El crimen organizado incrementa su incidencia en cárceles del Mercosur
Lo de las organizaciones delictivas dentro de las cárceles no es algo nuevo. Lo había advertido LA REPUBLICA el año pasado y lo había confirmado el propio subsecretario del Ministerio del Interior, Dr. Juan Faroppa.
Las dos principales bandas, una de ellas liderada por el «Beto» Suárez, y la otra por peligrosos narcotraficantes, «mandaban» en el Penal de Libertad y pasaban sus días entre arreglos, coimas, presiones y amenazas gracias al dinero que conseguían del narcotráfico, o en su defecto, de «peajes» cobrados a aquellos reclusos de mayor poder adquisitivo.
El crimen organizado manejado tras las rejas es, tal vez, uno de los delitos más difíciles de percibir por los investigadores, ya que se trata de personas procesadas que en apariencia no podrían tener «poder» en las calles.
Pero la red desbaratada recientemente tenía varias puntas que confirman las versiones manejadas por algunos reclusos que aludían a «organizaciones criminales entre presos que se conectan mediante celulares, sin importar si están en Uruguay, Argentina, Paraguay o Brasil».
Nicolás Alejandro Benítez Mega utilizó toda la tecnología posible que estuviera a su alcance, y se rodeó de otros reclusos que también tenían contactos en otras cárceles del Mercosur.
Utilizando «títeres» que operaban en las calles, el poderoso recluso logró comprar varios vehículos para transportar las drogas desde Argentina y Paraguay y luego distribuirla en nuestro país.
Su procesamiento, al igual que el de otras siete personas vinculadas, dan cuenta de un verdadero problema en el sistema carcelario donde la corrupción es moneda corriente. La utilización de teléfonos celulares, la venta de estupefacientes dentro del propio establecimiento y el contacto con otros grupos de traficantes que operan en las calles de las diferentes ciudades del Mercosur, explican tal vez el malestar de algunos reclusos que se sienten «perseguidos o amenazados».
Pero, como suele suceder en este tipo de casos, la vasta red no se limita a un jefe y seis «secuaces». La organización, con ramificaciones en varios países, seguramente esconde a por lo menos 20 personas en Uruguay y otro tanto en los países vecinos. Por esta razón es que la Policía no dio por terminada la tarea y ahora se aboca a buscar otros miembros.
Mientras tanto, Interpol Uruguay envió los datos del operativo a sus pares en la región con el fin de identificar a los restantes componentes de la banda que era dirigida desde el Penal de Libertad.
Las cuentas de la gavilla también serán investigadas, ya que se presume que guardaron varios miles de dólares desde que se montó la red. *
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