al Estadio. Volvían por detrás del Hospital de Clínicas para escapar del cerco policial y en el camino se encontraron con Héctor Da Cunha, su esposa y su hijo.
La familia iba hacia la parada de ómnibus. «De repente los teníamos arriba», había «un «montón de gente envolviendo a mi marido rodeándolo, decían: a este ‘matalo, matalo, al gurí no!’ A esto yo lo veía a Héctor en el medio y no había como escapar, lo encerraron y Héctor no pudo hacer nada, no podía hacer nada …lo rodeaban golpeándolo y mi hijo y yo veíamos piñas, veíamos mover los brazos de varias personas en movimientos de piñas», relató la esposa.
«Los encausados pues, obraron con absoluto desprecio por la vida de su semejante y ante estos brutales ataques de desconocidos de nada sirve la prudencia de ir a tomar un ómnibus a determinada parada porque es más tranquila o la cautela de sacarse el gorro con los colores identificatorios del club deportivo de sus amores», sentenció el juez.
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