El alumno que superó al maestro y se convirtió en el Rey de los Estafadores
Su discípulo, Fernando Gabrielewsky, sacudiría la modorra de la gran aldea con sus «billetes truchos» superando por lejos a su «maestro».
Principio quieren las cosas
Corría el año 1927, cuando las autoridades del Banco de la República presentaron una denuncia ante las autoridades policiales, manifestando que sus funcionarios habían detectado en plaza la circulación de billetes falsificados de valores de uno hasta mil pesos, acotando que la impresión de los mismos era tan perfecta que resultaba muy dificultoso lograr advertirlos a simple vista. Aquello significaba para las autoridades policiales montevideanas algo absolutamente inédito, porque hasta entonces no se había presentado una situación semejante. Apenas podría comparársele con una que otra intentona siempre frustrada de comercializar billetes de lotería grotesca y artesanalmente duplicados. Seguramente anda algún gringo metido en este enjuague, opinó un veterano sabueso de la Jefatura y agregó, porque aquí que se sepa nadie está preparado para esto… podría ser el «Ruso» Polke, pero a ese lo tenemos enjaulado…
Cuando por fin se formalizó la denuncia y comenzó la investigación, ya se calculaba que circulaban no menos de unos cien mil pesos en billetes falsos.
En esos días llegó hasta las autoridades policiales el dato de que un fulano llamado Fernando Gabrielewsky había cruzado el Río Uruguay huyendo de las autoridades argentinas que lo buscaban por ser el autor de varios delitos de falsificación. Se le señalaba como un verdadero artista en la reproducción de valores impresos. Y se agregaba que seguramente estaría oculto en Montevideo, donde había ganado muchos amigos cuando su relación justamente con Edwin Polke.
«La madre del borrego…»
Conocidos estos hechos, no hizo falta mucho más para que las autoridades policiales comprendieran que Gabrielewsky sin lugar a dudas, estaba atrás de aquellos billetes falsos
¡Sírvame una de la Habana y cóbrese!
Quien así hablaba era un fulano que acodado en el mostrador de un boliche de la Villa de la Unión, le alcanzaba al libanés que lo atendía en el mostrador un billete flamante para que se cobrara «el gasto». El «Turco» tenía fama entre los parroquianos de ser desconfiado «como mula tuerta» y simulando ir a buscar el cambio, aprovechó para llamar a la Policía que llegó al lugar en pocos minutos y detuvo al individuo luego de revisarle los bolsillos y encontrar en ellos una importante cantidad de billetes falsos.
Tras de ser exhaustivamente interrogado, fue imposible sacarle el nombre del autor de la falsificación, pero «cantó» lo suficiente como para echarle el guante a varios distribuidores. Finalmente marchó a la cárcel remitido bajo el cargo de «circulador», pero nada más. Todo estaba como al principio (o casi).
No muchos días después en una agencia de la esquina de 18 de Julio y Andes un hombre se presentó en el mostrador solicitando un entero de lotería, pagando con un billete de cien pesos de los falsos y uno de cinco auténtico. Al darse cuenta que había sido descubierto por el agenciero, manoteó el billete falso y dejó sobre el mostrador el de cinco pesos auténtico y emprendió una rápida fuga, pero fue detenido a los pocos metros por un guardia civil esquinero que alertado por los gritos del agenciero, se le tiró encima. Preguntado sobre el origen del billete dijo haberlo encontrado tirado en la calle por lo que no sabía que era falso. Y también fue a parar a Punta Carretas. Y como él varios más que supuestamente nada sabían o decían no saber sobre el «cerebro» de aquel asunto.
«Una verdadera joyita»
Para entonces ya existía una verdadera psicosis entre los montevideanos. Todos temían recibir en pago de sus servicios alguno de aquellos billetes, al extremo que para operaciones importantes, se volvió a exigir el pago en Libras Esterlinas de oro, como única garantía de seguridad. Los pequeños comerciantes antes de entregar la mercadería miraban con lupa cada billete que se les entregaba. Hasta en los pirigundines de la calle Yerbal, las muchachas preferían una buena moneda de oro en pago de sus servicios que un flamante billete. Cuentan que por las noches solía verse a las encargadas correr hasta el almacén de los tres frentes del padre del Loro Collazo, para que aquel les certificara si el billete era o no de «los de verdad», mientras el cliente esperaba saliéndose «de la vaina» que le dieran «la lata» para subir a la pieza y desahogarse.
Pasado un tiempo, una hermosa mujer se presentó en una joyería de la calle Ituzaingó interesándose por varias piezas de orfebrería en plata, oro y piedras preciosas de subido valor. Luego de revisar el amplio catálogo y de pensarlo mucho, se decidió por una de ellas. Pagó con un billete de mil pesos, y el joyero, aunque lo encontró perfecto, prefirió cubrirse por las dudas y llamó a la Policía mientras entretenía a la cliente con una amable conversación. Los efectivos la detuvieron al comprobarse que efectivamente era uno de los billetes falsos, y ya en dependencias policiales entró en serias contradicciones, y solamente atinó a decir que no recordaba cómo había llegado a sus manos.
Las autoridades dispusieron el registro de su residencia de la calle Maldonado y allí encontraron una foto de Gabrielewsky acompañado de un conocido ladrón, Armando Gutiérrez, quien pocos días antes se había suicidado y se supo había sido amante de la frustrada compradora.
El «guardiacivil de la esquina…»
A partir de entonces se tuvo la total certeza que el autor de aquellas falsificaciones no era otro que Gabrielewsky, tan buscado en Argentina y Uruguay. Y lo confirmó el hecho del conocimiento entre éste y Gutiérrez quien había asaltado una joyería de la calle Sarandí 376 y luego de su muerte se le encontró una cédula fabricada con la misma técnica y perfección de los billetes.
Un agente policial esquinero mientras hacía su ronda por Canelones y Río Negro vio transitar a un hombre al que encontró muy parecido al falsificador buscado. Le dio la voz de alto, lo detuvo y lo llevó a la seccional donde se comprobó que no se había equivocado. Su sagacidad había podido más que el trabajo de todos los servicios de inteligencia rioplatenses. Por supuesto, Gabrielewsky marchó a Punta Carretas y aparentemente esta historia llegaba a su fin con un nuevo triunfo de la justicia sobre el delito.
Pero…
Hacía ya más de un año que Gabrielewsky estaba entre rejas, pero cuando menos se esperaba empezaron a aparecer otra vez billetes falsificados por la ciudad, cundiendo entonces sí una verdadera desesperación. El gran falsificador estaba a buen recaudo, ¿por dónde habría que buscar ahora?
Yo me voy a dar una vuelta por Punta Carretas a ver cómo la está llevando el «Ruso» Gabrielewsky, dijo uno de los policías de los que lo habían buscado antes día y noche.
Ni te molestes le contestó otro, ese está bien guardadito , hay que apuntar pa’ otro lado.
Sin embargo se fue hasta la cárcel y habló con el propio Director quien le dijo que Gabrielewsky tenía una excelente conducta y que estaba a cargo de la sección fotografía del instituto carcelario, ya que era uno de los penados modelo.
Al investigador «le picó la curiosidad» aquello de la fotografía y pidió para revisar el lugar donde el «preso modelo» cumplía sus tareas.
Sin poder salir de su asombro y el de quienes lo acompañaron en la requisa, encontraron cuidadosamente ocultas en el lugar, placas y fotografías de billetes que Gabrielewsky como un consumado artesano segu
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