De cómo el sacerdote no ayuda a la familia del albañil que murió en iglesia de la Ciudad Vieja
La Parroquia de San Francisco de Asís, ubicada en la calle Solís 1469, esquina Cerrito, necesitaba algunas refacciones y su sacerdote puso en manos de sus ayudantes conseguir a alguien idóneo para la tarea. La humedad había descascarado parte de la pintura de acceso y el paso de los años habían provocado algunas grietas en varias partes del techo de la bóveda.
Entre las decenas de personas que se presentaron para el cargo, Luis Sergio Echechury, de 32 años, fue el elegido. Luis vivía junto a su esposa, Silvana Pacheco (29) en una humilde casa del balneario Shangrilá. Cada mañana durante el mes de marzo del año 2005, el albañil se levantaba, preparaba el mate y salía rumbo a Montevideo. La hora y media que tenía de viaje bien valía la pena ya que la paga era buena y el lugar era ideal para trabajar. «Una iglesia tranquila, sólo cada tanto ves llegar a alguien a rezar», le había comentado Luis a su mujer con la cual tenía una niña de 13 años.
La mañana del 15 de marzo el hombre besó a su mujer y a su hija y se encaminó a la parada del ómnibus. Cuando llegó a su lugar de trabajo, en el corazón de la Ciudad Vieja, Luis encendió la radio y preparó el andamio que lo ayudaría a pintar uno de los últimos rincones que quedaban por refaccionar.
Sin cinto de seguridad y con una estructura tambaleante que lo sostenía allá arriba el obrero comenzó su tarea, trastabillando entre latas de pintura blanca. A las 10 de la mañana Luis se puso en puntas de pie para llegar más alto y perdió el equilibrio. El andamio se balanceó y el hombre perdió la vertical. A pesar de su denodado intento por sujetarse de los hierros, las maderas cedieron y Luis cayó al vacío de una altura aproximada a los cinco metros. Su cabeza golpeó contra un escalón y su espalda contra el piso. El estruendo de la caída resonó en la iglesia que estaba vacía. El sacerdote corrió a auxiliar al hombre pero prefirió no tocarlo. Llamó a una unidad de emergencia que en minutos se hizo presente en el lugar. El médico que le brindó los primeros auxilios a Luis decidió trasladarlo de inmediato al Hospital Maciel ya que su estado era desesperante. A pesar de la corta distancia entre la iglesia y el referido nosocomio, Luis falleció en el camino.
Su mujer se enteró al mediodía y no lo podía creer. Se habían conocido hacía 15 años cuando ella todavía era una adolescente. Las promesas de amor eterno se venían cumpliendo a la perfección. Según Silvana se tenían un afecto muy grande y la llegada de su hija había unido aún más a la pareja que estaba ahorrando para mudarse a una cooperativa de viviendas en Salinas.
La ausencia
La tragedia dio un vuelco inesperado en la vida de la mujer.
Acostumbrada al sustento de su marido tuvo la obligación de rebuscárselas para poder vivir. En el dormitorio grande de su casa instaló una especie de geriátrico donde hospeda y cuida a personas con problemas de salud. Su hija quiso dejar el liceo y ayudarla en los cuidados de los pacientes, pero Silvana la convenció de no dejar los estudios y seguir adelante a pesar del dolor de ya no tener a su padre.
Con el correr de los días la ausencia de Luis se hizo más notoria y madre e hija cayeron en un pozo depresivo que las llevó al borde de la muerte. La hija con una hoja de afeitar y la madre con antidepresivos intentaron autoeliminarse pero por fortuna, o por milagro, no lo consiguieron.
Silvana fue internada en el Vilardebó y la niña en una clínica particular. Luego de 15 días sin verse, ambas se reunieron y acordaron seguir adelante e intentar olvidar el pasado. La falta de dinero no ayudaba y Silvana pensó que no sería mala idea pedirle auxilio al sacerdote de la iglesia donde había fallecido su marido. Según el estremecedor relato de la mujer, ese fue el segundo peor día de su vida. José García Hernández, español, de 49 años, la recibió en su despacho y escuchó pacientemente los reclamos de Silvana. Entre lágrimas la mujer le preguntó al cura por qué Dios se llevó a su marido, y el sacerdote sin un solo gesto en su rostro le respondió: «No fue el Señor que se llevó a tu marido, fue la imprudencia».
El dolor que sintió en aquel momento no la dejó ni siquiera enfurecerse, se limitó a pedir un pequeño aporte de dinero para pagarle el ómnibus a su hija para que pudiera ir a estudiar a lo que el padre, siempre serio, respondió que no.
Pero los días, siempre pesados, fueron pasando y una llamada telefónica trajo un poco de esperanza. El gremio de la construcción se comunicó con Silvana para informarle que un abogado estaba dispuesto a reclamar una indemnización a la iglesia que «en ningún momento se mostró interesada en la seguridad del hombre que estaba trabajando para ellos».
Cuando el juez actuante citó a ambas partes a su despacho, el abogado del sacerdote dijo que su defendido le había propuesto a la mujer una suma de dinero mensual, pero que ella se había negado. Silvana asegura que esa oferta jamás existió y que se lo hizo saber al sacerdote en medio del interrogatorio, oportunidad en la que el padre García se limitó a restregarse las manos y agachar la cabeza.
Sin una decisión tomada, el magistrado decidió fijar una nueva audiencia para los últimos días del corriente mes. La abogada de Silvana dijo que «la iglesia no puede abandonar a una persona de esa manera y que si el hombre murió por falta de seguridad, era la propia iglesia quien tenía que habérselo exigido».
Mientras llega el día de la audiencia, la mujer y su hija visitan cada semana el lugar donde murió el obrero.
Se sientan en las escaleras y lloran sin consuelo preguntándole a Jesús «por qué no se liberó de sus ataduras y tomó a Luis de un brazo». El sacerdote las recibe en la casa de Dios pero siempre inmutable. Ellas sólo lo miran de lejos y en muy pocas oportunidades cruzan palabras. El mayor consuelo de la destrozada familia proviene de las palabras de otro cura, uno de Paso Carrasco, que les dijo que «si Luis murió en la casa del señor está más cerca de él. Si se lo quiso llevar por algo fue. No se desmoronen, su presencia estará siempre con ustedes vayan a donde vayan, y desde lo más alto del templo su propio espíritu bogará para que se haga justicia».
LA REPUBLICA consultó al cura García Hernández, quien dijo que las expresiones de la mujer son propias de una persona que ha vivido un dolor muy grande, producto del sufrimiento.
El sacerdote confió que la denunciante no era esposa del albañil fallecido y agregó que ni siquiera vivía con él, ya que estaba casado con otra mujer.
En cuanto a las afirmaciones de la señora, dijo que ni las negaba ni las confirmaba y que dejaba todo en manos de la Justicia. *
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