La deuda externa: una soga al cuello
Los dramáticos encontronazos entre las autoridades económicas argentinas y el Fondo Monetario Internacional vuelven a colocar sobre la mesa, de manera descarnada, la gravedad de los condicionamientos que a nuestros países le imponen los acreedores externos, los organismos internacionales de crédito y –más en general– la forma que ha venido asumiendo la globalización.
El pasado jueves prácticamente se llegó a los umbrales de una ruptura entre el ministro de Economía del gobierno de Duhalde, Roberto Lavagna y los funcionarios del F.M.I.
Argentina pagó alrededor de 79 millones de dólares de intereses pero no cumplió con un pago por 805 millones de dólares al Banco Mundial. De este modo, aunque lo postergó por un tiempo, Argentina puso en marcha el proceso que podría llevar al «default» formal con los organismos multilaterales.
Como ha señalado el matutino Clarín de Buenos Aires, el endurecimiento del Fondo «dio por tierra la fantasía de algunos funcionarios que suponían que la presión (del gobierno) de los Estados Unidos doblegaría la firmeza de Anne Krueger, segunda del Fondo y dama de hierro de la negociación».
La larga saga del «tire y afloje» de la deuda argentina es una luminosa lección acerca de la naturaleza de las relaciones de los organismos acreedores y nuestros países.
La Argentina, en lo que va de este año, ha pagado sin ninguna quita ni atraso, la friolera de 4.000 millones de dólares.
La «codicia» del Fondo es insaciable. A los jerarcas más intransigentes y conservadores les resulta tentadora la tenencia por parte de Argentina de un saldo comercial favorable de 14 mil millones de dólares, ¡buena parte del cual surge de las cuantiosas ventas de carne y trigo, en un país donde se denuncia que cientos de miles de niños padecen hambre!
Como se ha señalado, el gobierno de Duhalde ha acompañado esta política de «buena conducta» hacia el Fondo, presionando al Congreso para la aprobación de un paquete de leyes que interfieren gravemente en el curso de la vida social, económica y política de Argentina: Ley de Quiebras, de Subversión Económica, suspensión a las prórrogas de las ejecuciones hipotecarias, entre otras.
Ahora se quiere seguir apretando la soga ceñida al cuello del Estado y la sociedad argentina a través de más recaudación, menos gasto, más severidad restrictiva con el gasto social.
Más allá de las aristas casi escandalosas que ha asumido esta presión e injerencia, la cuestión de la deuda no ha hecho sino agravarse para América Latina en los últimos veinte años.
Es justamente esta tendencia a unir por el lado malo lo que ha sido denunciado en el campo internacional por varios organismos de expertos que vienen analizando el tema.
Un trabajo reciente del Comité por la anulación de las deudas del Tercer Mundo, tomando como base datos provenientes del Banco Mundial y de la Cepal, señala que «América Latina ya pagó en los últimos años 1,4 billones de dólares. Y agrega el informe: «Todo el llamado Tercer Mundo junto a los países de Europa del Este abonaron más de 4.000 billones en el mismo período. Esto significa que hubo una transferencia de recursos equivalente a más de seis veces la deuda original, pese a lo cual hoy debe un promedio de cuatro veces más la deuda original».
A esta situación se ha llegado, entre otras cosas, porque constantemente se están violando algunas normas esenciales del derecho internacional: las normas que aluden a la usura, las normas que repudian todo abuso sobre la debilidad del deudor, y otros más ligados a los derechos humanos, con los desastrosos efectos sociales que provoca la deuda.
Empezar a reflexionar sobre estos temas, como se ha propuesto recientemente, es una necesidad impostergable para todo ciudadano o asociación profesional, gremial o política que se proponga un programa de cambios. *
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