Solidaridad
Es policía, tiene seis hijos y vive en Marindia norte, uno de los pedazos de la zona de playas de Canelones que Hackembruck desheredó. Usando parte de su menguado sueldo, y con la ayuda de otros pobres y de algunos minoristas de los alrededores, ha creado un rincón infantil y un merendero para sacar de la calle a decenas de niños y darles recreación sana y un plato de comida.
Qué ejemplo.
Esta es la solidaridad que los uruguayos, aquellos que no cierran los ojos a las injusticias más hirientes, son capaces de ejercer con sus hermanos. Esta es, por si no se ha entendido, la única solidaridad concluyente, que envuelve y abriga, que pasa por encima de las palabras y se extiende, espontánea, sobre el sufrimiento ajeno. Diseminados por ahí, creciendo igual que las penurias de un país sometido a los discursos y vendido de mil maneras, hay ejemplos que nos hacen creer que no todo está perdido.
Hace más de cien años, Tolstoi advirtió que en una sociedad donde una pequeña minoría ejerce arbitrariamente el poder sobre la mayoría, todo –los conocimientos, los avances, la riqueza disponible– tiende a consolidar esa injusticia hasta límites intolerables.
¿Una perspectiva demasiado sombría? Quién sabe.
Por lo pronto, ¿acaso es algo muy diferente lo que está pasando en este Uruguay de Batlle y del policía solidario?
Pues hasta que cambie, la única esperanza es que cada uno, a su manera posible, afronte la realidad viviéndola como propia. Usted, lector, aquellos otros y también yo debemos arremangarnos y hacer. Hay que evitar más padecimientos y dejar en pie la dignidad nacional, no ruinas apenas, por si amanece otra vez.
Ah, claro, dirá usted, ¿y los que representan a un Estado que debiera ser protector y guardián de los derechos más sagrados? Bueno, hasta ahora la han pasado regodeándose en esa obscena verbosidad con que pretenden escamotear al juicio de la historia sus complicidades y sus omisiones.
¿Podría ocurrir un milagro? ¿El ejemplo del policía pobre les inspirará? Perdone mi escepticismo, pero no me atrevo a apostar ni cinco pesos… *
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