La utopía sigue

El número de mayo de Le Monde Diplomatique trae un «dossier» dedicado a la propuesta de «asignación vitalicia universal», a la que tendría derecho cada persona, independientemente de su posición social, desde el momento de nacer hasta la muerte. Se financiaría gravando los ingresos de los sectores privilegiados, a partir del principio de que toda riqueza es el resultado de un esfuerzo social, que merece compensarse equitativamente. [ed_azul]»Utopía es lo que nos hace avanzar». Eduardo Galeano[/ed_azul]

La idea no es nueva pero los autores señalan que, actualmente, está ganando terreno. No es para menos, cuando por un lado las crisis económicas se ven acompañadas en muchos países de duras políticas de austeridad y, por el otro, resaltan de manera escandalosa las fabulosas ganancias de los especuladores.

Fuera de su indiscutible propósito de justicia, el proyecto sería hoy realizable, por dos consideraciones: 1) el hecho de que, ya ahora, el prodigioso aumento de la productividad humana permite a la sociedad darse el lujo de mantener a todo el mundo, dejando a cada uno la opción de completar este ingreso mínimo con una actividad remunerada, si así lo desea; 2) la previsión de que, a la postre, el Estado saldría ganando, ya que se ahorraría el tener que financiar los diferentes subsidios y el mantenimiento de las redes de promoción del empleo.

El primer punto trae a colación la vieja objeción conservadora acerca de si, siendo el trabajo productivo una opción totalmente voluntaria, sería suficiente el número de trabajadores para que la economía siga funcionando. Los autores aseguran que sí, y traen el ejemplo de un programa piloto de distribución de renta mínima en el estado de Madhya Pradesh en la India, que de ninguna manera ha estimulado el ocio, ni la delincuencia, ni el alcoholismo ni las drogas. El ejemplo serviría, además, para salir al paso de quienes pudieran pensar que semejante propuesta radical sólo es aplicable en un país desarrollado.

El segundo punto puede no ser tan inocente: ¿no se esconderá detrás de esto, en realidad, la intención de desmantelar los sistemas de seguridad social? Algunos se lo preguntan, entre ellos los sindicatos. Produce cierto recelo, por otra parte, que uno de los precursores de la idea haya sido nada menos que Milton Friedman, paladín de la escuela monetarista de Chicago, de triste memoria en América Latina, quien propuso en su tiempo un «impuesto negativo», por el cual a los más necesitados, incapaces de pagar nada, en lugar de exigirles el pago de impuestos, el Estado les suministraría un subsidio. Sin duda la puesta en práctica del proyecto, de tener lugar, será objeto de fuertes polémicas.

En el fondo, lo que se propone es una especie de «comunismo primario» (a cada quien según sus necesidades, en este caso las de simple supervivencia). Es notable que algo así se formule hoy, pero sobre todo llama la atención el postulado acerca de que el desarrollo de las fuerzas productivas (para decirlo con las palabras de Carlos Marx) ya permite una distribución más justa de la riqueza. ¿Quién lo impide, entonces?

La respuesta a esta pregunta clave permitiría la elaboración de un programa de acción destinado a llevar a cabo la idea central de la propuesta. Fatalmente saltará nuevamente de la espesura a hacer de las suyas, incluso sin invitación, el duende de la lucha de clases. Pero también es probable que, dado el nivel de repudio general que suscita la creciente brecha que separa el poder económico de las minorías del resto de la humanidad, los ricos recuerden que también la caridad formaba parte, en un tiempo, de sus preocupaciones.

En todo caso, la propuesta sólo persigue el establecimiento de criterios más justos de redistribución de la renta. No se ocupa de la acción corrosiva de los intereses imperialistas de dominación mundial, con su secuela de guerras y sufrimientos, ni de la explotación despiadada del trabajo ajeno. Tiene principalmente el valor de una denuncia y una utopía.

Sobre esto vale la magistral definición de Eduardo Galeano que aparece en el encabezamiento. Aunque sólo sea por eso, la propuesta merece tomarse en serio.

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