Cuelgan championes y zapatos viejos en ramas de árboles y casas para captar adictos a la pasta base
Las llamadas «bocas» donde se expende la droga, son establecimientos informales donde también suelen vender cerveza, cigarrillos sueltos, algunos «porros» o alguna que otra chuchería. Sin embargo la pantalla no es siempre la misma, pues a veces se trata de una casa como cualquier otra sin señales a la vista, por lo menos para la vista profana.
Es así, los vendedores se las han ingeniado para «captar» a sus clientes a distancia sin llamar la atención de la Policía.
Una de las modalidades que ha cobrado mayor auge en los últimos meses consiste en colgar zapatos viejos o championes, como al disimulo, en árboles, arbustos, antenas de televisión o alambrados que circundan la casa donde se vende la droga. Pero, se sabe, los vendedores de droga tienen su propio «marketing» y códigos para poder atraer a sus clientes y de paso confundir a los investigadores.
La idea de los zapatos y championes viejos colgados en diferentes lugares se recogió de la vieja usanza uruguaya de tirar hacia arriba, para dejarlo sobre un cable o la rama de un árbol, aquel calzado deportivo que había cumplido su etapa y no había forma de reciclarlo.
Uno de los secretos de los vendedores de pasta base, por ejemplo, consiste en colgar los championes en un lugar visible pero sin cordones. Esto significa que hay «mercadería», sin policía a la vista.
Dos zapatos atados fuertemente con una piola y pendiendo de la rama de un árbol o del techo, da cuenta que la casa está siendo vigilada por funcionarios de la Brigada Antinarcóticos.
En una casa «limpia» de problemas, por lo general la pasta base se encuentra fraccionada en sobrecitos insignificantes llamados «lágrimas», la cuales casi siempre se guardan en bolsas de nailon para poder arrojarlas al water y tirar de la cisterna, frente a una sorpresiva presencia policial.
Siempre al lado de la bolsa de nailon se encuentra la caja fuerte: un tacho de plástico, con un botín mixto de monedas y billetes chicos, que componen la recaudación del día.
El secreto de su creciente difusión se basa en el precio de la droga. Una dosis no vale más que el precio de un boleto de ómnibus. La Policía sabe de señoras de barrios muy pobres que después de tapar la olla de la comida, se limpia las manos con el repasador y sale a vender droga que esconde abajo de la pollera.
En muchos barrios la Policía arma listas de apodos de los muchachos que venden la pasta base y ganan un promedio diario de 300 pesos. Uno de los especialistas en el combate contra el flagelo explica que «cada vez hay más personas sin medios de ingresos ni historia reciente en el mundo del trabajo que se dedican a venderle droga a sus propios vecinos. Sin reparos, y como la única forma de acceder a cierto nivel de bienestar».
En Argentina sucede un fenómeno idéntico al uruguayo, según un reporte del diario Clarín. «El que le vende la droga a los pibes en los barrios -sostiene el subsecretario de Adicciones bonaerense, Claudio Mate- no es un integrante del Cartel de Juárez (una organización delictiva mexicana). Es un vecino cualquiera que está desesperado económicamente y que para salvarse ya ni le importa a costa de qué va a ganarse la vida. No le importa intoxicar al que fue con él a la escuela, o al compañerito que va con su hijo a la escuela».
Para garantizarse la masividad buscan la proximidad y reclutan a la gente en los barrios, comenta por su lado un investigador uruguayo. «Pero, claro, la planta de coca no se cultiva en los fondos de las casas. Y es indiscutible que las bandas que cruzan la frontera con la droga y la arriman con sistemas de correos humanos hasta los centros de consumo, siguen en acción. *
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