El Oeste rodeado por las llamas
Poco antes de las seis de la manana los vecinos de la zona rural oeste que ocupa una gran extensión de granjas, entre Sanfuentes, Tomkinson, Salaverry y Antártida Uruguaya, sintieron una gran explosión. A esa hora no sabían de las consecuencias que iba a tener dicha explosión, cuyo origen ignoraban. Un auto robado fue llevado a un desguazadero del camino Sanfuentes y allí le quitaron todos los accesorios para proceder luego a prenderle fuego. El combustible que tenía el vehículo fue causante de la explosión que escucharon los vecinos bien temprano.
Una hora después, los vecinos comenzaron a ver enormes columnas de humo que se elevaban por encima de los árboles. Al ver lo que ocurría y al observar que las llamas cubrían un vasto predio de eucaliptus y se expandían quemando el pasto seco, avanzando peligrosamente a otras zonas, dieron el alerta.
De inmediato acudió personal de la Dirección Nacional de Bomberos. Debido a la falta de agua por la sequía, los bomberos atacaron el fuego a ras de tierra golpeando con ramas para evitar su propagación, lo que resultaba casi imposible cuando las llamas empezaron a tomar grandes árboles.
Fue entonces que se ordenó la participación de un helicóptero de la Fuerza Aérea, el cual tomaba agua del Río de la Plata con un tanque y luego la arrojaba en las zonas incendiadas.
La tarea fue titánica y demandó unas doce horas de incesante labor, tanto desde el aire con el helicóptero, como desde tierra por efectivos de los bomberos, vecinos y lugarenos apoyados por funcionarios policiales de las Seccionales 23a y 24a, junto con unidades de la Policía Caminera que cortó el tránsito en la zona.
Los campos de la vieja granja Salvo, unas 60 hectáreas, se quemaron en su totalidad. Una vivienda abandonada y un galpón fueron convertidos en cenizas y los árboles quemados terminaron carbonizados y humeando en el suelo.
Todos los vecinos de la zona, donde se extienden quintas y campos, no se dieron descanso durante toda la jornada de ayer, ante el peligro de verse cercados por el fuego. De tal manera, debieron abandonar sus labores para luchar parejo junto a los bomberos golpeando con ramas las llamas que corrían por el suelo quemando el pasto seco, mientras que otros precavidos sacaban agua de los aljibes para proteger sus viviendas por si las llamas se acercaban.
En varias oportunidades los bomberos tuvieron que ir a cargar agua en sus coches cisternas con el fin de cuidar los bordes del incendio y evitar así que las llamas pudieran alcanzar a alguna vivienda. Por fortuna, ninguna finca fue alcanzada por las llamas y sobre las 18 horas de pudo dar por finalizada la tarea, quedando un piquete de vigilancia para evitar cualquier rebrote del fuego reavivado por el viento.
La extensión de las 200 hectáreas se vio convertida en un campo negro, carbonizado con una humareda tenue y persistente que emergía del suelo caliente donde aún se mantenían encendidas las brasas de ramas secas.
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