Aquel inolvidable pugilista al que los golpes no lo movían y necesitó muchas balas para morir

La trágica historia de Pilar Bastidas un campeón "con la piña prohibida"

Surgió del corazón proletario de la Villa del Cerro y llegó a piñazo limpio a los más altos podios de la gloria sudamericana.

Guapo, peleador «al mango», era sin embargo- según lo establecen las crónicas de su época- un «verdadero caballero» en el ring y fuera de él. Idolo absoluto, marcó presencia en un deporte violento, en tiempos de grandes nombres que iluminaban las marquesinas de la fama.

Aquí mismo supo enfrentar de igual a igual y con indescriptible guapeza a gladiadores tales como Dogomar Martínez, en el apogeo de su carrera deportiva. Pilar Bastida, de la gloria a la tragedia, murió acribillado a balazos y eran tantas su fuerza y su vitalidad que fue necesario que uno de aquellos proyectiles le partiera el corazón para dejarlo KO, fuera de combate definitivamente.

Después de retirarse del boxeo, con unos pesos que había logrado ahorrar compró un taxi y trabajó varios años como «realero» honradamente.

Con su salario crió a sus hijos, les dio estudios, más que nada, como solía decir siempre, para que la vida les fuese más fácil que lo que le había sido a él y no tuvieran que andar «a los piñazos» trabajándose el derecho al «pan y el fiambre» cotidiano.

Siguió viviendo en la Villa del Cerro, pero «paraba» en la Aduana. Muchos comentaban que en los últimos tiempos, la bebida y los mostradores desdichadamente habían cambiado sus normas. Se decía que andaba con gente «de avería», contrabandistas e incluso como caudillo de algunas patotas. Sin embargo, por los alrededores del puerto nadie lo conocía como contrabandista.

Se le veía sí entre algunos grupos algo más que bullangueros, incluso en algunos partidos de fútbol, entreverado con «las pesadas», pero se asegura que nadie lo vio nunca golpear a nadie en los «tole tole» que solían armarse, prevaleciéndose de su oficio. Más de una vez se le escuchó decir que no se metía en esos líos porque «tenía la piña prohibida…».

Sea como sea, Pilar Bastidas, como tantos otros veteranos del ring, venía cuesta abajo, en caída por la vida. Y quizás allí comenzó a gestarse el dramático final. Un epílogo trágico para una vida que siempre estuvo «en el filo de la navaja», codeándose con el peligro y con la violencia.

Los muertos no declaran

Bastidas, por supuesto, no pudo hablar. La muerte le tapó la boca y sólo los dichos de su matador quedaron registrados en las actas policiales. Felipe Biselli tenía 38 años cuando sucedió el hecho.

Era propietario de un bar en la Ciudad Vieja, en la zona portuaria y también regente de un club del Partido Nacional, que respondía al sector del entonces presidente del Consejo de gobierno, señor Alberto Heber.

Incluso algo más que eso, era amigo personal del destacado dirigente político y solía -de acuerdo con sus propias palabras- compartir con él en el «Boli-bar» de la esquina de Paraguay y San José (al lado de la residencia privada del presidente), una que otra copa en rueda de amigos.

Nada de esto tendría verdadera importancia si no fuera que Biselli, al confesar su responsabilidad en el homicidio de Bastidas, enredó el asunto con «problemas políticos», según sus exactas palabras.

En descargo, el matador manifestó a las autoridades que Pilar Bastidas -entonces de 43 años- lo perseguía, amenazaba y quería matarlo. Los testigos aportaron datos confusos. De todas formas, la Policía informó que Bastidas no tenía antecedentes, que jamás había tenido problemas con la ley a pesar de los rumores que después de su muerte intentaban conectarlo con gente de mal vivir. Biselli en cambio, tenía sí antecedentes por contrabando, juego clandestino y otros delitos.

«Por líos políticos y en defensa propia…»

Dijo Biselli en sus declaraciones ante la Justicia: «Cuando hubo una gresca en la convención del MPN-Movimiento Popular Nacionalista, se hizo público que Bastidas estaba de matón a favor de uno de los bandos… Bastidas creyó que yo hice correr la noticia. Me vino a buscar al Boli-bar con su amigo De León y me sacó un revólver. Intervinieron otros y todo se apaciguó. Al sábado siguiente, yo fui en mi auto con mi amigo René Fernández, a un acto político de Heber en San José. Al regreso, llegué a la Curva de Tabáárez para dejar a Fernández que vive en el Cerro. Entramos a tomar una copa al bar Cerrense y allí estaba Bastidas, con De León. Al vernos salió. Mi amigo Fernández me previno: se fue a armar. Todos los que estaban allí se dieron cuenta de lo mismo….pero me quedé…si me iba quedaría como un cobarde…»

Y el matador prosiguió su relato:»Pilar Bastidas volvió al Cerrense con su amigo De León. Entonces me recriminó, me insultó. Ambos salimos a discutir a la vereda y entonces -dice Biselli- Pilar sacó un revólver de entre sus ropas» . Aseguró que él se lo manoteó, y luego en la reconstrucción del homicidio Biselli diría que le torció el brazo a Bastidas, esquivó un puñetazo de éste y aquel cayó al suelo. Entonces él se le echó encima y en ese entrevero, actuando en defensa propia, extrajo su propio revólver efectuándole tres disparos a quemarropa. Así lo mató. Así cayó KO el hombre aquel, que no había sido doblegado por los gladiadores más poderosos de su época. Así dicen que quiso agredir con un revólver, quien decía que no golpeaba con sus puños por que tenía » la piña prohibida».

«El muerto al hoyo y el vivo al bollo…»

Las declaraciones iniciales de los testigos fueron también confusas. En estos casos suele creerse en ciertos ambientes como aquellos en los que aconteció la tragedia, que es preferible optar por «no fundir al que queda vivo», aplicando la filosofía de «el muerto al hoyo y el vivo al bollo». Sin embargo, existieron otras versiones que decían que Bastidas nunca sacó el revólver, que no tiró ningún puñetazo, que apenas llegó a la vereda fue «madrugado» por Biselli, e incluso alguien dijo que fue una tercera persona la que efectuó los disparos contra Pilar, mientras aquél discutía con su oponente. La verdad es que el revólver del matador desapareció en el entrevero. El de Bastidas lo tenía el homicida. Lo entregó a la Policía y no había ninguna cápsula detonada en él.

Poco después se iniciaría una también trágica cadena de muertes inexplicables muchas de ellas, todas en forma violenta, que algunos consideraron como una «maldición» caída sobre las víctimas. La primera de ellas fue la de De León, el amigo de Pilar, que murió de un balazo en la nuca poco después de haber matado a su vez a otro hombre. A partir de allí, la tragedia comenzaría a confundirse con la leyenda. *

 

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