Los delirantes con ideas persecutorias denuncian ser víctimas y acusan con "precisión a sus enemigos"

Las falsas acusaciones y los fabuladores: los crímenes imaginarios y la psiquiatría forense

En el terreno de las acusaciones, ciertos sujetos fabuladores necesitados de estima o perversos formulan a veces acusaciones falsas o injustificadas contra terceros, acarreando graves consecuencias civiles o criminales.

El doctor Víctor Poggi, el doctor Luis Lozano, la licenciada Liliana Florio y el doctor Guillermo Tórtora de la cátedra forense argentina realizaron un enjundioso estudio sobre las falsas acusaciones. «En todo proceso judicial», dicen los expertos, «la búsqueda de la verdad es uno de sus fines. La reconstrucción de los hechos a través del testimonio se convierte en una parte de ella. Hablar de la mentira en este contexto implica detectar la falsedad de dicho testimonio.

Es bastante común la declaración de falsos delitos por alienados, así como que se acusen de crímenes imaginarios, y otras veces, al conocer crímenes verdaderos se designan falsamente como autores.

Los melancólicos son los que con gran frecuencia y denuedo esgrimen el tema de la autoacusación. Inmersos en la fatalidad de su pasado, el profundo dolor moral va unido al remordimiento por faltas antiguas y olvidadas, reales o imaginarias.

Los delirantes místicos se acusan también frecuentemente de faltas más o menos graves por las cuales pretenden ser castigados.

También los delirantes con ideas persecutorias se presentan denunciando su situación, en este caso de víctimas, en forma vaga o más frecuentemente individualizando con precisión a sus enemigos, constituyendo los delirios litigantes. El alto grado de verosimilitud de la denuncia, el grado de lucidez del denunciante, la simultaneidad y concordancia entre las denuncias presentadas y los datos tomados de la realidad, hacen posible que se convierta en uno de los trastornos que con mayor frecuencia se presentan en el ámbito tribunalicio.

En la práctica estas autoacusaciones de los alienados tienen poco interés, no pueden recogerse como indicio de un delito, pues se sabe que el contenido del delirio está con frecuencia determinado por las circunstancias que han precedido a la enfermedad.

Por otra parte son más fáciles de juzgar, ya que se ponen de manifiesto en forma más evidente otros componentes morbosos (alucinaciones, ideas de persecución sugeridas por las mismas «voces», delirio erótico o celotípico, estado de exaltación pasional en místicos, etcétera).

Por desgracia estos enfermos pasan a veces con extraordinaria rapidez de la acusación a la acción, convirtiéndose en un verdadero peligro para terceros.

Otras veces las acusaciones son tan absurdas e incoherentes, que quedan automáticamente invalidadas, como en el caso de los ancianos demenciados afectados de un delirio de perjuicio que los lleva a acusar a familiares y otras personas que los rodean, de robo u ocultamiento de dinero o pertenencias.

Pero no ocurre lo mismo con otras acusaciones o autoacusaciones por falsos delitos formuladas por personalidades proclives a mentir y a engañar por un lado y dañar con malignidad por otro.

En el terreno de las acusaciones, ciertos sujetos fabuladores necesitados de estima o perversos formulan a veces acusaciones falsas o injustificadas contra terceros, acarreando graves consecuencias civiles o criminales.

La literatura psiquiátrico forense describe tres personalidades psicopáticas inclinadas a esta clase de imputaciones: la histérica, que gusta de la teatralidad y de constituir el centro de atención, en razón de su vanidad; la mitómana, reina de la fábula, que se deleita, entre otras cosas, con las «heteroacusaciones sexuales» y la perversa, plena de deseo destructivo en cualquiera de sus formas, que goza con el anónimo ruin, el comentario solapado y ponzoñoso, la denuncia viperina y mendaz. Es que la personalidad histérica, la mitomaníaca y la perversa poseen dos ingredientes que le son comunes: la malignidad por un lado y la impermeabilidad afectiva por otro, con los cuales cualquier tipo de simulación es factible.

El tipo de falsas acusaciones totalmente inventadas (invención pura) son producidas por lo general por mitómanos capaces de imaginar y crear una historia de robo, atentado al pudor o violación, acompañada las más de las veces por la correspondiente «escenificación». Pueden «revelar» o no la identidad del agresor. Al no hacerlo, pretenden rodear la historia de un halo de misterio que satisface más su vanidad morbosa.

En otras ocasiones dan precisiones sobre el presunto autor, llegando a producir lamentables errores judiciales.

Este tipo de acusaciones pueden ser hechas tanto por menores como por adultos. Es frecuente que menores de uno u otro sexo formulen denuncias a sus padres e incluso a la Policía, de haber sido víctimas de intentos o actos concretos de violación, estupro, abuso deshonesto, por personas de su conocimiento o no, como así también de familiares.

