Las condiciones para el diálogo social

Es ya un lugar común decir que el gobierno del presidente Batlle inauguró un nuevo estilo en la forma de relacionarse con la sociedad.

Su voluntad dialoguista quedó claramente de manifiesto al poco tiempo de haber resultado electo en la segunda vuelta. Se reunió con el líder de la oposición y visitó la sede de la central sindical donde fue cortésmente recibido, y donde expuso su propósito de encontrar el camino del diálogo con el movimiento sindical así como su habitual firmeza respecto de la línea económica que impulsaría su gobierno: «Tendremos más de lo mismo y al que no le guste, dos platos», según sus textuales palabras.

Las propuestas de diálogo social no son una novedad. Desde el retorno a la institucionalidad democrática, el tema estuvo presente en el discurso de todos los políticos y hubo intentos concretos de establecer una mesa de negociaciones donde se lograran acuerdos.

Como todos saben, tales intentos fracasaron.

El nuevo Presidente deberá poner toda su imaginación y todo su ingenio en hallar los mecanismos para una nueva instancia de negociación si de verdad se propone llegar a buen puerto y obtener resultados satisfactorios. Porque es realmente difícil conciliar, no ya los intereses opuestos del capital y el trabajo, sino fundamentalmente alcanzar acuerdos sobre la base de una política económico-social responsable de una crisis laboral sin precedentes. Una política que cuenta entre sus principales dogmas la imperiosa necesidad de desregular el mercado laboral y de lograr competitividad para nuestros productos mediante la rebaja salarial lisa y llana.

Nadie puede sensatamente estar en contra de que se dialogue para arribar a soluciones para los graves problemas que enfrentan los asalariados. Pero es imprescindible –ya lo hemos señalado en más de una oportunidad– que el diálogo sea tal y no un monólogo; que haya entendimiento y no imposiciones; que todos los actores estén dispuestos a otorgar concesiones y no que el sacrificio se exija sólo a los asalariados; que haya, en definitiva, verdadera voluntad política de lograr acuerdos.

Todos esperamos del Ejecutivo señales claras, reveladoras de esa voluntad.

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