Aló, Montevideo, aquí Bonn, vayan a buscar el cadáver, está en un baúl
Argentina, Chile, Paraguay y Brasil, entre otros fueron algunos de los destinos elegidos por aquellos para intentar borrar su pasado e iniciar una nueva vida sin tener que rendir cuentas a los tribunales internacionales que estaban juzgando a muchos de sus camaradas menos afortunados en la huida. Incluso circularon historias (que muchos daban como reales y otros consideraban simples mitos) sobre el hecho de que el propio Hitler y su mujer habrían llegado en un submarino a las costas patagónicas argentinas y refugiado allí hasta morir ambos de viejos. Muchos juraban que era verdad, que los cuerpos encontrados por los aliados no eran los de Hitler y su mujer e incluso hubo quienes afirmaban hasta saber dónde estaban las tumbas con los verdaderos restos mortales de ellos en Argentina. Precisamente el gobierno peronista dio amplias franquicias a los fugitivos nazis, amparándolos y proveyéndolos de documentos legales de residencia y nacionalidad.
Algunos de ellos lograron vivir largos años sin inconvenientes, cambiaron sus nombres formaron nuevas familias, adquirieron propiedades, muchos se convirtieron en prósperos hombres de negocios en sus comunidades y algunos hasta llegaron a creer que el tiempo y la distancia habían logrado borrar aquellos años de horror que ellos habían colaborado a gestar. Incluso muchos de ellos hasta creyeron haberse ganado el derecho a la impunidad definitivamente.
«Los que no olvidarán»
En el mes de mayo de 1960 un comando judío planificó y llevó a cabo en la ciudad de Buenos Aires el secuestro de Adolf Eichmann, a quien se le sindicaba como responsable de la masacre de dos millones de judíos en los campos de la muerte de Auschwitz, Dacha, Sobibor, Treblinka y otros.
Eichmann, como tantos otros genocidas alemanes, logró encontrar refugio en América, más precisamente en Argentina donde fue finalmente descubierto por la organización judía «Los que no olvidarán», que siguió sus pasos durante 15 años hasta encontrarlo. Fue sacado clandestinamente de la Argentina, eludiendo todos los controles de las autoridades y llevado a Israel donde fue juzgado y condenado por genocidio, a ser colgado por el cuello hasta morir, sentencia que se cumplió inexorablemente en 1961.
El cadáver en el baúl
Cuatro años después del ajusticiamiento de Eichmann en Israel, otro hecho similar conmovería a la humanidad, pero esta vez nuestro país sería el escenario. Uruguay no fue precisamente uno de los países donde los genocidas nazis buscaron refugio, aunque muchos alemanes eligieron luego de la guerra nuestro país como residencia.
Heber Cukurs fue un capitán letón, héroe de su país en 1920 y acusado de criminal de guerra nazi en 1940. Había sido pionero de la aviación en Letonia, condecorado por el rey, y durante la llamada «Gran Guerra» fue capitán de los «maquis» en su país. Siempre manifestaba que él luchaba contra Rusia por ser esencialmente anticomunista, por la invasión soviética a su patria. Sin embargo los judíos lo acusaron de haberse integrado al servicio del estado mayor nazi y haber masacrado a treinta mil hombres, mujeres y niños en el gueto de Rige, en Letonia.
Terminada la guerra, Cukurs se refugió primero en Francia y luego viajó a Brasil donde se instaló pasando a residir en la ciudad de San Pablo. Hebert Cukurs era un hombre de gran físico, muy bien conservado para sus 62 años, con una gran fuerza física y residía con su esposa y dos hijos del matrimonio en una zona residencial costera a un lago, cerca de la ciudad de San Pablo. Allí se dedicaba a explotar avionetas de turismo de su propiedad en arrendamiento. Era además sumamente parco, austero en su proceder y poco amigable.
Sin embargo, un buen día llegó hasta allí alguien que dijo llamarse Antón Kunzis, y logró el «casi milagro» de hacerse amigo de Cukurs, hecho que incluso sorprendió a su propia familia, ya que el hombre vivía casi siempre a la defensiva y era demasiado reacio a trabar relación con alguien más allá de lo estrictamente comercial.
En una oportunidad su nuevo amigo invitó al capitán letón a viajar al Uruguay donde, le dijo, podrían instalar una empresa de turismo. Y el hombre confiando en él, aceptó. Viajó y aquí, encontró finalmente la muerte.
«Los que no olvidarán» habían seguido sus pasos y le tendieron la emboscada.
Dejaron su cuerpo encerrado en un baúl, acribillado a balazos con una carta firmada por la organización en la que expresaban que se había hecho justicia por los crímenes que cometiera, ya que había logrado escapar de los juicios de Nuremberg, pero no del largo brazo de la organización.
Un griego » entreverado»
Mavridis Denis, era un ciudadano griego que vivía en Uruguay desde 1950 y tenía un chalé en Shangrilá. Era obrero especializado en revestimientos interiores de automóviles, trabajaba por su cuenta y ganaba lo suficiente como para llevar una vida en cierta forma cómoda. Puso por entonces un aviso en el diario ofreciendo su chalé del balneario en alquiler. Kunzis se interesó en él, fueron a verlo pero al posible cliente no le pareció bien porque había mucha gente cerca. El griego entonces se ofreció para buscarle otro más cerca del mar a cambio de una comisión. Ya que no podía alquilar el suyo al menos, pensó el obrero e improvisado agente inmobiliario, ganaría unos pesos que nunca estaban de más ofreciéndole otro chalé por los alrededores. Lo consiguió y se cerró el trato con un chalé de un señor Jiménez que reunía las condiciones de soledad y cerca del mar, requeridas por los interesados.
Evidentemente «los que no olvidarán» pretendían sacar al letón con vida en un carguero, para juzgarlo en Israel tal como habían hecho con Eichmann, ya que la caja estaba preparada para tal fin.
Pero aparentemente el nazi se habría resistido obligándolos a «hacer justicia» allí mismo. Los matadores lo ejecutaron, lo guardaron en el baúl y huyeron sin dejar huellas. El criminal nazi tenía el cráneo destrozado a golpes y varios impactos de bala en distintas partes del cuerpo.
Desde Bonn, Alemania, llegó un despacho telegráfico a la jefatura de Policía señalando el lugar donde -dijeron- encontrarían un baúl con un hombre muerto adentro. El 6 de marzo de 1965 acudió la Policía al lugar señalado por la extraña comunicación y encontraron allí exactamente lo que se anunciara: un baúl con un hombre muerto en su interior y junto al cuerpo, numerosa documentación por la que se certificaba la responsabilidad de Cukurs en el genocidio de 30 mil judíos en el gueto de Rige, en Letonia. Circularon en los corrillos de la Central de Policía los nombres de algunos supuestos implicados en el asunto.
El improvisado agente inmobiliario griego, el mismo dueño del chalé y otros, fueron una y otra vez interrogados, pero ninguno de ellos tenía realmente nada que ver. El caso nunca fue aclarado. *
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