Es preciso en estos casos actuar con suma prudencia, no desaconsejando nunca la denuncia, aun cuando se desconfíe de las acusaciones, que por otra parte son por lo general bastante coherentes y verosímiles, sobre todo en boca de menores prepúberes o adolescentes.

En el caso de los niños en general debe aceptarse con mucha reserva el valor judicial de su testimonio, ya que su inmadurez los hace fácilmente sugestionables, pudiendo ser manejados perversamente por adultos en sus acusaciones falsas.

El perverso-mitómano actúa esencialmente con malignidad, formulando falsas acusaciones y denuncias movido por su odio, despecho, celos o venganza o simplemente por el placer o diversión que le produce hacer el mal en otros. Ejemplo de ello son las campañas difamatorias mediante cartas anónimas que ocasionan un clima de inquietud que a veces puede ser de bastante duración y revestir cierta gravedad (desuniones familiares, suicidios).

Cabe señalar una forma de «mitomanía vanidosa» frecuente en los débiles mentales, que se jactan y alardean de tener relaciones influyentes o importante o pertenecer a determinados círculos. Generalmente estos personajes caen en el descrédito a poco de conocerlos (charlatanes y fanfarrones), pero en ciertas circunstancias pueden inventar o sugerir verdaderas historias de acusación y de autoacusación, de pseudoatentados con o sin automutilaciones.

Todas estas manifestaciones, como es claro, están emparentadas con el histerismo y la simulación y tienen con gran frecuencia el denominador común de la vanidad.

Más concretamente referidas a las autoacusaciones, podemos decir de manera general que el sentimiento profundo de culpabilidad puede exteriorizarse y lo hace a menudo en forma de una autoacusación. Existe toda una gama de estados psicológicos que va desde el sentimiento normal de culpabilidad hasta el escrúpulo y el delirio de autoacusación.

Debemos dejar aclarado que no todas las autoacusaciones implican forzosamente un hecho patológico. Hay quienes de manera altruista se autoacusan de un crimen o un delito con la finalidad de hacer recaer sobre sí la acción de la justicia, salvando a un ser querido.

Entre las autoacusaciones francamente patológicas cabe señalar en primerísimo lugar las producidas por histéricos y mitómanos, ávidos de centralizar sobre su persona la atención de todo el mundo. Intentan conseguir su objetivo creando verdaderas historias de las que se reservan el papel protagónico, añadiéndoles en ocasiones cierto gusto por lo morboso e inclinaciones sádicas. Otras veces son historias simples de autoacusaciones falsas, llevadas a cabo con el deseo de inducir a engaño y adquirir así cierta popularidad durante algún tiempo.

El mecanismo de autoacusación en ciertas neurosis es la autopunición o autocastigo.

A menudo se describen como causa de autoacusación los trastornos agudos
y subagudos de naturaleza tóxica (alcohol, drogas).

Las autoacusaciones basadas en hechos reales o no, aun cuando aparezcan dotadas de una lógica en extremo coherente, deben hacer sospechar siempre y extremar las investigaciones psicológicas y psiquiátricas a fin de descartar que no se está en presencia de una falsa autoacusación, que lleva a investigaciones injustificadas y entorpecen la labor de la Justicia.

El contenido del discurso puede ser exacto o erróneo, pero dentro de un contenido erróneo puede suceder que el sujeto crea realmente lo que dice porque lo tiene por cierto o puede que el sujeto, consciente de lo inauténtico de su discurso, intente que éste resulte veraz y ese «intentar» es lo que va a configurar la diferencia fundamental, aunque en ambos supuestos el discurso es erróneo, pero el primero carece de la intención de engaño.

La creencia de certeza en el sujeto «equivocado» puede admitir dos vertientes: si el discurso enunciado resulta verosímil al perito, puede que lo falso sea tenido por verdadero, con lo cual no hablamos de mentira sino de error; pero si tal discurso resulta inverosímil podría encuadrar entonces dentro de la patología.

Cuando el discurso está sustentado en creencias o convicciones anormales, firmes y tenaces de contenido absurdo o ilógico, y tal vivencia de certeza resulta incorregible por la experiencia, estaríamos en el terreno de la patología delirante.

Cuando el falso denunciante tiene la insinceridad como único fin, estaríamos en el campo de la mentira patológica.

Nadie niega que existe un trasfondo anómalo o patológico en aquel que busca por esta vía, venganza, utilidad, resarcimiento, notoriedad, diversión, pero tal afirmación no puede generalizarse, ya que hay todo un grupo de sujetos que por diferentes motivos presentan una sola característica en común: la de presentar una voluntariedad consciente de fraude». *

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