"Ah, querés estar parada vieja de mierda, vamos al calabozo", gritaba el oficial mientras la arrastraban

Por persecución y malos tratos a una señora, policías de Pando a la Justicia

«Todo comenzó el 5 de diciembre de 2005, cuando dos policías en una patrulla se presentaron en mi domicilio, diciéndome que me tenía que presentar en la Seccional 7ª. Creyendo que se trataba del robo de una bicicleta del que fui objeto concurrí con ellos», explicó.

En su relato la mujer contó que los uniformados la alojaron en una habitación con una policía femenina y que a los pocos minutos llegó un oficial, al cual identificó como JM, quien al verla dijo: «Yo la conozco a esta vieja conventillera, fue la que hizo quilombo en el juzgado», aludiendo a un hecho ocurrido hace 22 años cuando Marina protagonizó una huelga de hambre para recuperar una propiedad. En aquel momento fueron varios los medios de prensa que siguieron de cerca la situación de la mujer que llegó a estar ocho días a la intemperie y sin ingerir ni un solo gramo de comida.

«JM se acercó y me dijo de muy mala manera: Siéntese en esa silla. Yo le dije que estaba bien parada, pero él me tomó bruscamente de los brazos y me obligó a sentarme», siguió narrando la mujer.

Yo, tal vez en un acto de rebeldía ante tanta injusticia me volví a parar, pero él me respondió: «Ah, querés estar parada vieja de mierda, vamos al calabozo». Siempre según su testimonio, en ese momento ingresó al lugar una policía femenina que la tomó de los cabellos y le dio la cabeza contra la puerta del calabozo, empujándola hacia adentro de forma muy violenta.

 

Los moretones y la mentira

«Tuve cortes sangrantes en la ceja y cabeza. En los brazos y piernas al arrastrarme entre cinco personas por los pasillos. Yo no sabía lo que pasaba, estando en el calabozo desde las 15 horas hasta las 3 de la madrugada. La mujer policía me contó que estaba cansada, que vivía en Toledo, que tenía dos hijos y quién sabe a qué hora llegaría a su casa. Me dijo: te dejaría escapar para que me dieran de baja, mirá lo que me hizo una mujer el otro día y levantándose la manga me mostró tres moretones azulados. Alrededor de las 3 de la mañana llegó el médico forense a la seccional, el doctor Risso, «pero no miró mis heridas, pero sí escuché a la traicionera policía quien le expresó: «Se me desacató, mire lo que me hizo», y le mostró los mismos moretones que momentos antes me había mostrado a mí», recordó la mujer.

La señora continuó diciendo que «sin verme ningún siquiatra, el forense dio la orden para internarme en el hospital Vilardebó. Allí se me condujo esposada. Me revisó un médico, que además de darme el alta, me proporcionó el dinero del pasaje para volver a Pando. Recién en ese momento supe que una vecina que habitaba como intrusa y que entraba por mi pasillo, era la que me había denunciado porque supuestamente yo baldeaba mi fondo y corría un cachorro que hacía las necesidades en mi pasillo».

Según la mujer, desde ese día la Policía la ha perseguido por las denuncias reiteradas de esta vecina, y asegura que los efectivos llegan a ir a su domicilio hasta dos veces por día, siempre con una actitud hostil y atemorizante.

 

«Está sana, no la puedo mandar dos veces seguidas al Vilardebó»

«A los quince días por otra de estas denuncias, me vuelven a llevar otra vez esposada a la 7a. Cuando me ve el forense doctor Risso me dice: «Otra vez por el chorrito de agua», pero ese día me mandó a mi casa. Al otro día mi abogada, doctora Dupetit (de Oficio) me dijo que el doctor Risso le comunicó que en la noche anterior en la 7a. le pedían por favor que me pasara para el Vilardebó de nuevo, a lo que el doctor se negó, aduciendo: «Una vez sí, pero en 15 días mandar a una persona sana al Vilardebó dos veces, puedo llegar a perder el título», contó Marina.

«Después de varios meses desalojaron a mis vecinos, más no conformes con todo lo que me habían hecho, volvieron a llamar a la Policía, porque vieron que tenía atado un perro en mi vereda. Llegaron dos patrulleros y un oficial me dijo que sacara ese perro de ahí, le respondí que tenía patente y que nunca mordía a nadie, y era mi vereda. Sin más, cerré la puerta y al caminar unos pasos dentro de mi casa, siento un golpe, miro hacia atrás, y veo que la policía con una piedra rompió el vidrio de la puerta, metió la mano hacia adentro, dio vuelta la llave y entró. Yo corrí por un pasillo hacia el fondo temiendo lo peor, pero me agarró antes de llegar, forcejeamos y me rompió el vidrio de la mesa y una portátil, más el vidrio de la puerta de calle. Tuve lesiones constatadas, ahí sí por otro forense porque al doctor Risso no le tengo más confianza», dijo visiblemente molesta. «En la puerta lo esperaban otros dos policías, que lo ayudaron a introducirme al patrullero por la fuerza. Tuve problemas en el tobillo y fisura de costilla, y varias lesiones más pues yo no quería subir a la patrulla por no haber cometido ningún delito. Fui llevada de nuevo a la 7a. otra vez, pregunté por el nombre del agente que me agredió y me contestaron que ellos no podían proporcionármelo. El otro día lo vi en la calle y lo miré a ver si era él. Me sonrió y me dijo: «Qué me mirás, ¿viste qué lindo que soy?». El lunes pasado salí de mi casa y sentí que alguien me gritaba algo así como ¿qué pasó con ese vidrio doña? y vi que se trataba del policía de los hechos narrados, que pasaba tomándome el pelo, en una moto policial conducida por otro policía. Efectué denuncia con fecha 5 de setiembre por internación al Vilardebó y el 14 de setiembre por violación de domicilio y agresiones. Pero el señor juez no se ha dignado llamarme por ninguna de esas causas, incluso hay pedido por la abogada la intervención de Policía Técnica por los destrozos, pero nada».

La señora envió una carta al ministro del Interior, en la que le pregunta por qué una persona que fue operada dos veces de cáncer, con artrosis y osteoporosis, además de depresión crónica, tiene que estar pasando por esas circunstancias.

Para finalizar, Marina dijo entre lágrimas que la situación la está desbordando. Tiene pensado encadenarse frente a la Suprema Corte de Justicia hasta que alguien resuelva brindarle ayuda, al menos escuchándola.

«Esto no es broma. Tengo terror. Vivo con miedo. Tiemblo cada vez que veo un policía o un patrullero. No digo que todos los policías sean malos, pero las malas experiencias con los efectivos de Pando hacen que se me oprima el corazón cada vez que veo un uniforme. Yo me pregunto, ¿se puede seguir luchando así sólo por sobrevivir?». *

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